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miércoles, 9 de octubre de 2013
Extraños en un bar (Visite nuestro bar IV)
Suena la campanilla de la puerta, aparece tras ella un hombre con gabardina y bigote. Y yo que hoy me he levantado risueño y espabilado, le sonrío cuando se acerca al mostrador y le digo ¡buenos días! y él me devuelve el saludo. O eso creo. Solo dice un-café-con-leche. Y como mi angelical ¡buenos días! se ha mezclado con su café con leche, pues pone peor cara aún y me repite un-café-con-leche. Así, ya estamos. Saludados todos, no hay más que hablar.
jueves, 22 de agosto de 2013
Toda tierra es sagrada
“Toda tierra es sagrada si en ella descansa el cuerpo de un alma noble y bella”
Este es el epitafio de una de las lápidas que he visitado esta mañana. La casualidad, o no, ha querido que en mi paseo matutino con mi primogénito anduviésemos por la avenida de Daroca (en Madrid, España) y de pronto me encontrara entre los muros de un cementerio y otro; El cementerio del Este conocido popularmente como de la Almudena, y un apartadito de este mismo que se construyó para quienes no profesaban por aquél entonces el credo católico.
El caso es que adentrándome entre los singulares personajes que allí habitan y viendo nombres y recuerdos, fechas y esculturas, unas cuantas cosas me han llamado la atención. Una de esas cosas casi me hace titular esta entrada con desalentadoras palabras, algo así como “El cementerio del resentimiento”.
Y es que en el recoleto mausoleo que nuestro presidente Francisco Pi y Margall adquirió allá a principios de siglo XX, después de bellas palabras que glosaban todos sus quehaceres en vida, la piedra estaba rematada por unas palabras de lo más cenizas;
“¡España no habría perdido su imperio colonial de haber seguido sus consejos!”
Yo no sé si él mismo encargó al marmolista estas palabras. Si lo hizo su afligida esposa o sus afligidos diputados. Y tampoco digo que no fuera cierto el aviso. Pero yo lo he visto hoy ciento doce años después y pienso que, bueno, que el estupendo imperio colonial que teníamos, pues verás, que... antes o después... Vamos que hoy en día no tiene colonias, así grosso modo más que Francia, Inglaterra y los EEUU, y para no dejar de ser más chulos que un ocho, no por otra cosa.
Pero que no quiero hablar de las colonias. Que lo que quiero decir es que bueno, que digo yo que ya está la eternidad para poner las cosas en su sitio ¿no?
Por eso al final he querido titular esta entrada como lo he hecho. Y es una lástima que no haya sacado una instantánea. Que aquí en vida le ponemos nombre, etiqueta, categoría, frontera, departamento, muros, clasificación, … a todo bicho viviente y sin embargo al final, y cuando digo al final me refiero al final del todo, toda tierra es sagrada si en ella descansa el cuerpo de un alma noble y bella y no hay más que hablar.
Este es el epitafio de una de las lápidas que he visitado esta mañana. La casualidad, o no, ha querido que en mi paseo matutino con mi primogénito anduviésemos por la avenida de Daroca (en Madrid, España) y de pronto me encontrara entre los muros de un cementerio y otro; El cementerio del Este conocido popularmente como de la Almudena, y un apartadito de este mismo que se construyó para quienes no profesaban por aquél entonces el credo católico.
El caso es que adentrándome entre los singulares personajes que allí habitan y viendo nombres y recuerdos, fechas y esculturas, unas cuantas cosas me han llamado la atención. Una de esas cosas casi me hace titular esta entrada con desalentadoras palabras, algo así como “El cementerio del resentimiento”.
Y es que en el recoleto mausoleo que nuestro presidente Francisco Pi y Margall adquirió allá a principios de siglo XX, después de bellas palabras que glosaban todos sus quehaceres en vida, la piedra estaba rematada por unas palabras de lo más cenizas;
“¡España no habría perdido su imperio colonial de haber seguido sus consejos!”
Yo no sé si él mismo encargó al marmolista estas palabras. Si lo hizo su afligida esposa o sus afligidos diputados. Y tampoco digo que no fuera cierto el aviso. Pero yo lo he visto hoy ciento doce años después y pienso que, bueno, que el estupendo imperio colonial que teníamos, pues verás, que... antes o después... Vamos que hoy en día no tiene colonias, así grosso modo más que Francia, Inglaterra y los EEUU, y para no dejar de ser más chulos que un ocho, no por otra cosa.
