En 2020 todavía nos quedarán 5 años para terminar de pagar la deuda de armamento contraída "ayer " por España. ¿Te apuntas?

jueves, 30 de enero de 2014

Se busca


Se busca persona. Ambos sexos. Preferiblemente mayor de 26 años. Imprescindible que haya confirmado consigo misma un hecho sencillo pero que no siempre ocurre; haber llegado a la edad adulta. Además de esto deberá demostrar tener activos porcentajes elevados de niñez y otro tanto de su juventud. Se valorará qué uso se de a esa niñez y juventud en la actualidad así como la consideración que se tenga de ellas.
El puesto para el que se requiere a esta persona es para cubrir una única vacante pero que sin duda esperamos puedan cubrir todos los aspirantes. La de su propia vida. Una vida que no se olvida del pasado de uno mismo sino que mantiene perfectamente engrasado lo mejor de ese pasado.
Se ofrece salario según convenio más incentivos.
Razón portería.
Abstenerse curiosos ilustrados.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Extraños en un bar (Visite nuestro bar IV)

Suena la campanilla de la puerta, aparece tras ella un hombre con gabardina y bigote. Y yo que hoy me he levantado risueño y espabilado, le sonrío cuando se acerca al mostrador y le digo ¡buenos días! y él me devuelve el saludo. O eso creo. Solo dice un-café-con-leche. Y como mi angelical ¡buenos días! se ha mezclado con su café con leche, pues pone peor cara aún y me repite un-café-con-leche. Así, ya estamos. Saludados todos, no hay más que hablar.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Vete al cuerno, decía mi hermana

Faltan menos de veinticuatro horas para saber si Madrid será la sede de los juegos olímpicos del año 2020. O sí lo será Tokio o Estambúl. Hoy a mediodía el noticiero de la televisión estatal ha dedicado más tiempo del habitual, mucho más tiempo del habitual, a hablar de cosas convertidas en noticias entorno a la candidatura de Madrid para el año 2020. Sacando los colores, como no, a las otras dos ciudades aspirantes, pero sin encontrar mancha alguna en esta inmaculada ciudad, ideal para unos juegos olímpicos, por supuesto. 

Y claro, es noticia porque es muy importante para nosotros los españoles por aquello del parné que nos vamos a embolsar, se supone, si somos sede. Y como estamos agobiadillos con las deudas que vencen y no dejan de vencer, pues nos vendría de perlas. Por eso ahora el deporte es sanísimo y buenísimo incluso aunque no sea fútbol. Y porque Madrid es un ejemplo de acogida y multiculturalidad. Porque las olimpiadas son la concordia y el esfuerzo hechos vida. Y porque en unas olimpiadas reina el entendimiento entre los países competidores. En fin, por muchas cosas, es noticia. 

Pero ya ves, que tontería. Me ha dado por pensar que a lo mejor, y digo a lo mejor, había cosas más importantes de las que hablar. No sé. Se me ocurría, por ejemplo, que en la antigua Leningrado están ahora reunidos los veinte empollones de la clase para decidir qué hacer con un montón de cosas que al final son un montón de millones de dólares. Y que en Fukushima las aguas del mar están un poco turbias porque se les han caído unos litros de agua pesada o algo así. Y recordaba que en Egipto, que ya no está de moda, habían tenido discusiones muy gordas por que si mandas tu o mando yo y todavía no lo tenían claro. También que se había puesto de moda otra vez hablar de Siria y parece que los empollones de la clase están discutiendo también de eso, de si les dicen algo o no. Porque se han portado muy, muy mal. Los que disparan, claro. Y por eso Francisco había pedido a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que rezáramos por la paz. Pero todo esto no tiene importancia. 

la ciudad de Homs después de dos años de guerra
En fin, que mañana sábado, no sé si tendré otra cosa mejor que hacer que estar atento a ver si mi ciudad es o no es sede de los juegos. Creo, sin lugar a dudas, que es lo primero. Que lo demás no importa demasiado. Que el canal público de la tele se tiene que dedicar a esto de las olimpiadas y a nada más. Por supuesto. 


Ahora, el siguiente párrafo es sólo para decir que últimamente me dicen que no estoy muy fino con esto de la ironía. Así que, por si soy lo suficientemente mediocre como para que no se me haya entendido, quiero aclarar que todo lo que he escrito en párrafos anteriores es con una gran dosis de eso, de ironía. Y que se vayan al cuerno los juegos olímpicos convertidos en negocio. No digo a Tokio ni a Estambul, pobrecillos, sino al cuerno. Que no se dónde está eso pero debe oler muy mal.

jueves, 22 de agosto de 2013

Toda tierra es sagrada

“Toda tierra es sagrada si en ella descansa el cuerpo de un alma noble y bella”
Este es el epitafio de una de las lápidas que he visitado esta mañana. La casualidad, o no, ha querido que en mi paseo matutino con mi primogénito anduviésemos por la avenida de Daroca (en Madrid, España) y de pronto me encontrara entre los muros de un cementerio y otro; El cementerio del Este conocido popularmente como de la Almudena, y un apartadito de este mismo que se construyó para quienes no profesaban por aquél entonces el credo católico.

El caso es que adentrándome entre los singulares personajes que allí habitan y viendo nombres y recuerdos, fechas y esculturas, unas cuantas cosas me han llamado la atención. Una de esas cosas casi me hace titular esta entrada con desalentadoras palabras, algo así como “El cementerio del resentimiento”.

Y es que en el recoleto mausoleo que nuestro presidente Francisco Pi y Margall adquirió allá a principios de siglo XX, después de bellas palabras que glosaban todos sus quehaceres en vida, la piedra estaba rematada por unas palabras de lo más cenizas;
“¡España no habría perdido su imperio colonial de haber seguido sus consejos!”

Yo no sé si él mismo encargó al marmolista estas palabras. Si lo hizo su afligida esposa o sus afligidos diputados. Y tampoco digo que no fuera cierto el aviso. Pero yo lo he visto hoy ciento doce años después y pienso que, bueno, que el estupendo imperio colonial que teníamos, pues verás, que... antes o después... Vamos que hoy en día no tiene colonias, así grosso modo más que Francia, Inglaterra y los EEUU, y para no dejar de ser más chulos que un ocho, no por otra cosa.

Pero que no quiero hablar de las colonias. Que lo que quiero decir es que bueno, que digo yo que ya está la eternidad para poner las cosas en su sitio ¿no?

Por eso al final he querido titular esta entrada como lo he hecho. Y es una lástima que no haya sacado una instantánea. Que aquí en vida le ponemos nombre, etiqueta, categoría, frontera, departamento, muros, clasificación, … a todo bicho viviente y sin embargo al final, y cuando digo al final me refiero al final del todo, toda tierra es sagrada si en ella descansa el cuerpo de un alma noble y bella y no hay más que hablar.

viernes, 9 de agosto de 2013

Benidorm y el mar

Ayer mismo escuchaba en las noticias, ya de vuelta a la capital del reino, que nos hemos zampado algo así como la mitad de la costa a base de pisitos y pisitos en primera linea de playa. Bueno ya veo que no soy muy exhaustivo dando la noticia, Pero seguro que Greenpeace lo dice mejor. 
No me voy a extender mucho en este tema. Solo lo cito para que os hagáis una idea, los incultos en la materia, de lo que significa un lugar como Benidorm. Municipio de Alicante. Allí, como muestra, se alza la inacabada torre de viviendas más alta de Europa. Ese honor tenemos. La torre se llama Intempo. Han tenido que ir a buscar el nombre a la eternidad porque en este pueblito cualquier edificio de tres plantas que en Madrid pasaría por ser de protección oficial, aquí tiene nombre. ¡Y qué nombre! Acapulco, El Greco, Azor, Velázquez, Copacabana... Vamos, la costumbre de los setenta y nada más. Pero vale de hablar de arquitectura, que vengo a hablar de algo más elevado, por más que allí cualquiera viva en un piso veinte. 

