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sábado, 2 de febrero de 2013

Alto jornal

Así se titula el poema que he recordado cuando volvía hoy de trabajar. Hecho un guiñapo y disfrazado de loncha de panceta, incluso así, era capaz de pensar en cosas bellas.

Así que como al llegar a casa lo he releído quería compartirlo con ustedes.
Hoy, precisamente viernes.

Dichoso el que un buen día sale humilde
y se va por la calle, como tantos
días más de su vida, y no lo espera
y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto
y ve, pone el oído al mundo y oye,
anda, y siente subirle entre los pasos
el amor de la tierra, y sigue, y abre
su taller verdadero, y en sus manos
brilla limpio su oficio, y nos lo entrega
de corazón porque ama, y va al trabajo
temblando como un niño que comulga
mas sin caber en el pellejo, y cuando
se ha dado cuenta al fin de lo sencillo
que ha sido todo, ya el jornal ganado,
vuelve a su casa alegre y siente que alguien
empuña su aldabón, y no es en vano.

Claudio Rodríguez

sábado, 3 de noviembre de 2012

Algo que decir

Cuando empecé a andar por este mundo que no existe más que en las placas base de unos ordenadores que no sé dónde estarán, Cuando empecé este blog, lo hice con mucho temor. 

Temor por cada palabra que escribo cada vez que escribo. Temor a hacer daño a alguien con mis palabras y temor a faltar a la verdad. Aunque sobre verdades está el mundo lleno. Temor también a no cuidar la libertad de expresión que debemos compartir. 

Haciendo un paréntesis, visto lo visto, al ponerle apellidos a la libertad (de expresión, en este caso) parece ser que diluye el significado de la primera palabra; Libertad. Y yo crecí aprendiendo que mi libertad acaba donde empieza la del otro. Parece que a la hora de escribir y publicar en general, eso no hace falta tenerlo en cuenta. 

Pues bien. Hablaba yo del temor a fallar en cada palabra que escribo por estos lares. Que el mundo está lleno de personitas que lo querrán leer y he de tener mucho cuidado. 

Y confieso que si, que en este 2020 mio escribo lo que se me pasa por la cabeza o por el corazón, según se tercie y en gran medida puede que no le interese a nadie más que a mi. Que si, que no tengo más objetivo con este lugar que hacerlo por placer y por aprendizaje. 


El caso es que más allá de este objetivo utilitario que acabo de mencionar, lo comencé y lo hago porque creo que tengo algo que decir. En realidad, como cualquier hijo de vecino que se mire un poco las entrañas y le pique el gusanillo. Y yo, que pisaba las teclas de mi ordenador como si fueran tierra sagrada al formar palabras, frases, entradas en este blog, me encuentro con que, sin embargo, la prudencia puede muy bien brillar por su ausencia en cualquier rincón. 

Que igual que al parecer está permitido desbarrar ortográfica y gramaticalmente en toda comunicación que sea tecleada, hemos dado un paso más. Ahora también está permitido cometer todo tipo de faltas de prudencia, juicio y belleza, al hacer un blog, una página o tan sólo un miserable correo. 

No se si he sabido volcar en estas palabras mi tristeza y mi enfado al encontrar cosas así una vez más. Pero para no dejaros también enfurruñados y por no citar esos lugares que he encontrado (por indicación de algún amigo o por un correo en mi buzón) y que me parece que no son ni prudentes, ni respetuosos, ni bellos, si quiero invitaros a otros lugares que me parecen dignos de ser visitados, al menos de vez en cuando. 

Y por último una invitación. Quien sienta que tiene algo que decir, que sepa que no lo puede decir de cualquier manera ni en nombre de cualquiera. Por amor al Arte.

viernes, 23 de septiembre de 2011

El coleccionista de atardeceres


"Habrá que demoler barreras,
crear nuevas maneras
y alzar otra verdad.
Desempolvar viejas creencias
que hablaban en esencia
sobre la simplicidad.
Darles a nuestros hijos,
el credo y el hechizo
del alba y el rescoldo
en el hogar.
Y si aún nos queda algo de tiempo,
poner la cara al viento
y aventurarnos a soñar”.
                   -Joan Baptista Humet, Hay que vivir