Pero que no quiero hablar de las colonias. Que lo que quiero decir es que bueno, que digo yo que ya está la eternidad para poner las cosas en su sitio ¿no?
Por eso al final he querido titular esta entrada como lo he hecho. Y es una lástima que no haya sacado una instantánea. Que aquí en vida le ponemos nombre, etiqueta, categoría, frontera, departamento, muros, clasificación, … a todo bicho viviente y sin embargo al final, y cuando digo al final me refiero al final del todo, toda tierra es sagrada si en ella descansa el cuerpo de un alma noble y bella y no hay más que hablar.
lunes, 4 de marzo de 2013
Y renuncia
No voy a zambullirme en exceso en polémicas. Vamos, que ya meto un poco las piernecitas en ellas. Pero tal vez no quiero más mojarme, por ahora. El caso es que ésta mañana he oído algo que me ha hecho pensar.
Ya saben ustedes que desde el pasado día veintiocho en todo el orbe de la cristiandad estamos como huérfanos después de hacerse efectiva la renuncia del Papa.
Y digo renuncia, que aunque lo clásico en este caso ha sido siempre que el primado de la Iglesia Católica aceptara el cargo hasta que la muerte nos separe, esta vez ha sido distinto.
Qué hay detrás de una renuncia de este calibre, no lo sé. Y no me negaréis, creyentes y no creyentes, que una renuncia así tiene cierto calibre. Y por esto, porque no quiero entrar en qué puede haber detrás, es por lo que recordaba que no soy mucho de hacer polémica salvo que me la sirvan en bandeja. Y no es éste el caso.
A lo que voy, dejando atrás posibles intrigas y tejemanejes de la curia, es a que este suceso, esta decisión del pontífice, desde que la conocí, me ha hecho pensar.
Pensar en que, de buenos o de malos, de blancos o azules, de unos u otros, esta figura es la de un líder mundial. Y renuncia.
Que en el mundo en que se mueve, que este hombre diga que no puede afrontar el trabajo que le espera es inusual. Y renuncia.
Que en esta historia que nos toca vivir, no es corriente que un personaje de la vida pública admita que ha sentido la debilidad. Y él, renuncia.
Y esto pensaba. Que aun cuando podamos tener discrepancias creyentes y no creyentes, hay una cosa que para mi salta a la vista por encima de otras cuestiones. Que nos parece todo este tema muy digno, muy ejemplarizante, venerable, porque no estamos acostumbrados a que suceda. No hay presidentes de la república, ministros, políticos, grandes empresarios, lideres, en definitiva, de unas u otras tintas, que decidan echarse a un lado porque creen que ya no pueden más. Que otro lo puede continuar con más fuerza.
No creo que el ahora Papa emérito sea perfecto. No lo creo, no porque esté en desacuerdo con él sino porque es persona, como todos. Pero sí creo que es una decisión perfecta la que ha tomado; Dejar sentir la humanidad en su ser y contárselo a los demás. No aferrarse a lo que uno ya no puede sostener con sus manos. Mostrar con o sin miedo dentro de uno que en efecto uno es más pequeño de lo que la lupa de los medios hace creer. Y esto es como pisar tierra sagrada.
jueves, 27 de diciembre de 2012
En la frontera
Hace unos días vi, como por casualidad, un dibujo. Era un graffitti, creo. Era un dibujo, fuera cual fuera la técnica, impactante; La escena es nocturna y a la luz de la estrella se dibuja un desierto. A un lado están José y María -aún encinta- y aunque están representados de camino hacia el fondo del dibujo, se observa que están detenidos, no parados. Al fondo la estrella brilla sobre Belén. En el centro se alza un muro de hormigón. El de la franja de Gaza.
Qué está pasando allí, no lo sé. ¿Es muy diferente la violencia que se respira allí de la que encontró Jesús en su tiempo? Tampoco lo sé.
No tengo la menor idea de lo que pasa entre Judíos y Palestinos. Porque no estoy allí para sufrirlo. Pero me resulta fácil, sin embargo, hacer un juicio de unos o de otros, según se tercie, en una u otra conversación de barra de bar.
Y me resultaba también sencillo imaginar lo inhabitable que tiene que ser aquella tierra, con fronteras tan violentas. Tan duras.
