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lunes, 4 de marzo de 2013

Y renuncia

No voy a zambullirme en exceso en polémicas. Vamos, que ya meto un poco las piernecitas en ellas. Pero tal vez no quiero más mojarme, por ahora. El caso es que ésta mañana he oído algo que me ha hecho pensar.
Ya saben ustedes que desde el pasado día veintiocho en todo el orbe de la cristiandad estamos como huérfanos después de hacerse efectiva la renuncia del Papa.
Y digo renuncia, que aunque lo clásico en este caso ha sido siempre que el primado de la Iglesia Católica aceptara el cargo hasta que la muerte nos separe, esta vez ha sido distinto.
Qué hay detrás de una renuncia de este calibre, no lo sé. Y no me negaréis, creyentes y no creyentes, que una renuncia así tiene cierto calibre. Y por esto, porque no quiero entrar en qué puede haber detrás, es por lo que recordaba que no soy mucho de hacer polémica salvo que me la sirvan en bandeja. Y no es éste el caso.
A lo que voy, dejando atrás posibles intrigas y tejemanejes de la curia, es a que este suceso, esta decisión del pontífice, desde que la conocí, me ha hecho pensar.
Pensar en que, de buenos o de malos, de blancos o azules, de unos u otros, esta figura es la de un líder mundial. Y renuncia.
Que en el mundo en que se mueve, que este hombre diga que no puede afrontar el trabajo que le espera es inusual. Y renuncia.
Que en esta historia que nos toca vivir, no es corriente que un personaje de la vida pública admita que ha sentido la debilidad. Y él, renuncia.

Y esto pensaba. Que aun cuando podamos tener discrepancias creyentes y no creyentes, hay una cosa que para mi salta a la vista por encima de otras cuestiones. Que nos parece todo este tema muy digno, muy ejemplarizante, venerable, porque no estamos acostumbrados a que suceda. No hay presidentes de la república, ministros, políticos, grandes empresarios, lideres, en definitiva, de unas u otras tintas, que decidan echarse a un lado porque creen que ya no pueden más. Que otro lo puede continuar con más fuerza.
No creo que el ahora Papa emérito sea perfecto. No lo creo, no porque esté en desacuerdo con él sino porque es persona, como todos. Pero sí creo que es una decisión perfecta la que ha tomado; Dejar sentir la humanidad en su ser y contárselo a los demás. No aferrarse a lo que uno ya no puede sostener con sus manos. Mostrar con o sin miedo dentro de uno que en efecto uno es más pequeño de lo que la lupa de los medios hace creer. Y esto es como pisar tierra sagrada.

viernes, 22 de febrero de 2013

Me cambio de Coca - Cola (Visite nuestro bar III)

Madrid. Última década del pasado siglo. Estamos junto a la barra de un bar–restaurante cualquiera. Hemos entrado ahí, como cada mañana, a tomarnos un bocadillo de lomo y queso y una caña. Todo está en orden. Junto a la entrada la máquina tragaperras, sin nadie que la atienda, emite musiquitas de vez en cuando. Sobre ella un televisor bien grande da el programa de salud de todas las mañanas. Son las once o las doce. Algunos de los habituales en la barra o en las mesas. Los desayunos hace rato que terminaron y los camareros se afanan en recoger antes de que llegue la gente que hace un descanso, como tú que has entrado a tomarte tu bocata. Y a prepararlo todo para el menú del día. 
Pero la puerta se abre. Entra un señor. Vestido con pantalón azul oscuro con sus brillos. Chaqueta también azul muy oscuro y en el bolsillo bordado el logo de una famosísima marca de refrescos de cola. Ha llegado el preventa. Ese hombre que recorre todos los bares de su zona, día tras día, y anota en su libreta lo que al día siguiente se convertirá en una columna de cajas de refrescos en tu almacén. 
Pero hoy no va a ser el día de suerte del hombre de los brillos. Porque detrás de la barra el ambiente está que echa humo. La semana anterior se había cometido un error en el pedido y los almacenes del bar–restaurante están bajo mínimos. Además el repartidor dijo que no se iba, aunque el pedido estaba mal, mientras no cobrara. Y uno que tira, y otro que afloja. Y había transcurrido la semana y de nuevo llega el preventa, con refrescantes intenciones y nada más entrar y acercarse a la barra aparece una mujer detrás –la cocinera- que le dice que no se qué, que no se cuánto y que a que vienen esas exigencias y por fin, para entretenimiento de los parroquianos allí concurridos, suelta la frase que da título a esta entrada. ¡Me cambio de Coca – Cola! 