Observaba una mañana el mar. Aún las sombrillas no han tapado del todo la arena de la playa. Aún se escuchan esas olas. Las que se encrespan y nos hacen volar. Las pequeñas, que se mezclan con la arena, la revuelven y después se van. Un mar que nunca deja de estar ahí, junto al mundo. Viene y va. Uno puede estar a medio metro de su espuma o a trescientos kilómetros pero siempre que mire al lugar adecuado, allí está el agua inmensa, esperándole. 
Y pensaba, mirando alternativamente al mar y hacia los pisos; Es tal su magnetismo y la fascinación que nos provoca, que intentando estar cerquita, hacerlo nuestro a cada instante y en cada lugar, sin querer, nos pasa que al final construimos lugares como éste. Que intentan atrapar el mar sin conseguirlo convirtiendo el lugar en una Babel y aún así sigue siendo imposible llegar a él. Hacerlo dócil. Él siempre está ahí, pero siempre a su manera y no a la nuestra. 
Benidorm en sus años mozos

Tal vez se nos ocurra entonces todo lo contrario; aborrecer lugares como este pueblin de rascacielos y llevarnos tan solo nuestra hamaca a la orilla de la playa. Así, sin nada más, querer vivir cara al mar. Querer estar ahí para oírlo y contemplarlo siempre. 
Me da, sin embargo, que haciendo esto sólo conseguiríamos tener el agua en nuestra retina y su espuma en nuestros tímpanos pero no podríamos tener el mundo en nuestro corazón, porque lo tendríamos siempre a nuestra espalda, sin querer vivir ni tierra adentro ni mar adentro. 

¿Qué significa todo esto? Bueno, pues para los aficionados a las metáforas, sustituid al mar por Dios. Contempladlo como lo hacéis con las olas, la espuma y el horizonte. Daos un tiempo. Tranquilos. 

Ahora, cambiad Benidorm o cualquier pueblo que conozcáis y que haya abusado brutalmente de su costa, por el Hombre; que cuando encuentra algo bueno, algo que le supera, que le desborda, opta por ser sabio y respeta su inmensidad. U opta por intentar domesticarlo. Le hace paseos marítimos, palcos en primera linea de playa, arena fina, bandera verde, muelles deportivos, torres Intempo... 

Pero siempre hay una orilla que no vamos a superar por más que queramos, a menos que optemos por dejar de ser hombres; que Él no va a dejar de ser quien es.

lunes, 4 de marzo de 2013

Y renuncia

No voy a zambullirme en exceso en polémicas. Vamos, que ya meto un poco las piernecitas en ellas. Pero tal vez no quiero más mojarme, por ahora. El caso es que ésta mañana he oído algo que me ha hecho pensar.
Ya saben ustedes que desde el pasado día veintiocho en todo el orbe de la cristiandad estamos como huérfanos después de hacerse efectiva la renuncia del Papa.
Y digo renuncia, que aunque lo clásico en este caso ha sido siempre que el primado de la Iglesia Católica aceptara el cargo hasta que la muerte nos separe, esta vez ha sido distinto.
Qué hay detrás de una renuncia de este calibre, no lo sé. Y no me negaréis, creyentes y no creyentes, que una renuncia así tiene cierto calibre. Y por esto, porque no quiero entrar en qué puede haber detrás, es por lo que recordaba que no soy mucho de hacer polémica salvo que me la sirvan en bandeja. Y no es éste el caso.
A lo que voy, dejando atrás posibles intrigas y tejemanejes de la curia, es a que este suceso, esta decisión del pontífice, desde que la conocí, me ha hecho pensar.
Pensar en que, de buenos o de malos, de blancos o azules, de unos u otros, esta figura es la de un líder mundial. Y renuncia.
Que en el mundo en que se mueve, que este hombre diga que no puede afrontar el trabajo que le espera es inusual. Y renuncia.
Que en esta historia que nos toca vivir, no es corriente que un personaje de la vida pública admita que ha sentido la debilidad. Y él, renuncia.

Y esto pensaba. Que aun cuando podamos tener discrepancias creyentes y no creyentes, hay una cosa que para mi salta a la vista por encima de otras cuestiones. Que nos parece todo este tema muy digno, muy ejemplarizante, venerable, porque no estamos acostumbrados a que suceda. No hay presidentes de la república, ministros, políticos, grandes empresarios, lideres, en definitiva, de unas u otras tintas, que decidan echarse a un lado porque creen que ya no pueden más. Que otro lo puede continuar con más fuerza.
No creo que el ahora Papa emérito sea perfecto. No lo creo, no porque esté en desacuerdo con él sino porque es persona, como todos. Pero sí creo que es una decisión perfecta la que ha tomado; Dejar sentir la humanidad en su ser y contárselo a los demás. No aferrarse a lo que uno ya no puede sostener con sus manos. Mostrar con o sin miedo dentro de uno que en efecto uno es más pequeño de lo que la lupa de los medios hace creer. Y esto es como pisar tierra sagrada.

viernes, 22 de febrero de 2013

Me cambio de Coca - Cola (Visite nuestro bar III)

Madrid. Última década del pasado siglo. Estamos junto a la barra de un bar–restaurante cualquiera. Hemos entrado ahí, como cada mañana, a tomarnos un bocadillo de lomo y queso y una caña. Todo está en orden. Junto a la entrada la máquina tragaperras, sin nadie que la atienda, emite musiquitas de vez en cuando. Sobre ella un televisor bien grande da el programa de salud de todas las mañanas. Son las once o las doce. Algunos de los habituales en la barra o en las mesas. Los desayunos hace rato que terminaron y los camareros se afanan en recoger antes de que llegue la gente que hace un descanso, como tú que has entrado a tomarte tu bocata. Y a prepararlo todo para el menú del día. 
Pero la puerta se abre. Entra un señor. Vestido con pantalón azul oscuro con sus brillos. Chaqueta también azul muy oscuro y en el bolsillo bordado el logo de una famosísima marca de refrescos de cola. Ha llegado el preventa. Ese hombre que recorre todos los bares de su zona, día tras día, y anota en su libreta lo que al día siguiente se convertirá en una columna de cajas de refrescos en tu almacén. 
Pero hoy no va a ser el día de suerte del hombre de los brillos. Porque detrás de la barra el ambiente está que echa humo. La semana anterior se había cometido un error en el pedido y los almacenes del bar–restaurante están bajo mínimos. Además el repartidor dijo que no se iba, aunque el pedido estaba mal, mientras no cobrara. Y uno que tira, y otro que afloja. Y había transcurrido la semana y de nuevo llega el preventa, con refrescantes intenciones y nada más entrar y acercarse a la barra aparece una mujer detrás –la cocinera- que le dice que no se qué, que no se cuánto y que a que vienen esas exigencias y por fin, para entretenimiento de los parroquianos allí concurridos, suelta la frase que da título a esta entrada. ¡Me cambio de Coca – Cola! 

Qué pensó el preventa, no lo sé. Aunque puedo imaginarlo. Pero aquí no se dicen palabrotas. Qué pensaron los clientes, lo ignoro. Pero el caso es que el tema daba de sí para comentarlo dos días más. Pero lo que tu piensas, ahí, tan cerca de la tragedia y con tu lomoqueso entre las manos, es si has oído bien o no. 