Después mi imaginación voló de nuevo aquí, a tierras hispanas. ¡Qué diferencia, chico! Aquí las fronteras están casi, casi de adorno. En los pirineos un gendarme y un guardia civil jugando al tute y en el sur el Frontex, haciendo de las suyas para que no llegue nadie “ilegal” -con este eufemismo nombran a quienes estorban a esta agencia- .
Y me preguntaba, por qué aquí, que parece que todo está casi en calma, parece que también hubiera de esas fronteritas hormigoneras.
Y me respondía. Vaya si me respondía. Me respondía andando por la calle. Sin ir muy lejos. En una charla con amigos. En un café de lunes. En las letras del periódico. ¡Ya encontré nuestras fronteras!
Muy poca gente atravesaba esas fronteras, me pareció ver. Cada uno andaba dentro de su reino; el de sus iguales. Y nada más. ¿Sentarme con un ateo? ¡tu estás loco! ¿escuchar a uno del Madrid? ¡Ni lo sueñes! ¿hablar a uno del sindicato? ¡Venga hombre, no voy a perder yo el tiempo!
Y sin embargo, la intuición y algo más me dice que sólo quien se sienta al borde, quién sale de su madriguera y escucha la respiración de otras gentes, puede llegar a saber qué lugar ocupa su ombligo en el mundo.
¡Feliz Navidad!
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viernes, 30 de marzo de 2012
Un viaje contra el tiempo
Era verano. El penúltimo verano del siglo. Recuerdo que debía haber comenzado ya agosto cuando el motor Diesel de la que esos días sería nuestro coche-cama, arrancó rompiendo el silencio de una mañana de inmediato calurosa en la sierra Segoviana.
Cinco expedicionarios componían el grupo. Objetivo; alcanzar la linea 0 de un acontecimiento que la hemeroteca conserva para las generaciones venideras. El Eclipse total de Sol del 11 de agosto de 1999.
Por qué el camino nos condujo hasta Santiago, eso no lo recuerdo bien. Pero era año santo y tal vez eso nos atrajo hasta el “campo de estrellas” antes de emprender viaje hasta más allá de la ciudad de París. La linea 0 cruzaba de sureste a noroeste Europa y la ciudad de Reims estaba justo enclavada en esa linea.
Como cita la wiki “La zona de penumbra fue desde el Este americano hasta Asia central, la banda de sombra total, se vio sobre las 11 h UTC en Terra Nova, Cornualles, el Condado de Devon, el norte de Francia, el sur de Bélgica, Luxemburgo, el sur de Alemania, Austria, Hungría, el norte de Serbia, Bulgaria, el Mar Negro, Turquía, Irán, el sur de Pakistán, India hasta el Golfo de Bengala.”
Así, la costa cantábrica nos vio remontar el Camino de Santiago, sintiendo la extraña sensación de despreciar el cansancio de los miles de peregrinos a los que saludábamos desde la ventanilla. Pasando la noche en el alto del Naranço (quiénes lo conozcan sabrán lo enojoso del asunto) Despertando el día en medio de un mercadillo o descubriendo la playa de Zumaia.
Y llegamos a la frontera. En San Sebastián, justo antes de cruzar la linea, uno de nosotros terminó su viaje y volvió al centro de la península. Solo los años le dirían que los exámenes de septiembre no son razón suficiente para dejar a medias un viaje contra el tiempo...
E igualmente contra el tiempo cruzamos tierras galas hasta llegar al departamento de Ille de France. Llegar, ojear un poco esa ciudad a la que llaman París y continuar camino hasta perdernos en una lengua extraña entonces para nosotros. Un idioma que a nuestro entender se merendaba la mitad de las letras de cada palabra y a las que no se comía les daba de comer patatas cocidas o algo así y entonces se ponían gordas.
Algo impronunciable se escondía detrás de la sencilla palabra que nombra a la ciudad de Reims.
Así que dando vueltas por la Champaña creíamos que después constatar que no habría aventureros tan fugaces como nosotros, íbamos a llegar tarde a esa cita con la noche a medio día.
Por fin a eso de las 10 de la mañana rondábamos las calles de la ciudad, que se había vestido de largo para cuando el cielo se escondiera tras las estrellas.
Frente a la catedral de Nuestra Señora de Reims, una cantante de ópera esperaba a la oscuridad.
