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miércoles, 9 de octubre de 2013
Extraños en un bar (Visite nuestro bar IV)
Suena la campanilla de la puerta, aparece tras ella un hombre con gabardina y bigote. Y yo que hoy me he levantado risueño y espabilado, le sonrío cuando se acerca al mostrador y le digo ¡buenos días! y él me devuelve el saludo. O eso creo. Solo dice un-café-con-leche. Y como mi angelical ¡buenos días! se ha mezclado con su café con leche, pues pone peor cara aún y me repite un-café-con-leche. Así, ya estamos. Saludados todos, no hay más que hablar.
domingo, 6 de mayo de 2012
Mondo y lirondo
Si lo curioso de todo esto es que no es una fábula, un cuento. Es que es algo que existe en la vasta planicie castellana. Existe. Un pueblo arrinconado entre las arrugas de la vejez de esa planicie. Pero a decir verdad el rincón es bonito. Debe ser esa imperfección que aporta belleza al conjunto o algo así. Que todo podía ser liso, cuadrado y de un solo color. Así sería perfecto pero no sé yo dónde estaría la belleza.
El caso es que por entre uno de esos dobleces de la vida estaba este pueblo. Minúsculo pueblo respirando difícilmente como un pececito cuando lo sacas de la pecera. Que sabes que es sólo un momento y lo vas a volver a meter pero el pobre pez respira intentando encontrar oxígeno en el aire de su alrededor, que lo hay pero no con lo burbujeante del agua. Bueno dejemos al pez. El pueblo así, como sin poder respirar bien, porque casi no hay quien se quede dentro de casa a las cuatro de la tarde. Por aquello de la solanera. Ni dentro ni fuera. Es que no hay nadie. Casi. Es como un hormiguero vacío. Como una casa cuando todos se han ido de vacaciones a la playa.
Pero aun quedan personajes. Que se diría que es como una representación teatral. Que nos hemos quedado sin presupuesto y hay que recortar un poquito el reparto. Eliminar personajes de la obra y que alguien haga de padre del duque y también de guardia del rey, de esos que no dicen nada en la obra pero que se llevan arrestado al hijo del pobre sastre que desea conquistar el corazón de la hija del duque; Rosalinda.
Pero dejemos el teatro. Aun hay vida en el pueblo. Y como tal es tan viva como cuando cientos de almas lo poblaban. Ahora, la verdad, cientos de almas lo pueblan. Pero imitan esa fea costumbre de las grandes ciudades y se han hacinado todas en el mismo lugar. El cementerio.
Y los que han decidido esperar para mudarse allí, son los que dan vida hoy al pueblo. Son los que, si, a las cuatro de la tarde de julio ni se asoman por la plaza porque están en su salita de estar reposando un poquito. O son los que se lanzan hasta la umbría del bar y se encaraman en la barra junto a una cervecita, un vino, un Trinaranjus, unas aceitunas. Y que así siempre encuentras a alguien y puedes continuar con otra cervecita, otro vino, otras aceitunas. Y si el crío se ha venido, otro Trinaranjus.
Son también los que por la mañana, con la fresca, si el día promete y no hay ganas de lluvia, se van ahí-en-eso, a donde tengan sembrados unos pocos tomates, unas cebollas, unas patatas. Que también hay que mimar a los tomates, vigilar el tallo de las cebollas y remover alguna patatica. Que siempre hay hierbajos que arrancar. Estúpidos intrusos que entretienen y pinchan y confunden.
Repasemos. Está... ¿por dónde empezamos? Antaño estaban las autoridades del pueblo. Cura, Alcalde y Guardia Civil. Luego estaban otras autoridades, digamos culturales. El maestro de escuela, la maestra, el tonto del pueblo, el rico del pueblo, el sacristán. Seguimos con los cargos mas populares. La fresca del pueblo, los quintos, los ancianos, los mozos, los monaguillos. En algunos lugares habría que sumar ese extraño personaje que vive un poco fuera del pueblo y sobre el que pesa un castigo de marginación.