Señora, qué quiere que le diga -dice el antedicho preventa- yo no puedo hacer nada, pero usted verá... 

Hay nervios e improperios que no salen de los labios. Hay miradas. Hay silencio entre las mesas donde hasta hace un momento se hacían conversaciones. Cejas arqueadas, manos sudorosas. Se discute, se sofocan. Se escucha al doctor Sanchez-Ocaña dar consejos por la tele. Y al final el preventa se va. El caso es que se va. La cocinera vuelve a su cocina. Y tu, que arrugas la servilleta después de haberle dado el último mordisco a tu bocata, lo has visto todo. E ibas a pagar pero te esperas, no vaya a ser que te pierdas algo. 

Por fin, cuando las aguas han vuelto a su cauce y la vida sigue tras el espectaculito, una cabeza tímida y temblona se asoma por la puerta del pasa a la cocina. Es el camarero el que se asoma y le dice a la cocinera, aún sin aire; 

Pero mujer, como le dices eso. ¿No ves que no hay más tu tía que seguir con estos? ¿Que no hay otra Coca-Cola? 

¿Cómo que no hay otra Coca-Cola? 

Que no la hay, como lo oyes.

sábado, 9 de febrero de 2013

Está todo decidido

(Hoy he visto las noticias y ya está todo decidido. Hace unos meses que tenía pendiente una entrada con este tema. Hoy ya está decidido. Ya puedo hablar.)
Veía en la pantalla del ordenador al presidente de casualidad de nuestra comunidad autónoma en rueda de prensa conjunta con un pollo yanqui. Este pollo era el representante de la empresita que montará en los eriales de Alcorcón un complejo estupendo de juego, hoteles y demás cosas que luego vendrán, fundamentales para el ser humano. 
Ya lo han pensado ellos dos y ya está todo dicho así que nada. Esto va a ser un no parar de puestos de trabajo. ¡Qué bien! 

Pero de pronto me he sentido en la piel de otro. Me he sentido en el pellejo de un joven de Abidjan viendo llegar los contenedores de la Nestlé para llenarlos de cacao y largarse. He pensado que era un chico de Mato Grosso al borde de la BR163 contemplando hermosos campos gigantescos de soja de Maggi donde antes había selva... 
Me imaginaba que podía ser un tipo de Bukavu y ganar diez dólares a la semana por rascar un poco de Tantalita para tu estúpido Apple. 

He visto que por fin, merced de las estupendas cifras de paro y demás calamidades que sufre nuestro país, ingresamos en el círculo de esos lugares en el mundo en que un pollo llega y dice lo que hay que hacer y a los que estaban allí parece que les parece todo bien. Ya estamos en la estela de Costa de Marfil, Brasil o la República Democrática del Congo. Ya tenemos el orgullo de ver desfilar millonarios en nuestras tierras con poder para cambiar las leyes y que se cumpla su voluntad. 

Y si me he sentido en otra piel ha sido por sentirme como ellos, víctima de un par de estúpidos que pueden decidir hacer tal o cual cosa por el bien de sus bolsillos y venderlo como puestos de trabajo. Y eso está estupendo. Es estupendo porque crea empleo. Da igual que sea discutible la moralidad o la legislación en el negocio de Las Vegas Sands, como da igual que Cargill tale el Amazonas para plantar su desgraciada soja y alimentar los pollos de McDonald's. Da igual que se pudra el cacao de los productores de Costa de Marfil porque Nestlé revienta precios con su propia producción en tierras robadas. Y da igual que tengamos más dispositivos electrónicos de los que necesitamos, pero en el río Kivu haya tantos muertos como muertos resultan de la extracción de un kilo de coltán, entre unas cosas y otras. 

Y es que es cierto; si siempre nos ha dado más o menos igual todo eso que sucede lejos de aquí, ahora, ha de darnos igual lo que nos expriman por unos cuantos miles de empleos. Debemos seguir tranquilos.

sábado, 2 de febrero de 2013

Alto jornal

Así se titula el poema que he recordado cuando volvía hoy de trabajar. Hecho un guiñapo y disfrazado de loncha de panceta, incluso así, era capaz de pensar en cosas bellas.

Así que como al llegar a casa lo he releído quería compartirlo con ustedes.
Hoy, precisamente viernes.

Dichoso el que un buen día sale humilde
y se va por la calle, como tantos
días más de su vida, y no lo espera
y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto
y ve, pone el oído al mundo y oye,
anda, y siente subirle entre los pasos
el amor de la tierra, y sigue, y abre
su taller verdadero, y en sus manos
brilla limpio su oficio, y nos lo entrega
de corazón porque ama, y va al trabajo
temblando como un niño que comulga
mas sin caber en el pellejo, y cuando
se ha dado cuenta al fin de lo sencillo
que ha sido todo, ya el jornal ganado,
vuelve a su casa alegre y siente que alguien
empuña su aldabón, y no es en vano.

Claudio Rodríguez

domingo, 27 de enero de 2013

Una tarde Charada

Hará unas semanas, una tarde de invierno, llegaba a casa después del trabajo. De vez en cuando me gusta salir a la terraza a pasar revista a las plantas. Ver cómo les va. El jazmín sigue para arriba, el rosal parece un poco pocho, el romero ahí está; Una pequeña dosis de contacto con la tierra. La que no está asfaltada. 
Y así hice aquella tarde, hace unas semanas. Salí al balcón a ver como se convertían en marrones las hojas verdes. Dejé las llaves, el teléfono y lo que llevara en los bolsillos al entrar en casa. Fui directamente al balcón -en mangas de camisa, subrayo- , abrí la puerta, la atravesé y la volví a cerrar. 

Estas cuatro últimas palabras son las que dan pie a esta historia. La volví a cerrar. Así que allí estaba, esa tarde de invierno, que ahora era un poco más fría que hacía un segundo, encerrado en el balcón de mi casa. Sin poder volver adentro. Sin el abrigo, sin teléfono. Sin demasiado tiempo antes de que se hiciera de noche. Al fresco. 
¿Opciones? Muchas. Pero todas un poco locas. Podía saltar a la calle -mi piso es un segundo- Pero esa es una opción que contemplo ahora, en la comodidad de la escritura. En ese momento ni harto de vino. Podía gritar, como un demente, para pedir auxilio. Pero -cosas de la vida- la vergüenza podía más conmigo que las ganas de volver a entrar a mi salón. Además -pensaba- qué le digo a quien me haga caso; “verá, es que he decidido encerrarme en el balcón pero quiero volver a entrar. Suba usted y reviente la puerta de mi casa, porque yo no le puedo dar las llaves y mi señora y el niño están a unas cuantas paradas de metro de distancia”. 
Podía, por último, ver cómo salir de allí sin rasguños ni la ayuda de terceros. Y ahí estaba la solución; saltaría a la ventana de al lado, deslizándome por la cornisa y sujetándome a la tubería que baja por la fachada; como en las películas. 

Así que tanteé el terreno, me armé de valor. El valor que me daba el frío que estaba pasando y el miedo a llegar tarde a la cita que tenía más tarde. Examiné el borde del balcón, examiné la ventana de la habitación de al lado, abierta afortunadamente. Examiné la resistencia de la tubería del desagüe para aguantar mi peso. Examiné la distancia, la altura que, aun siendo sólo dos pisos, me daba vértigo pensando en caerme y partirme la crisma por hacerme el Cary Grant autosuficiente. 
Examiné, por último una bicicleta y un tendedero que me ofrecían múltiples posibilidades para tender un asidero en el vacío y, ya no se ni cómo, en menos de dos minutos después de prepararlo todo, mi trasero estaba firmemente sentado en el alfeizar de la ventana de al lado; ¡prueba superada! 