Qué pensó el preventa, no lo sé. Aunque puedo imaginarlo. Pero aquí no se dicen palabrotas. Qué pensaron los clientes, lo ignoro. Pero el caso es que el tema daba de sí para comentarlo dos días más. Pero lo que tu piensas, ahí, tan cerca de la tragedia y con tu lomoqueso entre las manos, es si has oído bien o no. 

Señora, qué quiere que le diga -dice el antedicho preventa- yo no puedo hacer nada, pero usted verá... 

Hay nervios e improperios que no salen de los labios. Hay miradas. Hay silencio entre las mesas donde hasta hace un momento se hacían conversaciones. Cejas arqueadas, manos sudorosas. Se discute, se sofocan. Se escucha al doctor Sanchez-Ocaña dar consejos por la tele. Y al final el preventa se va. El caso es que se va. La cocinera vuelve a su cocina. Y tu, que arrugas la servilleta después de haberle dado el último mordisco a tu bocata, lo has visto todo. E ibas a pagar pero te esperas, no vaya a ser que te pierdas algo. 

Por fin, cuando las aguas han vuelto a su cauce y la vida sigue tras el espectaculito, una cabeza tímida y temblona se asoma por la puerta del pasa a la cocina. Es el camarero el que se asoma y le dice a la cocinera, aún sin aire; 

Pero mujer, como le dices eso. ¿No ves que no hay más tu tía que seguir con estos? ¿Que no hay otra Coca-Cola? 

¿Cómo que no hay otra Coca-Cola? 

Que no la hay, como lo oyes.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Algo que decir

Cuando empecé a andar por este mundo que no existe más que en las placas base de unos ordenadores que no sé dónde estarán, Cuando empecé este blog, lo hice con mucho temor. 

Temor por cada palabra que escribo cada vez que escribo. Temor a hacer daño a alguien con mis palabras y temor a faltar a la verdad. Aunque sobre verdades está el mundo lleno. Temor también a no cuidar la libertad de expresión que debemos compartir. 

Haciendo un paréntesis, visto lo visto, al ponerle apellidos a la libertad (de expresión, en este caso) parece ser que diluye el significado de la primera palabra; Libertad. Y yo crecí aprendiendo que mi libertad acaba donde empieza la del otro. Parece que a la hora de escribir y publicar en general, eso no hace falta tenerlo en cuenta. 

Pues bien. Hablaba yo del temor a fallar en cada palabra que escribo por estos lares. Que el mundo está lleno de personitas que lo querrán leer y he de tener mucho cuidado. 

Y confieso que si, que en este 2020 mio escribo lo que se me pasa por la cabeza o por el corazón, según se tercie y en gran medida puede que no le interese a nadie más que a mi. Que si, que no tengo más objetivo con este lugar que hacerlo por placer y por aprendizaje. 


El caso es que más allá de este objetivo utilitario que acabo de mencionar, lo comencé y lo hago porque creo que tengo algo que decir. En realidad, como cualquier hijo de vecino que se mire un poco las entrañas y le pique el gusanillo. Y yo, que pisaba las teclas de mi ordenador como si fueran tierra sagrada al formar palabras, frases, entradas en este blog, me encuentro con que, sin embargo, la prudencia puede muy bien brillar por su ausencia en cualquier rincón. 

Que igual que al parecer está permitido desbarrar ortográfica y gramaticalmente en toda comunicación que sea tecleada, hemos dado un paso más. Ahora también está permitido cometer todo tipo de faltas de prudencia, juicio y belleza, al hacer un blog, una página o tan sólo un miserable correo. 