¿Lo ves? Demasiados personajes. Hay que reducir un poco. Creo que este es un libreto antiguo. Una obra clásica de esas que no había quién las representara porque no habría quien las viera.
Bien, pues empecemos por arriba. Por arriba de este pueblo está el señor alcalde. El alcalde de este pueblo no es como los demás. No lleva tirantes, ni barriga ni puro gastado en la comisura de los labios. Tu ves a la gente del pueblo un día cualquiera, por ejemplo a la salida de misa y por más que hagas fotos, no puedes saber quién es el señor alcalde. Va de incógnito. Pero ha reconstruido de nuevo el Ayuntamiento. Luce ahora banderas, tablón de anuncios y de nuevo, por las calles, hay carteles que anuncian disposiciones del consistorio. Lo que pasa es que no hay pregonero pero bueno. Él es el pregonero. Digamos que, se ha empeñado en echar de nuevo el pececito al agua, a que respire aliviado otra vez. Digamos que hace de alcalde. Que se ha estudiado bien el papel.
Atiende los jueves. Y lo que más atiende son solicitudes de licencias de obras para casas de domingueros. Pero todo se andará.
Y tiene un firme empeño, aparte de resucitar al pueblo. Dejarlo todo mondo y lirondo. Por eso existe una concejalía especial, administrada por el concejal de Mondos. Si, si. Concejalía de Mondos, lirondos y caminos. Ardua tarea la suya. Devolver a la tierra su juventud. Hacerle un tratamiento antiedead, de esos que anuncian en la tele. Que todo quede liso, con lineas armoniosas. Que los árboles obedezcan al camino y lo custodien marcialmente. Que no dejen caer sus hojas al capricho del viento. ¡Y que el viento no tenga tantos caprichos! Que los arbustos no tengan afán ni ambición y ninguno quiera ser más alto que otro. Que las piedras, en su quietud, en su meditada dureza, no acampen por los baldíos a su antojo. Que entiendan de aritmética, de proporciones, de perspectiva.
Que el agua corra, abunde si quiere. Pero que en su carrera no arrastre con falsas esperanzas a esos ilusos granitos de arena. A esas hojas secas, cansadas. A esos animalillos que dejaron de vivir a sus orillas.
En una palabra. Que todo esté mondo. Que así quede, se mantenga y prospere.
Más que la repoblación, el agua o la concentración, el concejal de mondos ha de velar por la integridad del paisaje. Por el equilibrio del ritmo de la naturaleza en el término municipal de su amada aldea...
lunes, 24 de octubre de 2011
Seres picantes (estupidez [que quiere ser] rimante)
Ha se colado en la casa
en nuestra alcoba, un mosquito.
Era el de hoy. Le tocaba.
Hacen guardia en nuestro techo, de uno en uno; al acecho.
Y saben que volveremos. Nos han visto ¡han de saberlo!
A mi no me quieren, claro. Y a mi esposa la persiguen.
Y yo le digo al de turno ¡Vete, vuela hacia el pasillo!
¡Escapa! ¡Mira fuera, mira eso!
¡Sal, vamos, vete de aquí! ¡Hazme caso, se sensato!
Y se lo vuelvo a decir.
Y el lenguaje de esta vez
es la manga del pijama
es el foulard de mi amada
es la suela del zapato.
Es un cojín, es mi brazo.
Hay ventaja en esta caza, que cuando pacen así
por su techo agarrados,
en este estado ya tienen colmadita la barriga [vamos a decir barriga].
Y la panza ya les pesa, no se pueden ni mover.
Y mi lento calcetín consigue darles alcance
pasar por garrote vil a quien ha usurpado sangre
de mi casa desde ayer.