Al pisar tierra firme de nuevo y dar gracias al Altísimo por haber salido ileso de la aventurita, sólo se me ocurrió una cosa; Que sólo la realidad supera a la ficción. Y que lo que había visto en decenas de películas -la típica escaramuza de una ventana a otra del hotel- podía hacerse realidad en cualquier momento inesperado de mi vida. Así fue. 

Y si no encuentras excusa para hacerlo; si nadie te persigue o no tienes motivos para querer espiar en la ventana del vecino. Si tus divertimentos de ladronzuelo no llegan a tanto, no tienes por qué esperar la ocasión. Haz como yo, querido lector; Abre la puerta corredera de tu balcón, atraviésala y vuelve a empujarla hasta oír un clic. Así ya estarás satisfactoriamente encerrado en tu propio balcón. Ah, y no olvides dejar dentro llaves, teléfono o cualquier otro artilugio del día a día que pueda ayudarte a escapar de la situación. ¡Que lo disfrutes!

jueves, 27 de diciembre de 2012

En la frontera

Hace unos días vi, como por casualidad, un dibujo. Era un graffitti, creo. Era un dibujo, fuera cual fuera la técnica, impactante; La escena es nocturna y a la luz de la estrella se dibuja un desierto. A un lado están José y María -aún encinta- y aunque están representados de camino hacia el fondo del dibujo, se observa que están detenidos, no parados. Al fondo la estrella brilla sobre Belén. En el centro se alza un muro de hormigón. El de la franja de Gaza. 
Qué está pasando allí, no lo sé. ¿Es muy diferente la violencia que se respira allí de la que encontró Jesús en su tiempo? Tampoco lo sé. 
No tengo la menor idea de lo que pasa entre Judíos y Palestinos. Porque no estoy allí para sufrirlo. Pero me resulta fácil, sin embargo, hacer un juicio de unos o de otros, según se tercie, en una u otra conversación de barra de bar. 
Y me resultaba también sencillo imaginar lo inhabitable que tiene que ser aquella tierra, con fronteras tan violentas. Tan duras. 

Después mi imaginación voló de nuevo aquí, a tierras hispanas. ¡Qué diferencia, chico! Aquí las fronteras están casi, casi de adorno. En los pirineos un gendarme y un guardia civil jugando al tute y en el sur el Frontex, haciendo de las suyas para que no llegue nadie “ilegal” -con este eufemismo nombran a quienes estorban a esta agencia- . 
Y me preguntaba, por qué aquí, que parece que todo está casi en calma, parece que también hubiera de esas fronteritas hormigoneras. 
Y me respondía. Vaya si me respondía. Me respondía andando por la calle. Sin ir muy lejos. En una charla con amigos. En un café de lunes. En las letras del periódico. ¡Ya encontré nuestras fronteras! 
Muy poca gente atravesaba esas fronteras, me pareció ver. Cada uno andaba dentro de su reino; el de sus iguales. Y nada más. ¿Sentarme con un ateo? ¡tu estás loco! ¿escuchar a uno del Madrid? ¡Ni lo sueñes! ¿hablar a uno del sindicato? ¡Venga hombre, no voy a perder yo el tiempo! 

Y sin embargo, la intuición y algo más me dice que sólo quien se sienta al borde, quién sale de su madriguera y escucha la respiración de otras gentes, puede llegar a saber qué lugar ocupa su ombligo en el mundo. 

¡Feliz Navidad!
AGRADEZCO EL USO DE ESTA IMAGEN A SU AUTOR

domingo, 25 de noviembre de 2012

Gente de fe

Visto lo visto, no hay duda de que somos personitas de fe. Creemos en todo lo que nos digan. Especialmente si sale de algunos sitios. Las letras del periódico son sagradas y las noticias de las nueve un hito necesario en el día para saber toda la verdad.
De vez en cuando nos enteramos de que un científico, con su bata, sus gafas y sus años y años de investigación, ha descubierto que el átomo se puede trocear todavía un poco más. Pero dime ¿tú lo has hecho en casa? Compraste una caja de cereales y detrás te explicaban cómo partir un átomo, con la ayuda de tus padres ¿verdad? Así que como aquel científico lo descubrió, tu te hes puesto a ello también y has visto que es verdad ¿no?
No. Lo cierto es que no.
Basta con que te digan que hay partes más pequeñas que el átomo y lo acompañan con unos esquemas, y tu dices pues sí. Que te hablan de que en el centro de la tierra hace un calor de mil demonios y lo dibujan de rojo incandescente. Pues claro. Que comentan que en Alemania hay trabajo. Dónde si no. Que el ártico se derrite. Se derrite, claro está. Que en Afganistán hay muy mala gente escondida debajo de las piedras. Seguro. Que dicen que en España sólo hay un 30% de fracaso escolar. Nada más. Seguro. Que la economía se empieza a recuperar. ¡Si lo noto hasta yo!

Así que no me lo podéis negar. Nuestra fe es inquebrantable. Con que nos lo cuenten lo creemos.
Sin embargo, y esto es lo curioso, hay algo que no terminamos de creernos. No nos convence del todo eso de que haya un Creador de todo esto. No tenemos problema en tragarnos verdades y mentiras como puños. Verdades y mentiras que están aquí, a nuestro alcance. No queremos asegurarnos de si un electrón existe o no realmente. Nos vale con creer porque necesitamos creer...
Pero a ese Otro. Ese es otra cosa. Y le exigimos mil pruebas de su existencia y estamos para arriba y para abajo con que si existe o si deja de existir... Y como no se molesta en demostrárnoslo. Nosotros, a dudar.

Así que mi conclusión es que somos raros. Usamos la fe para lo que no hace falta fe y se nos ha gastado cuando más tendríamos que usarla.
¡Incorregibles!

sábado, 3 de noviembre de 2012

Algo que decir

Cuando empecé a andar por este mundo que no existe más que en las placas base de unos ordenadores que no sé dónde estarán, Cuando empecé este blog, lo hice con mucho temor. 

Temor por cada palabra que escribo cada vez que escribo. Temor a hacer daño a alguien con mis palabras y temor a faltar a la verdad. Aunque sobre verdades está el mundo lleno. Temor también a no cuidar la libertad de expresión que debemos compartir. 

Haciendo un paréntesis, visto lo visto, al ponerle apellidos a la libertad (de expresión, en este caso) parece ser que diluye el significado de la primera palabra; Libertad. Y yo crecí aprendiendo que mi libertad acaba donde empieza la del otro. Parece que a la hora de escribir y publicar en general, eso no hace falta tenerlo en cuenta. 

Pues bien. Hablaba yo del temor a fallar en cada palabra que escribo por estos lares. Que el mundo está lleno de personitas que lo querrán leer y he de tener mucho cuidado. 

Y confieso que si, que en este 2020 mio escribo lo que se me pasa por la cabeza o por el corazón, según se tercie y en gran medida puede que no le interese a nadie más que a mi. Que si, que no tengo más objetivo con este lugar que hacerlo por placer y por aprendizaje. 