Fue un viaje curioso. Fugaz, como las estrellas. Fugaz, como el eclipse. Fugaz, como el cuentakilómetros.
Al día siguiente la noche, la de verdad, nos esperaba en nuestro final del viaje; el que había sido nuestro principio.
Junto a la furgoneta que nos había dado cobijo esos días fugaces de aventura, sobre la arena del suelo nos dormimos. Al despertar esa mañana volvimos de nuevo a los días que tienen veinticuatro horas. Volvió el tiempo a ser el que era.
domingo, 26 de febrero de 2012
Cambiar el mundo
Después de comer, y después de cerrar los ojos un poquito en esta tarde de domingo, a comenzado en la tele una peli. Una de tantas que comienzan a mediodía y que, muy, muy buena tiene que ser para soportarla a pesar de las innumerables interrupciones para darnos a los telespectadores unos “consejos publicitarios”. A mediodía es peligroso ver una película un domingo porque puede que esté basada en hechos reales y entonces, ya no hay nada que hacer. Deberías dejar de verla inmediatamente en cuanto una voz masculina, seria y potente enuncia el título, pero no puedes. Te quedas enganchado ahí a tirar por la borda una dorada tarde de domingo.Pero esto es algo de lo que podemos hablar en otra ocasión.
En esta ocasión hablo de una película que no te hace perder el tiempo, sino más bien al contrario. Habría sido mejor verla en el cine, en pantalla grande, palomitas grandes y un sonido espectacular. Pero más vale tarde que nunca.
Después de verla he pensado, una vez más, en la posibilidad de cambiar el mundo.
Cambiar el mundo. Es una expresión tan tremendamente usada y grande, que da un poco de pereza sólo escucharla.
Me he puesto a echar cuentas. La tierra tiene algo más de 510 millones de kilómetros cuadrados. Afortunadamente solo 148 millones de kilómetros son de tierra. El resto es agua y no hago pie casi en ningún sitio, así que me limitaré a conocer solo la tierra.
Yo, que soy ahora joven y buen mozo -que diría mi abuela q.e.p.d.- podría andar diariamente unos 30 kilómetros si me pongo un poquito en forma. Pongamos que tengo quince años -cosa que no es cierta- y que mañana lunes comienzo mi camino por el mundo. Podría recorrer esa distancia diaria y hacerlo hasta los sesenta y cinco. Voy a darme cinco días libres al año. Para contemplar el paisaje, celebrar la Pascua, coger algún resfriado y renovar el carné de identidad.
Como voy a ponerme en marcha mañana por la mañana, con la fresca, creo que el 27 de febrero del año de nuestro señor 2062 habré recorrido, si no hay contratiempos, aproximadamente 540.000 kilómetros (¡ojo! lineales, no cuadrados).
Una vez haya concluido mi paseo por el mundo habré recorrido el 0,36 % de la superficie terrestre. Esto haciendo la loca concesión de que fuera lo mismo un kilómetro cuadrado que uno longitudinal.
Y os adelanto que con tan solo 260 personas con la misma disposición que yo -es decir, dedicar cincuenta años de su vida a andar sin pasar dos veces por el mismo lugar- nos repartiéramos el mundo, conseguiríamos recorrerlo por completo. Teniendo en cuenta que la esperanza de vida media mundial actual es de setenta y ocho años, tendríamos aún unos trece años para que cada uno compartiera lo que ha visto en sus kilómetros recorridos y empezáramos a planificar, desde ahí, cómo cambiar el mundo.
Si ninguno de los 260 exploradores morimos antes de lo previsto, para el año 2075 tendremos listo un informe completo de como está el mundo, para iniciar actuaciones de cambio. Pero vamos a ser optimistas y conceder que hay grandes superficies de terreno que no necesitan cambio, pues son lugares en los que no habita el ser humano y están bien como están. Así que calculo que podríamos adelantar el final de nuestro informe para el año 2071. A partir de ahí deberíamos pensar en nombrar a un equipo de especialistas que, basándose en nuestro informe, comenzara la elaboración de actuaciones concretas para lograr cambiar el mundo.
Haciendo una aproximación creo que este equipo de especialistas necesitaría al menos veinte años para llevar a cabo la planificación completa del proyecto de su parcela concreta (de unos 540.000 km2) Así que para el año 2091 podríamos comenzar a ejecutar los proyectos, que al estar pensados para una extensión de terreno bastante considerable, serían proyectos que requerirán al menos treinta años para su implantación y otros 30 para su consolidación.