Y si aún nos queda algo de tiempo contemplar.
Al borde del pueblo que frecuento -que no es mi pueblo, pero ya soy casi suyo- hay un lugar especial para contemplar. Desde allí; desde la parte de atrás de la cocina en la que a veces sudo de tanto cocinar, contemplo a ciertas horas como el sol desaparece. Y tras su desaparición, como pinta, como enciende las puntas de las espigas, como violetea la pradera y los pinos. Con nubes, sin nubes. Con tormenta, con tan solo cielo. Con viento, con calma. El atardecer se puede coleccionar como los cromos. Mirar ese atardecer, hacerlo desde el principio hasta el fin o en un goteo de momentos robados a otro quehacer, es como cuando un niño rasga un nuevo sobre de cromos. Abre los ojos dispuesto a dejarse sorprender por la sorpresa.
Pero un sobre de cromos, se nos pasa con la edad. Es previsible, es pequeño, es corto y cuadrado, es papel con tinta y nada más.
Al atardecer nuestros ojos ponen a prueba nuestra capacidad de distinguir. De contemplar algo que cambia cada segundo pero que sigue un hilo continuo de continua belleza.
Al rasgar cada atardecer el cuerpo se nos llena de infinito que hay que mirar, tocar, oler. Al mirar el detalle de cada atardecer que visitamos entendemos que siempre va a haber más. Que podemos salir por la misma puerta de atrás día tras día, porque siempre habrá un nuevo infinito que contemplar.
Y parece una tontería, una simple pradera más bien yerma, al fondo unos pinos, algún roble y el cielo con algunas nubes rojizas. Pero al volver a entrar se mira de otra forma a lo pequeño y a veces pesado de nuestra vida.
Por eso un día le dije a alguno de mis hermanos “yo colecciono atardeceres”.

viernes, 3 de junio de 2011

Visite nuestro bar

¿Han estado alguna vez al otro lado de la barra de un bar?
¿Han trabajado como camareros (digo con nómina)? (hay algunos cocineros con mala uva que les llaman transportistas) ¿han estado metidos hasta las cejas en la fiesta de su facultad? ¿han colaborado en el descanso del Cine Forum de su parroquia? ¿han estado situando la manguera de cerveza frente a las bocas sedientas de las fiestas de su pueblo? ¿han tenido que hacerse invisibles en una importante comida de estado? ¿han recorrido kilómetros dentro del chiringuito de la playa de ese verano memorable? ¿han servido unas bravas con una mano mientras con la otra sujetan el cigarrillo (mejor si es Ducados) que necesita desesperadamente unos golpecitos en el cenicero? ¿Han atendido a la llamada de unas palmas?
Entonces... sí, han estado alguna vez al otro lado de la barra. Y si es así sabrán que la linea imaginaria que divide los dos estados -el de cliente y el de servidor de ustedes- es como el espejo de Alicia; al otro lado hay un mundo maravilloso.
Para el cliente, ese que disfruta apoyándose sobre la piedra, la madera o el acero del mostrador, mientras refresca el gaznate, caza aceitunas con un mondadientes o se mantiene firme ante la venerada presencia de su Larios con tónica, para ese, hay tras la barra sirvientes o servidores de muy distintos colores.
Pero se han preguntado alguna vez ¿cómo ve un camarero a los clientes? ¿Cómo distingue entre el servilletero y el rodal de una cerveza a la que le llegó tarde el posa vasos, qué manos sujetan el vaso que da la alegría a su dueño? ¿Sabe el parroquiano de la tertulia del dominó de los domingos que al otro lado del burladero al que se acerca a por su café con gotas (de Magno) existe un ser que le vigila?
Si, dentro de cada barra hay un ser -al menos uno- que permanece al acecho. Ustedes pueden verle siempre dispuesto, servicial, amable y sonriente. Es una persona que escucha, que sabe lo que ustedes quieren, que entiende a quien tiene enfrente.
Y por supuesto que todas estas cualidades están presentes, más o menos, en la mayoría de los seres que pueblan el territorio del otro lado de la barra.
Pero además de todo esto está presente una disciplinada voluntad de clasificar a todo bicho viviente que se acerca al mostrador siquiera a por un humilde vaso de agua.
Sí, el ser de detrás de la barra, bajo su chaleco, tras su pajarita, detrás de la penúltima botella, oculta en un ladito de la cafetera, disimulada entre las copas, tiene, en algún recóndito lugar, del bar o de su mente, una lista de perfiles de clientes. Una catálogo de especímenes, un vademécum de comportamientos de parroquianos, un álbum de las imágenes más recordadas de esas horas de trabajo, una biblioteca de historias de personas.
Ahora vuelvo a hacerles la misma pregunta que al principio; ¿Han estado alguna vez al otro lado de la barra de un bar?
Si no han estado “al otro lado” el tiempo suficiente y con la mirada adecuada, entonces es inútil que hurguen entre sus pertenencias, que hagan uso de un bastoncillo para los oídos o que tomen pastillas para la memoria. Sepan que NO darán nunca con ese material que custodian los camareros.
Mas por azares de la vida, eme aquí que yo, ávido aventurero, he conseguido recopilar un sinfin de tipos de gente de de esos que habitan “a este lado de la barra”. No, no de los que tiran cerveza sino de los que se la beben. No de los que fríen la panceta sino de los que llenan su panza; tipos de clientes.
Y haciendo uso de mis facultades y de mi blog, aquí pienso compartir ese material con ustedes.
Próximamente conocerán el número uno de la clasificación. Es una especie muy común en la península Ibérica. El nombre vulgar con el que se conoce es: “¿Por qué dices tengo prisa cuando quieres decir tengo hambre?
Nos vemos en los bares.