El caso es que más allá de este objetivo utilitario que acabo de mencionar, lo comencé y lo hago porque creo que tengo algo que decir. En realidad, como cualquier hijo de vecino que se mire un poco las entrañas y le pique el gusanillo. Y yo, que pisaba las teclas de mi ordenador como si fueran tierra sagrada al formar palabras, frases, entradas en este blog, me encuentro con que, sin embargo, la prudencia puede muy bien brillar por su ausencia en cualquier rincón. 

Que igual que al parecer está permitido desbarrar ortográfica y gramaticalmente en toda comunicación que sea tecleada, hemos dado un paso más. Ahora también está permitido cometer todo tipo de faltas de prudencia, juicio y belleza, al hacer un blog, una página o tan sólo un miserable correo. 

No se si he sabido volcar en estas palabras mi tristeza y mi enfado al encontrar cosas así una vez más. Pero para no dejaros también enfurruñados y por no citar esos lugares que he encontrado (por indicación de algún amigo o por un correo en mi buzón) y que me parece que no son ni prudentes, ni respetuosos, ni bellos, si quiero invitaros a otros lugares que me parecen dignos de ser visitados, al menos de vez en cuando. 

Y por último una invitación. Quien sienta que tiene algo que decir, que sepa que no lo puede decir de cualquier manera ni en nombre de cualquiera. Por amor al Arte.

jueves, 1 de noviembre de 2012

El día de difuntos de 2012

El viento que limpiaba el cielo esta mañana nos acompañaba en nuestro camino hacia el cementerio. El día estaba claro. Claro día de otoño que envuelve fríamente todo. No nos arrojaba a la calle una súbita melancolía como a Mariano en 1836. Ni el cielo oscuro y sombrío se cernía sobre nosotros. No era pesimismo lo que veíamos entre los mármoles. No estamos en 1836 sino en 2012. Una linea de autobús atraviesa el camposanto y la policía municipal ordena la entrada y salida de coches y peatones. El interior del cementerio parecía un mercadillo de flores y sepulturas perpetuas. 

Pero nada ha cambiado. Llegamos hasta el cuartel 251 del cementerio. Allí, sobre lápida de granito, las letras que forman sus nombres son la última certeza física de que nuestros muertos estuvieron con nosotros. Y para nosotros, aún lo están. 


Esas letras metálicas, más perdurables que la carne y el hueso, son la conversación inacabable con los que nos han precedido. No en la impersonal historia de la humanidad, sino los que nos han precedido en nuestra mesa camilla, en nuestra cocina. En nuestras navidades. En nuestros aniversarios. En nuestras películas de Súper 8. 

Esta gente, que se va haciendo humus bajo un espacio lleno de hermosas esculturas, románticas hiedras, forma parte de la misma historia que formamos nosotros. Somos herederos de su vida. No de sus casas ni de sus ahorros; de su vida. 

Al fijar la vista sobre estas letras que hablan de personas y de fechas sobre una piedra arrancada a la montaña, uno piensa que más que origen de alguien es fruto de alguien. Somos hijos. Todos lo somos. 

Pensaba también que yo terminaré algún día en este mundo siendo letras metálicas sobre ese granito de la sepultura familiar. Recuerdo a mis antepasados; lo que puedo recordar de ellos. Pienso que han sido maestros para los que íbamos después y me pregunto ¿y ahora yo? 

Pienso en las ocasiones en que me he enfrentado a ser maestro, modelo de algo, y solo puedo ver claramente que no soy más que un instrumento. Una herramienta en el exacto equilibrio de su uso. Que soy una sola letra en el texto negro sobre el blanco de la página de un libro. Que confundir ser padre con ser modelo es querer ser herramienta, mano y obrero. Ser letra, capítulo y autor al mismo tiempo. 

¿Así que, si voy a acabar ahí, solo debo dar a mi pequeño techo, comida y amor hasta que acumule reservas suficientes para valerse por sí mismo? ¿Soy sólo su Cicerone? 

Si no puedo ser más modelo que la casualidad de mi vida. Pero no soy tan solo su tutor, su niñera, ¿Qué soy? 

Viendo este mar de lápidas, ¿seré solo parte de esa cadena que empezó al principio del tiempo? Si sólo fuera un eslabón de esa cadena, lo más precioso entonces es el eslabón que me precede y aquel que ahora va después. 

Pero ¡qué curioso, qué inútil, qué maravilla! Somos parte de una tensa cadena que no amarra más que a sí misma. El Autor de esta divina idea que no sirve para nada más que para prolongarse y ser, ha querido hacernos así, no como un pasatiempo, sino para tener dónde fijar su mirada. 

Ser padre debe ser empezar a querer que la gloria del nombre de uno no dure más que sus huesos. Ser solo herramienta en el exacto equilibrio de su uso. 

De Mariano y su melancolía ya hablaremos en otra ocasión. Hoy es día para acordarse de la vida y mirar con perspectiva el pasado, para ver el futuro con mejores ojos con que lo vió Mariano.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Una niña asustada

El otro día veíamos las noticias mi mujer y yo. Como es habitual en la sección de noticias nacionales aparecía el señor presidente del gobierno hablando sobre una cosita y después el otro, el de la oposición, refiriéndose a la misma cosita. Hasta aquí nada nuevo ¿verdad? Uno suele decir negro y entonces el otro blanco. Siempre es lo mismo. Pero llamó ella la atención sobre algo en que yo no había caído. Dijo que parecían un matrimonio divorciado. Esa imagen que tenemos todos en la cabeza. El marido pone verde a su ex-señora y viceversa. Que si quiere el coche, que si la mitad de la casa es mía, que si no es cuestión de dinero, es por dignidad... en fin, toda esa serie de lindas joyitas que uno puede tener la desgraciada ocasión de escuchar de ese que era su compañero para la vida. 
 
Hasta aquí tampoco nada nuevo ¿verdad? Aparentemente, nada nuevo. Sin embargo hay algo similar entre estos dos “políticos” (¡hay tanto intrusismo en esta profesión...!) y ese matrimonio roto por vete tu a saber qué. 
 
Porque seguimos esa escena en que la pareja anda ahí discutiendo, en el salón de su casa, por cualquier menudencia que ha colmado el vaso y que ha llevado a otras menudencias cada vez menos menudas. Lo vemos, como en una película en el cine; anónimos espectadores. Vemos como el objetivo, que encuadra a la pareja, se aleja lentamente. El campo de visión se amplía y aparecen en escena lámparas, muebles, llaves de un coche y otras chucherías por las que discutir. El encuadre se hace cada vez más amplio y al final, tras el quicio de una puerta, vemos aparecer algo distinto a todo lo demás. 
 
Allí, en el límite de la pantalla de nuestro cine imaginario se apoya contra la puerta el cuerpecito de una niña que escucha, atónita, discutir a sus padres por primera vez. Les ve sin ser vista, también casi anónima ella. Les escucha con dolor porque no discuten para arreglar el averiado invento de ese matrimonio. Discuten porque ni siquiera saben repartirse las migajas de ese invento que se rompió por falta de cuidados. 
 
Ya no vemos en nuestro cine imaginado a la niña. Ya no podía escuchar más. Ahora se va por el pasillo que está a media luz. Así no se ven dos o tres lágrimas que caen por sus mejillas. Ahora no sabe en qué pensar. No sabe qué hacer. Sólo se ocupan de sí mismos. 
 
Y esos otros, parapetados en ruedas de prensa y escaños del congreso, ponen de vuelta y media al que antes estaba en su lugar. Tienen que representar un papel que es el de oponerse al otro y literalmente lo hacen. Pero mientras practican este nefasto deporte, desde el quicio de la puerta del país una niña pequeña y asustada les mira, preguntándose por qué discuten por todo menos por ella. Por qué ni siquiera discuten ya sobre dónde estará mejor su niña. 
 