Así que con todas estas cifras, el glorioso año de 2151, habremos cambiado el mundo. Eso despreciando la pequeña posibilidad de que entre el año 2012 y el 2151 cambie algo en el mundo, y si no surge por ahí ningún contratiempo.
¿Qué os parece mi plan? No se. Pensadlo. A lo mejor se puede. ¿No?
Ya me contaréis. De momento, para que os sirva de inspiración otra idea, os recomiendo esa película de la que hablo y que hoy me ha hecho pensar en cambiar el mundo...
lunes, 10 de octubre de 2011
Un hombre educado (Visite nuestro bar II)
Aprovecho la calma que se respira en la trinchera. Aún está humeante la tierra a mi alrededor después de la batalla. Hemos sido atacados casi por sorpresa pero afortunadamente había munición suficiente para contenerlos. Los lanzaempanadillas en sus puestos han aturdido a la clientela mientras los tiradores de cerveza disparaban a discreción contra el enemigo que se acercaba por la puerta de entrada. Han intentado abordar nuestras posiciones por un ladito de la barra pero gracias a la labor de la infantería que abofeteaba con la bandeja, se ha conseguido repeler el ataque.
Todavía resoplo después del último café cortado, chupito de aguardiente y la cuenta. Con esta última munición hemos conseguido despejar el campo y hacernos de nuevo fuertes tras la barra. Ha habido varias bajas -platillos de café, sobre todo y alguna copa de cognac de las que se rompen con mirarlas- pero el sacrificio ha valido la pena.
Recuerdo el momento más duro de la batalla. Ha sido hacia las 14:30. manteníamos nuestras posiciones atendiendo al enemigo en la barra. Los vermuts volaban. Los sifones se vaciaban uno detrás de otro y los botellines vacíos de Cola se amontonaban tras la linea de fuego. Entonces uno de los zapadores enemigos me pregunta si vamos a tardar mucho en darle su mesa. Le he reconocido. No hacía ni dos minutos que había llegado a la barra y mi compañero había salido enseguida a prepararle la mesa número cuatro -era la tercera vez que la doblábamos hoy-. Le digo que enseguida está; que no tardará ni dos minutos -otros dos- en estar lista.
Y entonces, cuando creía tener neutralizado ya al enemigo; cuando pensaba que el platito de aceitunas de Campo Real que le había colocado junto a su copa de tinto sería suficiente para contenerle -a el y a toda su compañía- va y suelta la frase que no quería oír; El enemigo sabe por dónde atacar. Entre aceituna y aceituna -tenía por lo menos tres en cada carrillo- me dice “Es-que-tenemos-prisa-¿sabe?”
Entonces suelto mi arma, me voy a un ladito de la barra y apunto en la libreta: ¿Por qué dices "tengo prisa" cuando quieres decir "tengo hambre"? Después vuelvo a mi puesto junto al zapador, hundo las pinzas en el bol de los torreznos y, sonriente coloco una cestita con dicha munición junto a las rollizas manos del zapador hambriento que simula tener prisa.
Ahora que la calma tras la batalla es nuestra de nuevo, pienso en el zapador y toda su compañía. Y me pregunto de nuevo por qué somos tan educaditos. Es de mal gusto, pienso yo, que un caballero que pesa más que lo que debieron pesar las tres vacas que le dieron por toda dote el año que se desposó con su señora, diga que tiene hambre. Claro. Pero entonces ¿por qué tiene hambre? ¿Quizá el travieso zapador ha acostumbrado a su estómago a ejercicio digestivo cada muy poquito tiempo? ¿Tal vez no sabe hacer otra cosa que comer? ¿Sabe nuestro querido y siempre-portador-de-la-razón, cliente, que si no come tal vez no va morir en ese mismo momento?
Digo yo que sí lo sabe. Por eso le da cierta vergüenza acercarse a la barra y decir “Oiga amable camarero: es que me ruge el estómago una barbaridad. Sé que no debería hacerlo pero es así de indisciplinado; Ruge hasta en los lugares públicos. Si tiene la amabilidad de sentarnos ya a la mesa y comenzar a sacar viandas, quedaré en deuda con usted”.