No se si he sabido volcar en estas palabras mi tristeza y mi enfado al encontrar cosas así una vez más. Pero para no dejaros también enfurruñados y por no citar esos lugares que he encontrado (por indicación de algún amigo o por un correo en mi buzón) y que me parece que no son ni prudentes, ni respetuosos, ni bellos, si quiero invitaros a otros lugares que me parecen dignos de ser visitados, al menos de vez en cuando. 

Y por último una invitación. Quien sienta que tiene algo que decir, que sepa que no lo puede decir de cualquier manera ni en nombre de cualquiera. Por amor al Arte.

domingo, 6 de mayo de 2012

Mondo y lirondo


Si lo curioso de todo esto es que no es una fábula, un cuento. Es que es algo que existe en la vasta planicie castellana. Existe. Un pueblo arrinconado entre las arrugas de la vejez de esa planicie. Pero a decir verdad el rincón es bonito. Debe ser esa imperfección que aporta belleza al conjunto o algo así. Que todo podía ser liso, cuadrado y de un solo color. Así sería perfecto pero no sé yo dónde estaría la belleza.

El caso es que por entre uno de esos dobleces de la vida estaba este pueblo. Minúsculo pueblo respirando difícilmente como un pececito cuando lo sacas de la pecera. Que sabes que es sólo un momento y lo vas a volver a meter pero el pobre pez respira intentando encontrar oxígeno en el aire de su alrededor, que lo hay pero no con lo burbujeante del agua. Bueno dejemos al pez. El pueblo así, como sin poder respirar bien, porque casi no hay quien se quede dentro de casa a las cuatro de la tarde. Por aquello de la solanera. Ni dentro ni fuera. Es que no hay nadie. Casi. Es como un hormiguero vacío. Como una casa cuando todos se han ido de vacaciones a la playa.

Pero aun quedan personajes. Que se diría que es como una representación teatral. Que nos hemos quedado sin presupuesto y hay que recortar un poquito el reparto. Eliminar personajes de la obra y que alguien haga de padre del duque y también de guardia del rey, de esos que no dicen nada en la obra pero que se llevan arrestado al hijo del pobre sastre que desea conquistar el corazón de la hija del duque; Rosalinda.

Pero dejemos el teatro. Aun hay vida en el pueblo. Y como tal es tan viva como cuando cientos de almas lo poblaban. Ahora, la verdad, cientos de almas lo pueblan. Pero imitan esa fea costumbre de las grandes ciudades y se han hacinado todas en el mismo lugar. El cementerio.

Y los que han decidido esperar para mudarse allí, son los que dan vida hoy al pueblo. Son los que, si, a las cuatro de la tarde de julio ni se asoman por la plaza porque están en su salita de estar reposando un poquito. O son los que se lanzan hasta la umbría del bar y se encaraman en la barra junto a una cervecita, un vino, un Trinaranjus, unas aceitunas. Y que así siempre encuentras a alguien y puedes continuar con otra cervecita, otro vino, otras aceitunas. Y si el crío se ha venido, otro Trinaranjus.

Son también los que por la mañana, con la fresca, si el día promete y no hay ganas de lluvia, se van ahí-en-eso, a donde tengan sembrados unos pocos tomates, unas cebollas, unas patatas. Que también hay que mimar a los tomates, vigilar el tallo de las cebollas y remover alguna patatica. Que siempre hay hierbajos que arrancar. Estúpidos intrusos que entretienen y pinchan y confunden.

Repasemos. Está... ¿por dónde empezamos? Antaño estaban las autoridades del pueblo. Cura, Alcalde y Guardia Civil. Luego estaban otras autoridades, digamos culturales. El maestro de escuela, la maestra, el tonto del pueblo, el rico del pueblo, el sacristán. Seguimos con los cargos mas populares. La fresca del pueblo, los quintos, los ancianos, los mozos, los monaguillos. En algunos lugares habría que sumar ese extraño personaje que vive un poco fuera del pueblo y sobre el que pesa un castigo de marginación. 

¿Lo ves? Demasiados personajes. Hay que reducir un poco. Creo que este es un libreto antiguo. Una obra clásica de esas que no había quién las representara porque no habría quien las viera.