Esa niña un poco malcriada, un poco inocente que se llama España tiene por padres un par de tipos (o un par de docenas) que no quieren construir juntos. Que no quieren empezar de nuevo. Que hace tiempo se zambulleron en el cenagal de los insultos y ya no saben salir de ahí. 
 
Será un poco malcriada, será uno poco inocente. Pero si esa niña tuviera ante sí a unos papás con autoridad; con la que da el sufrimiento; Superar las dificultades aceptando el sufrimiento y no con la piel bronceada ante las cámaras de televisión. Si así fuera, esa niña pensaría “¡qué padres más majos tengo! Lo están pasando mal para que yo no lo pase demasiado mal. ¡Se preocupan por mi y me quieren!” 
 
Y es incluso posible que la niña, ya menos consentida e inocente, se acercara a sus padres y les preguntara “¿Qué os pasa? No estéis tristes. No necesito más cereales para desayunar.”

jueves, 19 de julio de 2012

Por una fresquilla madura


La cosa comenzó sin importancia. Una fruta demasiado madura. Un señor demasiado maduro. Igual: gases por doquier.
Pero nada, menuda mañanita llevo, tengo que estar aguantándome y otros pensamientos íntimos que Javier, el señor maduro, solo compartía consigo mismo. El caso es que esperanzado, ahuecaba los cachetes en cualquier descuidado y aquí paz y después gloria. Esto se pasa, quizá un arrocito. Y listo.
Sí, si. Listo estaba el señor Ataulfo, de nombre Javier. El señor maduro. Listo estaba si pensaba que eso en una mañanita se esfumaba.

Paso una tarde, paso una mañana; día segundo. Las flatulencias de inspector de hacienda, el señor Ataulfo de nombre de pila Javier, eran más y más elocuentes y dicharacheras a medida que nuestro querido señor maduro iba viéndose en situaciones más y más cercanas al resto de los presentes.
Por ejemplo en el ascensor del ministerio. Que en esa situación parece que te imaginas a tu compañero con corbata hasta en la playa y resulta que vas y ahuecas el cachete. Don Javier Ataulfo lo hizo y el espesor de su nausea, alcanzó cada rincón, cada botón cada techo, suelo y narices, gargantas que portaba el ascensor.
Resultado: deportado. Porque si lo haces con sigilo, todavía puedes salir airoso, si es que aire aún queda, del dramático ascensor. Pero flatulaba sonoro el caballero y en tan íntimo habitar nadie se puede escapar.
Pero bastó un dedo ágil que pulsó el botón más próximo. La puerta se abrió. Se abrió un tácito pasillo con Ataulfo al fondo y un paso, otro paso, tres cuatro sus pies se encontraban en espacioso rellano. Así terminó el asunto.

 Pasó una tarde, pasó una mañana; día tercero. Y vio Javier, hombre respetable, como en su casa querían hoy comer en la cocina y no en el salón y dijéronle a Javier. Anda cariño mira, empieza el telediario. Tu te quedas, que te gusta. Los niños y yo nos vamos a comer junto al fogón.
 ¿Que por qué? Ya lo sabréis. Porque el padre de familia, no posaba en el sillón todo el culo de una vez. Alternaba los cachetes, para hacer ventilación. Que en casa uno lo consiente. Pero cuando el aire falta, cuando el mareo se siente. Cuando hay gas, asfixia, llanto. Entonces hay que hacer algo. Hay que aislarle en su salón. Y el niño que sale y cierra. Come, se va a la plaza, ha quedado, y les dice a sus amigos: Con mi casa no contéis. Mi padre se tira pedos y los unta en el parquet. La consola que tenía, huele al pedo de anteayer. Los tebeos de mi tía, son la muestra de una traca y las bicis se pincharon con la Cosa de hoy mismito.
Y ahí dejamos a un crío que tenía admiración. Por su padre, por sus cosas. Ahora siente desazón. El sentimiento se ahoga entre tanto pim pam pom.

Pasó una tarde, pasó una mañana; día cuarto. Don Javier ya ha perdido su familia y su ascensor. Le quedan aún amigos. Cerveceros y dormidos, que le siguen su canción. Así que en el bar los haya. Estrecha sus manos. Pide botellines. Saca la baraja y comienza la fiesta. Están los cuatro en la mesa, hay partida. Y de los cuatro sentados uno se inclina, disimula. Pero se inclina, no creas. Y de su inclinación resulta un sonido acompañado de un gazpacho sublimado. Le increpan abiertamente. Le dicen que no hay derecho. El, que sufre de lo suyo, pide clemencia y auxilio. Pero casi sin notarlo escora hacia el otro lado suelta un bull dog gasificado y dice “yo ya he tirado”. Encima con guasa nos viene, dice el que sufre a su lado. Que se refiere a las cartas, pero creen que es demasiado.
El otro vuelca la mesa. Hay disputa y gran despeine. Acaban los platos rotos y los amigos desamigados.
Ataulfo, propulsado, sale del local mas bien cabizbajo. Quién le queda. Quién le quiere. Quién sin nariz suficiente, podrá estarse a su lado.

Paso una noche, pasó una mañana; el día quinto. Ya no hay sentido. ¿Qué hacer? Se pregunta don Javier. Resta gente con los dedos y se queda sin las manos. Nadie le queda en el mundo que comprenda su pesar. Que le pesan, no hay duda. El los tiene que soltar. Los odiaría sin miedo si el síndrome de Estocolmo no le viniera a visitar. Que en su soledad. Sólo él con su efervescencia, ama cada día más. Ama aún sin saberlo esa cosa que se cuela entre sus narices grandes. Ese unte, ese aroma. Ese recogimiento íntimo que uno puede disfrutar. Que nunca nadie lo admite, pero gusta de verdad.
Quiere decirlo en la red. Publica una página a la que llama el “Aroma de J. Ataulfo”. Cree que si hay tierra de por medio, que si el sitio es internet, nadie querrá desearle apartarse cuando ahueque.

Pasó una noche, pasó una mañana; día sexto. Y se levanta Javier de dormir en el somier de la pensión Doña Esther. Se lava un poco, se peina. Ya no es inspector de hacienda. Enciende el computador y ve en su contador mil visitas de una vez. Las lágrimas corren, tropiezan con su sonrisa. Está emocionado, tiembla. ¡Le quieren en internet! Le preguntan, le saludan. Le animan y le escriben. Piensa en montar una empresa de pedos bajo pedido. Tiene gracia hasta la idea. Pedos bajo pedido. Le suenan bien las palabras. Las cuelga en su nueva web.
Revientan el servidor las peticiones a Javier. Tiene que soltar sus gases y le pagan para oler. Tiene quincemil pedidos y los tiene que atender.