Lo peor es cuando en lucha,
desarmado y desalmado
recurro ya al cuerpo a cuerpo
recurro ya al cuerpo a cuerpo
y venzo a ser tan malvado;
pongo un dedo sobre él
le consigo aniquilar
y ahora tengo su botín mancillando mi pulgar.
y ahora tengo su botín mancillando mi pulgar.
Confío en que es de mi esposa
porque si pienso otra cosa,
si me figuro la sangre de cualquier vecino o gato
me dan un poco al momento, los siete males, que duran,
hasta llegar al lavabo.
Hasta que no es mancha la mancha, es corriente en el desagüe.
Y ya solo queda mancha de cadáver sobre el yeso.
Que nuestro techo conserva como recuerdo tunante
las huellas de sus cuerpitos.
Las alas de sus cinturas.
Mientras repite mi amada
¡hay, ahí, querido mio, que me mira ese mosquito!
Hablar debemos de ella, que sufre sobre su piel
las marcas que poco a poco la disfrazan de grosella.
Su sangre a de ser más dulce; lo comprendo, la verdad.
Entiendo que yo no guste a un mosquito de su edad.
Y pues tienen que afilar más la punta de su hocico
y así poder acercarse a mis venas a chupar.
Pero yo ante cada uno, cuando ya voy a matarle,
mirando a los ojos digo;
¡dile a todos tus amigos!
¡hazles saber a los tuyos,
que aquí solo una sangre
habrá que no os cueste vidas
y es mi jugo si queréis, el que habéis de succionar!
Pero acto seguido golpeo y supongo que así el reo
no tiene tiempo ni suelto para un telegrama breve,
que vaya a decirles ¡viva! ¡que me entrego! ¡Que soy suyo!
Que yo no quiero matarles.
Que lo mio no es la guerra.
Pero si zumban junto al oído de mi esposa y a las tantas
no les extrañe que el guante les aplaste todo el ser.
Que me tome la justicia
que no les conceda juez.
Una y otra vez repito que no piquen otra vez
si de nuevo y desoyendo
harán huella en mi mujer.
Con esta idea me acuesto.
Me entrego al sueño, me duermo.
E imagino que uno de ellos entra por la puerta y dice
con su permiso, y que llega
y comenta de buen grado que si de nos habrá buen caldo.
Y que pregunta, que observa
y si no nos ve dispuestos, va se de nuevo, no espera.
Sueño un mosquito educado
sueño un animal volando
que nos deja su tarjeta y se va para otro lado.
¡Y despierto!
¡Y me enderezo!
Y una vez más es a ella
el rostro de mi grosella
¡que me dice que he soñado!
domingo, 9 de octubre de 2011
El Infeccioso Gárgolas, cuento (parte II de II)
Montse debe ser la única de todo el personal del hospital que llama al infeccioso Gárgolas por su nombre. Montse es maja. Tendrá sus veintipocos. No la miran bien en admisión por que sus compañeras tienen entorno a los cincuenta y pocos. Lo cual deja poco margen al “pocos”, pero bueno. El caso es que Montse no tiene nada que envidiar a sus compañeras. Quizá por eso y por lo que sus compañeras sí envidian de ella, es por lo que Montse se encuentra incómoda en admisión. Agustín hace lo posible para que pase a la cuarta planta. Pero de manera ordenada, legal. Honesta. Que no haya que tener cuentas pendientes con nadie. Así que Montse le llama Agustín. Como esa mañana, a las 10:52, ya. Y su brazo se extendió, conteniendo su mano un sobre americano. Limpio, cerrado, comprado seguramente en cualquier papelería. Con letras muy pequeñas en la solapa, escritas a bolígrafo leyó “Dr. Agustín Gárgolas”. Y eso es todo.
Una persona como el infeccioso Gárgolas recoge el sobre, sonríe a Montse, sigue su camino y le pide a Jesús un café con leche y tres churros. Y dos sobres de azúcar, por favor. Así que Montse atendió ese teléfono que aun seguía sonando, Jesús cargó el porta con café y calentó la leche e infeccioso Gárgolas se acomodó en uno de los taburetes de la barra.