O tal vez no se ha parado a pensar en todas estas consideraciones, ni falta que le hace. Porque si nuestro bienamado zapador pesa lo que esas tres vacas, ya habrá hecho la cuenta él mismo que a cambio hay por ahí una personita que no abulta de perfil más que sus rollizos dedos que recuerdo había junto a los torreznos y las aceitunas de Campo Real. Y esa personita seguro que sí tiene hambre. De la que no se soluciona con unas aceitunitas.
viernes, 2 de septiembre de 2011
Guardad bien el secreto (verano de 2010)
Las doce del mediodía. Asomo mi cabeza por la ventanilla del vagón, maravillado como un niño que monta por primera vez en tren. Hemos salido de Budapest hace más de una hora y aún falta más de otra hora larga para llegar al lago Balaton. Eso es lo que vamos a tardar en recorrer una distancia de ciento treinta kilómetros. Viajando en tren por aquí uno viaja en el tiempo, por las distancias, por el medio de transporte y porque además todo es tan comunista... Placas del fabricante del tren, gigantes estrellas doradas en cada estación, instrucciones en ruso... recuerdan que hace veintiún años los húngaros vivían bajo la alargada sombra de la U.R.S.S. A cada paso la hierba crece entre el bloque. Esa hierba que solo crece cuando nadie la vigila. Los cambios de agujas los hace un hombre con mono azul, trabajador de la compañía ferroviaria por un montón de Florines. ¿Qué ha pasado aquí?
No lo se. Estaré aquí apenas diez días y no se si sabré en ese tiempo entender qué ha pasado aquí. Y tengo miedo de acercarme a las páginas de historia, de papel o digitales, porque estoy un poco afectado por esa idea de creer que todo lo impreso es palabra de Dios.
Pero mientras voy en este tren hacia Balatonfüred estoy haciendo otro viaje en el tiempo (bueno, los viajes son siempre en el tiempo) junto a mi mujer y junto a un hombre que pensó en lo que leo mientras la locomotora diésel tira como puede del vagón de tercera en el que vamos. Ortega y Gasset -el hombre al que leo- pensó en lo que solía decir en privado Hermann Weyl. Algo así como que si diez o doce físicos de su momento murieran de manera súbita, se perdería una parte importante, si no toda, del avance en física de ese momento. Y decía -decía el español, no el alemán- que no nos damos cuenta de la gratitud que debemos a muchos hombres del pasado (vamos construyendo la historia) porque nacemos dando por hecho que todo lo que existe y nos rodea casi forma parte de la naturaleza. Parece que existe desde siempre y como por generación espontánea.
Y levantaba la vista mirando al compartimento enmoquetado del tren. Mirando la figura de mi mujer, sobre ese asiento desgastado que parece un anacronismo bajo ella. Mirando a través de la ventanilla al exterior. ¿Qué ha pasado aquí? Parece que esos diez o doce hombres clave -físicos, ingenieros o matemáticos- han desaparecido de manera súbita, como podía temer Weyl (sobre todo si se consideraba uno de ellos). Parece que alguien les dijo a esos hombres “guardad bien el secreto”.
A cada paso, aquí o en Nueva York, la hierba crece entre el bloque. Esa hierba que solo crece cuando nadie la vigila. Y si queremos que no crezca la hierba donde creemos que no debe crecer... debemos vigilarla. Cada día, en una buena parte del mundo, luchamos para que las aceras perfectas de las calles y la electricidad perfecta de las lámparas parezcan algo que forma parte de nuestra naturaleza; parezcan Naturaleza. Y cada día en esa parte del mundo tenemos que estar más pendientes para no perder esos secretos que hacen tan sofisticado nuestro mundo y que cada vez son más y más numeritos y fórmulas más y más complicados y más y más vitales para nuestro mundo. Y cada vez más, para que ni una brizna de hierba crezca donde no tiene que crecer.
Y más y más nos olvidamos de esa tremenda gratitud que debemos a los hombres del pasado. No porque haga falta un homenaje, una calle o una estatua a esas personas. Tal vez, porque hace falta recordar. Que según hemos construido nuestra historia, hemos construido nuestro mundo para parecer más invencibles.