Pasó una tarde, pasó una mañana; el día séptimo.
Y quedaron concluidos para este día todos los pedidos. Javier, rendido y contento, vuelve a la misma pensión que ayer. Deja el portafolios. Duerme. Y sueña con el parné. Cuando despierta lo cuenta; Ha ganado lo de un mes.
Se imagina su futuro, tendrá pronto un aprendiz. Hay que satisfacer a todos y le falta tiempo y gas.
Pero le entra hambre y sale a una tienda a comer. Pide unas lonchas y pan. Un refresco y al hotel. Sentado en su cama traga el flatulante Javier.
Está contento. Sonríe. Entre sonrisa y sonrisa sale como una coz, un ruido. Es de Javier “el aireado”. Que aprovechando sus dones quiere diversificar el negocio del oler.

viernes, 18 de mayo de 2012

El momento más vulnerable

Somos fuertes. Somos empresarios, curritos, parados, labradores, filósofos, pescadores, pescaderos, directores de fondos monetarios internacionales, ladrones, temporeros de la uva, equilibristas, bachilleres, presos, pilotos de lineas comerciales, trashumantes, capitanes de barco o conductores de un John Deere. 
Pero llegan las diez, las once, la una de la noche. Y llega nuestro momento más vulnerable. El del sueño. El de la noche, para quien duerme de noche. 
Somos frágiles, pero no hay un momento en que seamos más frágiles que durante el sueño. 
¿En qué estado se sume uno cuando duerme? No se sabe con certeza. Pero uno no está del todo en este mundo. Está en el mundo pero ajeno a él. Por esta desnudez máxima a la que nos exponemos cada vez que logramos conciliar el sueño, tomamos medidas aquí y allá. 
Hay alarmas, hay candados. Hay llaves, puertas, rejas, cámaras. Pero nosotros seguimos durmiendo y si nuestro bunker falla, somos extremadamente vulnerables. 
En la otra vida, en la que vivimos despiertos durante las horas de luz, aparentamos una fortaleza que la noche nos desarma por completo. Por muchos cerrojos que cerremos, dormir es un acto de absoluta confianza en el mundo que nos rodea. Entregarse a la inconsciencia del sueño es un acto valiente. 

Y en muchas ocasiones, aunque no siempre sea así, compartimos con alguien esas horas de máxima debilidad. De indefensión absoluta. Alguien bajo nuestras mismas sábanas o alguien en el cuarto de al lado. Alguien a quien elegimos, alguien que nos elige, alguien que no elige estar con nosotros... 

Uno empieza esta vida generalmente de niño y poco a poco lo va dejando para hacerse adulto. Antes o después decide, adivina, intuye que debe buscar un nuevo lugar donde pasar la vulnerable noche. 
A partir de entonces, de esa primera noche nueva, debe volver a confiar en el mundo que le rodea porque aquel lugar dónde la noche era amable junto a sus papás ya ha sido superado. 
A partir de entonces su imaginación deberá tejer nuevas razones para entregarse a ese oscuro entorno que le rodea cada noche. Y escogerá también a alguien con quien pasar de la mano el momento más vulnerable.

domingo, 6 de mayo de 2012

Mondo y lirondo


Si lo curioso de todo esto es que no es una fábula, un cuento. Es que es algo que existe en la vasta planicie castellana. Existe. Un pueblo arrinconado entre las arrugas de la vejez de esa planicie. Pero a decir verdad el rincón es bonito. Debe ser esa imperfección que aporta belleza al conjunto o algo así. Que todo podía ser liso, cuadrado y de un solo color. Así sería perfecto pero no sé yo dónde estaría la belleza.

El caso es que por entre uno de esos dobleces de la vida estaba este pueblo. Minúsculo pueblo respirando difícilmente como un pececito cuando lo sacas de la pecera. Que sabes que es sólo un momento y lo vas a volver a meter pero el pobre pez respira intentando encontrar oxígeno en el aire de su alrededor, que lo hay pero no con lo burbujeante del agua. Bueno dejemos al pez. El pueblo así, como sin poder respirar bien, porque casi no hay quien se quede dentro de casa a las cuatro de la tarde. Por aquello de la solanera. Ni dentro ni fuera. Es que no hay nadie. Casi. Es como un hormiguero vacío. Como una casa cuando todos se han ido de vacaciones a la playa.

Pero aun quedan personajes. Que se diría que es como una representación teatral. Que nos hemos quedado sin presupuesto y hay que recortar un poquito el reparto. Eliminar personajes de la obra y que alguien haga de padre del duque y también de guardia del rey, de esos que no dicen nada en la obra pero que se llevan arrestado al hijo del pobre sastre que desea conquistar el corazón de la hija del duque; Rosalinda.

Pero dejemos el teatro. Aun hay vida en el pueblo. Y como tal es tan viva como cuando cientos de almas lo poblaban. Ahora, la verdad, cientos de almas lo pueblan. Pero imitan esa fea costumbre de las grandes ciudades y se han hacinado todas en el mismo lugar. El cementerio.

Y los que han decidido esperar para mudarse allí, son los que dan vida hoy al pueblo. Son los que, si, a las cuatro de la tarde de julio ni se asoman por la plaza porque están en su salita de estar reposando un poquito. O son los que se lanzan hasta la umbría del bar y se encaraman en la barra junto a una cervecita, un vino, un Trinaranjus, unas aceitunas. Y que así siempre encuentras a alguien y puedes continuar con otra cervecita, otro vino, otras aceitunas. Y si el crío se ha venido, otro Trinaranjus.

Son también los que por la mañana, con la fresca, si el día promete y no hay ganas de lluvia, se van ahí-en-eso, a donde tengan sembrados unos pocos tomates, unas cebollas, unas patatas. Que también hay que mimar a los tomates, vigilar el tallo de las cebollas y remover alguna patatica. Que siempre hay hierbajos que arrancar. Estúpidos intrusos que entretienen y pinchan y confunden.

Repasemos. Está... ¿por dónde empezamos? Antaño estaban las autoridades del pueblo. Cura, Alcalde y Guardia Civil. Luego estaban otras autoridades, digamos culturales. El maestro de escuela, la maestra, el tonto del pueblo, el rico del pueblo, el sacristán. Seguimos con los cargos mas populares. La fresca del pueblo, los quintos, los ancianos, los mozos, los monaguillos. En algunos lugares habría que sumar ese extraño personaje que vive un poco fuera del pueblo y sobre el que pesa un castigo de marginación. 

¿Lo ves? Demasiados personajes. Hay que reducir un poco. Creo que este es un libreto antiguo. Una obra clásica de esas que no había quién las representara porque no habría quien las viera.

Bien, pues empecemos por arriba. Por arriba de este pueblo está el señor alcalde. El alcalde de este pueblo no es como los demás. No lleva tirantes, ni barriga ni puro gastado en la comisura de los labios. Tu ves a la gente del pueblo un día cualquiera, por ejemplo a la salida de misa y por más que hagas fotos, no puedes saber quién es el señor alcalde. Va de incógnito. Pero ha reconstruido de nuevo el Ayuntamiento. Luce ahora banderas, tablón de anuncios y de nuevo, por las calles, hay carteles que anuncian disposiciones del consistorio. Lo que pasa es que no hay pregonero pero bueno. Él es el pregonero. Digamos que, se ha empeñado en echar de nuevo el pececito al agua, a que respire aliviado otra vez. Digamos que hace de alcalde. Que se ha estudiado bien el papel.

Atiende los jueves. Y lo que más atiende son solicitudes de licencias de obras para casas de domingueros. Pero todo se andará.

Y tiene un firme empeño, aparte de resucitar al pueblo. Dejarlo todo mondo y lirondo. Por eso existe una concejalía especial, administrada por el concejal de Mondos. Si, si. Concejalía de Mondos, lirondos y caminos. Ardua tarea la suya. Devolver a la tierra su juventud. Hacerle un tratamiento antiedead, de esos que anuncian en la tele. Que todo quede liso, con lineas armoniosas. Que los árboles obedezcan al camino y lo custodien marcialmente. Que no dejen caer sus hojas al capricho del viento. ¡Y que el viento no tenga tantos caprichos! Que los arbustos no tengan afán ni ambición y ninguno quiera ser más alto que otro. Que las piedras, en su quietud, en su meditada dureza, no acampen por los baldíos a su antojo. Que entiendan de aritmética, de proporciones, de perspectiva. 