Bien, pues empecemos por arriba. Por arriba de este pueblo está el señor alcalde. El alcalde de este pueblo no es como los demás. No lleva tirantes, ni barriga ni puro gastado en la comisura de los labios. Tu ves a la gente del pueblo un día cualquiera, por ejemplo a la salida de misa y por más que hagas fotos, no puedes saber quién es el señor alcalde. Va de incógnito. Pero ha reconstruido de nuevo el Ayuntamiento. Luce ahora banderas, tablón de anuncios y de nuevo, por las calles, hay carteles que anuncian disposiciones del consistorio. Lo que pasa es que no hay pregonero pero bueno. Él es el pregonero. Digamos que, se ha empeñado en echar de nuevo el pececito al agua, a que respire aliviado otra vez. Digamos que hace de alcalde. Que se ha estudiado bien el papel.

Atiende los jueves. Y lo que más atiende son solicitudes de licencias de obras para casas de domingueros. Pero todo se andará.

Y tiene un firme empeño, aparte de resucitar al pueblo. Dejarlo todo mondo y lirondo. Por eso existe una concejalía especial, administrada por el concejal de Mondos. Si, si. Concejalía de Mondos, lirondos y caminos. Ardua tarea la suya. Devolver a la tierra su juventud. Hacerle un tratamiento antiedead, de esos que anuncian en la tele. Que todo quede liso, con lineas armoniosas. Que los árboles obedezcan al camino y lo custodien marcialmente. Que no dejen caer sus hojas al capricho del viento. ¡Y que el viento no tenga tantos caprichos! Que los arbustos no tengan afán ni ambición y ninguno quiera ser más alto que otro. Que las piedras, en su quietud, en su meditada dureza, no acampen por los baldíos a su antojo. Que entiendan de aritmética, de proporciones, de perspectiva. 

Que el agua corra, abunde si quiere. Pero que en su carrera no arrastre con falsas esperanzas a esos ilusos granitos de arena. A esas hojas secas, cansadas. A esos animalillos que dejaron de vivir a sus orillas.

En una palabra. Que todo esté mondo. Que así quede, se mantenga y prospere.
Más que la repoblación, el agua o la concentración, el concejal de mondos ha de velar por la integridad del paisaje. Por el equilibrio del ritmo de la naturaleza en el término municipal de su amada aldea...

viernes, 27 de abril de 2012

Último domingo de adviento de 1511; Isla de La Española


MONUMENTO A MONTESINOS. SANTO DOMINGO. DETALLE.
Allí subió al púlpito el más joven de su comunidad, el dominico Antonio, a leer el sermón del domingo. Acababa de proclamarse el evangelio. La Iglesia llena de fieles, Colón junior en las primeras filas. Otros encomendadores y autoridades de la colonia, allí presentes. Los dominicos, llegados apenas hacía un año, habían ya observado, rezado y meditado lo que desde aquel altar iban ahora a decir, para escándalo de los congregados.

Y Fray Antonio comenzó su exégesis del evangelio que acababan de escuchar; Voz que clama en el desierto, preparad el camino al Señor...

«Para os los dar a cognoscer me he sobido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto desta isla; y, por tanto, conviene que con atención, no cualquiera sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír». «Esta voz [os dice] que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué auctoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades [en] que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y cognozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado [en] que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo».

Dicho esto hubo toses, culos incómodos en sus asientos y malas pulgas por las telas de tan coloniales sayas.

Le estaban diciendo a todo un conde, al virrey, a un duque, a un sastre, a un algodonero, que esos animales que andaban por ahí extrayendo oro y otras menudencias tenían alma. Semejante disparate solo podía salir de la boca de un cura. Ya se sabe, los curas.

Habría que hablar con los muy católicos Ysabel y Fernando. Poner las cosas en su sitio y que los dominicos se fueran por donde habían venido.

Cómo continuó esta historia, podéis buscarlo en las crónicas de Fray Bartolomé y en los libros que hablan de la escuela de Salamanca. Afortunadamente los dominicos se quedaron en La Española.

Han pasado 501 años, que total no es nada, y aparecen por todas partes pollos que vuelven a decir cosas parecidas a las barbaridades que decían y hacían aquellos conquistadores. Que dudaban de si a un natural de las Antillas le dolía el píloro cuando no tenía que comer y había trabajado de más en la mina.