Pasados esos diez días he vuelto a mi ciudad, y montado en el suburbano veo las caras de la gente pasando hechas garabatos del día. Caras a las que no les importa nada que no exceda de los límites de su piel si no es vía USB. Y me he asustado un poco viendo como unas manos manejaban sobre la pantalla de una agenda o similar fotos, menús e iconos. Parecíame que volvía a escuchar la voz del pasado que le había dicho a aquellos sabios “guardad bien el secreto” y aqui somos peces entre un mar de Cosas que no sabemos de dónde vienen ni por qué han venido.
viernes, 20 de mayo de 2011
Hoy estoy triste
Hace unos meses viví una experiencia que me entristeció profundamente. En esta experiencia, en la que había jugoso parné de por medio y al mismo tiempo sucesos que podían interpretarse de maneras completamente opuestas, una cosa sí quedaba clara; La falta de confianza. Me entristeció amargamente ver, escuchar, sentir, que El Otro no confiaba en mi y que ante una negociación se presuponía la mentira, el escondite, el lado oscuro. Y yo no podía hacer otra cosa que decir para mi -pues esas palabras era imposible que salieran en una discusión en la que El Otro hacía tiempo que cerró sus oídos- “aquí estoy, soy yo y no vas a encontrar nada más de lo que ves porque nada oculto” “y como esto no lo crees, más no te puedo dar.”
Y descubrí -a fuerza de aguantar el rimbombante discurso de El Otro- que en efecto él vivía en un medio en el que su modo de vivir o de sobrevivir era contar con la mentira aquí y allá. Utilizarla como herramienta e intentar utilizarla incluso como antídoto de la presunta mentira de los demás. O, peor todavía, de un súbito ataque externo de Verdad.
Aun no puedo dejar de considerar a El Otro como una persona indeseable. Sé que esto va contra mis propios principios, pero hoy por hoy el sentimiento es más fuerte que la razón.
Porque creo que a confiar hay que aprender confiando. Y confiar cuando alguien te ha demostrado su confianza, deja de ser un acto de fe en el de enfrente, que es precisamente lo que significa confiar -fiducia, fides, fe-.
Hoy de nuevo estoy triste. Creo que por razones parecidas. Porque no confío en Los Otros. El problema añadido ahora es que si siempre que alguien defrauda mi confianza saco del bolsillo para recordarla la idea de que cada ser humano es distinto y merecedor de una oportunidad a cada paso, en esta ocasión ha sido un grupo demasiado grande, poco concreto y voluble como es la ciudadanía de Madrid. No me funciona la idea de que cada persona merece una oportunidad porque en esta ocasión Los Otros son casi todos.
Si no adiestramos a nuestro corazón para que confíe en lo pequeño. En una persona querida en la que el acto de fe casi sale solo, no podemos ir ensanchando, poco a poco, nuestra capacidad de confiar. Y si adiestramos a nuestro corazón para que permanezca alerta ante cualquier interacción con el exterior por si supone un ataque, no seremos capaces de regenerar nuestra capacidad de confiar.
Por eso, porque no confiamos en los que comparten nuestro pan y nuestro día, no podemos confiar en quienes comparten nuestro suelo y nuestras calles.
Por eso esa iniciativa que está consistiendo en salir a la calle a decir que ya está bien de ponernos las cosas difíciles. Decírselo a los que nos gobiernan y a los que tienen la intención de hacerlo ya no es algo auténtico, si es que lo era.
Dice la gente -esa que piensa que nadie mas en el universo es tan experto como ellos y suele tener la clave de todo- que esto es un montaje de unos o que si esto es espontaneo pero se están aprovechando los otros o que si en realidad son aquellos los que querían que bla, bla, bla, bla.
Y yo no me atrevo a creer ni descreer ninguna de las hipótesis porque no he estudiado Ciencias Políticas, ni Administración y dirección de Empresas, ni Sociología, ni Derecho, ni nada de eso, como al parecer deben haber cursado todos cuantos hablan.
Pero lo que si creo firmemente después de estos pocos días, es que las personas que hablan en la televisión, en la radio, en el periódico, en la pantalla del ordenador, en la pantallita del dichoso teléfono -táctil por supuesto, que mal rayo le parta- o mucho me equivoco y espero que así sea o en su mayoría no confían en el Ser Humano. Han olvidado qué bueno es confiar, compadecerse del que está a tu lado, creer en Los Otros.
Y no creo que yo sea ingenuo. Vamos, que casi me atrevería a decir que sé que no lo soy. Pero ante tanto listo suelto, es un peligro andar por ahí.
Por eso hoy estoy triste aunque no me sienta orgulloso de ello.
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