Que el agua corra, abunde si quiere. Pero que en su carrera no arrastre con falsas esperanzas a esos ilusos granitos de arena. A esas hojas secas, cansadas. A esos animalillos que dejaron de vivir a sus orillas.

En una palabra. Que todo esté mondo. Que así quede, se mantenga y prospere.
Más que la repoblación, el agua o la concentración, el concejal de mondos ha de velar por la integridad del paisaje. Por el equilibrio del ritmo de la naturaleza en el término municipal de su amada aldea...

viernes, 27 de abril de 2012

Último domingo de adviento de 1511; Isla de La Española


MONUMENTO A MONTESINOS. SANTO DOMINGO. DETALLE.
Allí subió al púlpito el más joven de su comunidad, el dominico Antonio, a leer el sermón del domingo. Acababa de proclamarse el evangelio. La Iglesia llena de fieles, Colón junior en las primeras filas. Otros encomendadores y autoridades de la colonia, allí presentes. Los dominicos, llegados apenas hacía un año, habían ya observado, rezado y meditado lo que desde aquel altar iban ahora a decir, para escándalo de los congregados.

Y Fray Antonio comenzó su exégesis del evangelio que acababan de escuchar; Voz que clama en el desierto, preparad el camino al Señor...

«Para os los dar a cognoscer me he sobido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto desta isla; y, por tanto, conviene que con atención, no cualquiera sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír». «Esta voz [os dice] que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué auctoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades [en] que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y cognozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado [en] que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo».

Dicho esto hubo toses, culos incómodos en sus asientos y malas pulgas por las telas de tan coloniales sayas.

Le estaban diciendo a todo un conde, al virrey, a un duque, a un sastre, a un algodonero, que esos animales que andaban por ahí extrayendo oro y otras menudencias tenían alma. Semejante disparate solo podía salir de la boca de un cura. Ya se sabe, los curas.

Habría que hablar con los muy católicos Ysabel y Fernando. Poner las cosas en su sitio y que los dominicos se fueran por donde habían venido.

Cómo continuó esta historia, podéis buscarlo en las crónicas de Fray Bartolomé y en los libros que hablan de la escuela de Salamanca. Afortunadamente los dominicos se quedaron en La Española.

Han pasado 501 años, que total no es nada, y aparecen por todas partes pollos que vuelven a decir cosas parecidas a las barbaridades que decían y hacían aquellos conquistadores. Que dudaban de si a un natural de las Antillas le dolía el píloro cuando no tenía que comer y había trabajado de más en la mina.

No tengo la autoridad que Fray Antonio Montesinos se ganó a base de exponer su vida para denunciar el sufrimiento de su vecino.

No la tengo, pero me da un poco de vergüenza vivir en una tierra que no es tierra de acogida. Vivir en una tierra no es tierra de fraternidad. Que ha hastiado todo lo que tenía a base de borracheras de poder. Y ahora que ya no le dan más crédito para el poder ni para las borracheras, ahora, le dan a la rueda de hacer Reales-decretos-leyes y detestan así a gente “irregular” sólo para menguar la cuenta de gastos, que se hace insoportable, después de haber malcriado a su población, con infinidad de deseos “convertidos” en derechos.

Tanto cansarse Fray Antonio y sus hermanos en la fe gritando que aquellos también tenían alma, para encontrarse que es aquí donde unos cuantos pollos gobernantes se empeñan en tener más plumas que alma, con tal de que nos quedemos como estábamos.

viernes, 30 de marzo de 2012

Un viaje contra el tiempo


Era verano. El penúltimo verano del siglo. Recuerdo que debía haber comenzado ya agosto cuando el motor Diesel de la que esos días sería nuestro coche-cama, arrancó rompiendo el silencio de una mañana de inmediato calurosa en la sierra Segoviana.
Cinco expedicionarios componían el grupo. Objetivo; alcanzar la linea 0 de un acontecimiento que la hemeroteca conserva para las generaciones venideras. El Eclipse total de Sol del 11 de agosto de 1999.
Por qué el camino nos condujo hasta Santiago, eso no lo recuerdo bien. Pero era año santo y tal vez eso nos atrajo hasta el “campo de estrellas” antes de emprender viaje hasta más allá de la ciudad de París. La linea 0 cruzaba de sureste a noroeste Europa y la ciudad de Reims estaba justo enclavada en esa linea.
Como cita la wiki “La zona de penumbra fue desde el Este americano hasta Asia central, la banda de sombra total, se vio sobre las 11 h UTC en Terra Nova, Cornualles, el Condado de Devon, el norte de Francia, el sur de Bélgica, Luxemburgo, el sur de Alemania, Austria, Hungría, el norte de Serbia, Bulgaria, el Mar Negro, Turquía, Irán, el sur de Pakistán, India hasta el Golfo de Bengala.”
Así, la costa cantábrica nos vio remontar el Camino de Santiago, sintiendo la extraña sensación de despreciar el cansancio de los miles de peregrinos a los que saludábamos desde la ventanilla. Pasando la noche en el alto del Naranço (quiénes lo conozcan sabrán lo enojoso del asunto) Despertando el día en medio de un mercadillo o descubriendo la playa de Zumaia.
Y llegamos a la frontera. En San Sebastián, justo antes de cruzar la linea, uno de nosotros terminó su viaje y volvió al centro de la península. Solo los años le dirían que los exámenes de septiembre no son razón suficiente para dejar a medias un viaje contra el tiempo...
E igualmente contra el tiempo cruzamos tierras galas hasta llegar al departamento de Ille de France. Llegar, ojear un poco esa ciudad a la que llaman París y continuar camino hasta perdernos en una lengua extraña entonces para nosotros. Un idioma que a nuestro entender se merendaba la mitad de las letras de cada palabra y a las que no se comía les daba de comer patatas cocidas o algo así y entonces se ponían gordas.
Algo impronunciable se escondía detrás de la sencilla palabra que nombra a la ciudad de Reims.
Así que dando vueltas por la Champaña creíamos que después constatar que no habría aventureros tan fugaces como nosotros, íbamos a llegar tarde a esa cita con la noche a medio día.
Por fin a eso de las 10 de la mañana rondábamos las calles de la ciudad, que se había vestido de largo para cuando el cielo se escondiera tras las estrellas.
Frente a la catedral de Nuestra Señora de Reims, una cantante de ópera esperaba a la oscuridad.
Y de pronto, sin que nada sugiriese que podía ocurrir, en pleno día anocheció. Ante nuestros ojos, como si estuviera previsto las farolas, los escaparates, se encendieron para iluminar como cada noche. Las palomas buscaban su dormitorio. El viento, desprevenido corría a su lugar para que hubiera atardecer, pero ya era noche cerrada. Se prendieron las estrellas, la opereta cantaba, cayó la temperatura... Y este párrafo solo se puede cerrar diciendo que el velo del templo se rasgó en dos.


Fue un viaje curioso. Fugaz, como las estrellas. Fugaz, como el eclipse. Fugaz, como el cuentakilómetros.
Al día siguiente la noche, la de verdad, nos esperaba en nuestro final del viaje; el que había sido nuestro principio.
Junto a la furgoneta que nos había dado cobijo esos días fugaces de aventura, sobre la arena del suelo nos dormimos. Al despertar esa mañana volvimos de nuevo a los días que tienen veinticuatro horas. Volvió el tiempo a ser el que era.