No tengo la autoridad que Fray Antonio Montesinos se ganó a base de exponer su vida para denunciar el sufrimiento de su vecino.

No la tengo, pero me da un poco de vergüenza vivir en una tierra que no es tierra de acogida. Vivir en una tierra no es tierra de fraternidad. Que ha hastiado todo lo que tenía a base de borracheras de poder. Y ahora que ya no le dan más crédito para el poder ni para las borracheras, ahora, le dan a la rueda de hacer Reales-decretos-leyes y detestan así a gente “irregular” sólo para menguar la cuenta de gastos, que se hace insoportable, después de haber malcriado a su población, con infinidad de deseos “convertidos” en derechos.

Tanto cansarse Fray Antonio y sus hermanos en la fe gritando que aquellos también tenían alma, para encontrarse que es aquí donde unos cuantos pollos gobernantes se empeñan en tener más plumas que alma, con tal de que nos quedemos como estábamos.

viernes, 28 de octubre de 2011

Tres cosas mascadas


TRES  COSAS   DISTINTAS   PERO   (PARA   MI)   CON CIERTA  RELACIÓN llevo mascando ayer y hoy y aquí estoy para compartirlas.

Una es una noticia leída. Es el periódico que es porque es el que llega a mi centro de trabajo. No me importa qué tipo de noticiario sea en esta ocasión. Pero ¡o felicidad! una tubería en África ha sido reparada diligentemente a pesar de los problemas de seguridad que había por la zona. Tal vez nos imaginemos qué transporta esa tubería, en una tierra tan devastada por la sequía.

Hoy, cuando escribo esto, hace sólo 8 días que uno coloquialmente conocido como Gadafi nos ha dejado. O más bien le hemos invitado amablemente a que nos dejara. Y en tan solo ocho días, la tubería dañada por la guerra en Libia ha sido reparada y de nuevo puede apagar su sed la refinería de Az Zawiyah. ¡Menos mal! porque esto no había quien lo soportara. Eso al menos debía pensar o decir algún consejero delegado de Repsol-YPF, en el madrileño paseo de la Castellana o vete tu a saber dónde, mientras le era servido un frío botellín de Solán de Cabras.

Esto me lleva recordar que si cierto proyectil dañó la tubería (o cierta granada o cierto todoterreno desbocado) era porque estaba Libia revuelta entera por que se había perdido por debajo de la mesa-camilla un dictador y estaban tras de él con la escoba. Ya le han dado el escobazo. Y como hay licencia, [¡Qué desagradables las imágenes de las noticias sobre esto! ¿no? ¡Qué poca sensibilidad! ¿verdad?] pues a otra cosa mariposa.

Y me venía todo este asunto a la cabeza al leer un artículo de Larra. Un reo de muerte, se titula. Podéis imaginar de qué está hablando. Y hay una frase que viajaba desde su tiempo [1835] al mio; “No quiero entrar en la cuestión tan debatida del derecho que puede tener la sociedad de mutilarse a sí propia.” Porque al llegar la frase a mis ojos, venía a mi memoria este suceso Libio, por lo reciente y, perdonad, por lo sangrante del caso. Pero venían con él las continuas ocasiones que decidimos extirpar de nuestro “cuerpo” todas las imperfecciones porque nos molestan. Nuestro cuerpo que es la sociedad y nuestras molestias que solucionamos con varios ingenios. Está, por ejemplo, la pena de muerte en sus múltiples y curiosas variantes. Está cualquier acto acabado en -cidio. Está también el hacer esto mismo en un quirófano y a un enano que no ha dicho aún esta boca es mía. Y el hilo conductor de esta extirpación de cosas molestas y otras muchas a mi me parece que es la indiferencia.

También pensé en esta palabra, In-di-fe-ren-cia, al visitar, por recomendación de un hermano mío, el blog de una iniciativa, como tantas otras afortunadamente, muy interesante. El iniciador de esta iniciativa había sido conmovido por las cosas que pasan en su mundo y se había dicho ¿aquí me voy a quedar sentado? Y en la fundamentación que escribe en ese blog sobre sus por qué, dice que quien tiene oportunidad de ayudar y no lo hace no tiene perdón.

Así, a primera vista al leer esto dije “oye muchacho, y tu qué sabes de los demás”. Era una forma muy poco “correcta” de hablar. Pero en seguida me dije “este tio tiene razón” no podemos perdonar la In-di-fe-ren-cia.

viernes, 3 de junio de 2011

Visite nuestro bar

¿Han estado alguna vez al otro lado de la barra de un bar?
¿Han trabajado como camareros (digo con nómina)? (hay algunos cocineros con mala uva que les llaman transportistas) ¿han estado metidos hasta las cejas en la fiesta de su facultad? ¿han colaborado en el descanso del Cine Forum de su parroquia? ¿han estado situando la manguera de cerveza frente a las bocas sedientas de las fiestas de su pueblo? ¿han tenido que hacerse invisibles en una importante comida de estado? ¿han recorrido kilómetros dentro del chiringuito de la playa de ese verano memorable? ¿han servido unas bravas con una mano mientras con la otra sujetan el cigarrillo (mejor si es Ducados) que necesita desesperadamente unos golpecitos en el cenicero? ¿Han atendido a la llamada de unas palmas?
Entonces... sí, han estado alguna vez al otro lado de la barra. Y si es así sabrán que la linea imaginaria que divide los dos estados -el de cliente y el de servidor de ustedes- es como el espejo de Alicia; al otro lado hay un mundo maravilloso.
Para el cliente, ese que disfruta apoyándose sobre la piedra, la madera o el acero del mostrador, mientras refresca el gaznate, caza aceitunas con un mondadientes o se mantiene firme ante la venerada presencia de su Larios con tónica, para ese, hay tras la barra sirvientes o servidores de muy distintos colores.
Pero se han preguntado alguna vez ¿cómo ve un camarero a los clientes? ¿Cómo distingue entre el servilletero y el rodal de una cerveza a la que le llegó tarde el posa vasos, qué manos sujetan el vaso que da la alegría a su dueño? ¿Sabe el parroquiano de la tertulia del dominó de los domingos que al otro lado del burladero al que se acerca a por su café con gotas (de Magno) existe un ser que le vigila?
Si, dentro de cada barra hay un ser -al menos uno- que permanece al acecho. Ustedes pueden verle siempre dispuesto, servicial, amable y sonriente. Es una persona que escucha, que sabe lo que ustedes quieren, que entiende a quien tiene enfrente.
Y por supuesto que todas estas cualidades están presentes, más o menos, en la mayoría de los seres que pueblan el territorio del otro lado de la barra.
Pero además de todo esto está presente una disciplinada voluntad de clasificar a todo bicho viviente que se acerca al mostrador siquiera a por un humilde vaso de agua.
Sí, el ser de detrás de la barra, bajo su chaleco, tras su pajarita, detrás de la penúltima botella, oculta en un ladito de la cafetera, disimulada entre las copas, tiene, en algún recóndito lugar, del bar o de su mente, una lista de perfiles de clientes. Una catálogo de especímenes, un vademécum de comportamientos de parroquianos, un álbum de las imágenes más recordadas de esas horas de trabajo, una biblioteca de historias de personas.
Ahora vuelvo a hacerles la misma pregunta que al principio; ¿Han estado alguna vez al otro lado de la barra de un bar?
Si no han estado “al otro lado” el tiempo suficiente y con la mirada adecuada, entonces es inútil que hurguen entre sus pertenencias, que hagan uso de un bastoncillo para los oídos o que tomen pastillas para la memoria. Sepan que NO darán nunca con ese material que custodian los camareros.
Mas por azares de la vida, eme aquí que yo, ávido aventurero, he conseguido recopilar un sinfin de tipos de gente de de esos que habitan “a este lado de la barra”. No, no de los que tiran cerveza sino de los que se la beben. No de los que fríen la panceta sino de los que llenan su panza; tipos de clientes.
Y haciendo uso de mis facultades y de mi blog, aquí pienso compartir ese material con ustedes.
Próximamente conocerán el número uno de la clasificación. Es una especie muy común en la península Ibérica. El nombre vulgar con el que se conoce es: “¿Por qué dices tengo prisa cuando quieres decir tengo hambre?
Nos vemos en los bares.