¿Por qué una persona como él, sin cuentas pendientes con nadie, recibe un sobre como aquel? Anónimo, extraño. Pero una persona como él, repasa con detenimiento los últimos acontecimientos de su vida y después rasga los dos sobres de azúcar al mismo tiempo y los vacía en el café.
Sus amigos, como hemos dicho al principio, se cuentan con los dedos de una mano incluso si tuvieron que amputarte dos por algún accidente laboral de los muchos que se ven en trauma.
Pelayo tiene treinta y nueve años y sólo hace unos pocos años que conoció al infeccioso Gárgolas. Es uno de sus tres amigos. El pelo de Pelayo es cuidado pero no muy corto. Tiene patillas anchas y camisas de manga larga arremangadas hasta la mitad del brazo. Calza náuticos y usa pantalones de pinzas. Se conocieron en la cafetería de este hospital. Pelayo respeta tremendamente al infeccioso Gárgolas desde la conversación del primer día. Todo porque pidieron una de churros casi al mismo tiempo y Jesús les dijo que solo quedaba una ración. Que o la compartían o alguien se quedaba sin ellos. Así que churro y medio para cada uno. Y Pelayo es odontólogo pero está ahí porque su madre se está muriendo y al final la Seguridad Social es lo mejor y ha decidido que para qué está el dinero.
Así que ¿Qué sentido tiene que Pelayo le dejara ese sobre?
Sin embargo su tocayo Agustín. Agustín Contreras, es como más de andar por casa. Hace por lo menos quince años que no se ven. Agustín es comercial de una industria farmacéutica y se hicieron amigos el día que el infeccioso Gárgolas le echo de su despacho. Este es el amigo que le ignora. No le llama, no le felicita la navidad, no le pregunta. Pero cada cierto tiempo aparece alguien por el hospital que pregunta por el doctor Agustín Gárgolas y que dice que va de parte del señor Contreras y que es muy amigo del doctor y que le manda saludos. Agustín nunca lo entiende muy bien. Pero ¿por qué iba a enviarle él ese sobre?
Sacristán. Seguro que ha sido Antonio Sacristán. El muy cabrón. Infeccioso Gárgolas va por su tercer y último churro. Va a terminar y aun no ha abierto el sobre. Prefiere hacer primero todas estas conjeturas y luego, con su abrecartas de hueso, en la tranquilidad de su despacho, ya lo abrirá.
Antonio Sacristán fue compañero de clase del infeccioso Gárgolas desde bachillerato. Y como los dos fueron a curso por año hasta quinto de carrera y ambos habían hecho medicina, Antonio había sido su compañero de clase hasta los veinticuatro años. Era un hombre alto. Metro ochenta. Nunca jamás nadie podría haber dicho que le hubiera visto con barba de más de un día. Ni en las guardias de los primeros años. Vestía camisa de manga corta siempre y lo que cambiaba era llevar su cazadora o no, según la estación. Era muy austero. De manera inversamente proporcional a su esposa.
Antonio Sacristán decidió ahorrar. Estaba un poco harto de que tanta austeridad no sirviera para nada. El infeccioso Gárgolas le comprendía, le apoyaba y le ayudaba siempre que podía. Así que preparó una dosis que acabó con la esposa de Antonio en cuestión de un mes y sin que faltara de la farmacia de este hospital ni un mililitro de fármaco. Que no quería tener cuentas con nadie.
A lo mejor sí iba a ser Antonio el del sobre.
Las veinte pesetas que le quedaban en el bolsillo de la bata sonaban, cada una de las cuatro monedas, con cada paso por el pasillo de la cuarta planta. El infeccioso Gárgolas llegó a la puerta de su despacho. Sacó la llave, abrió y entró dentro.
El despacho del infeccioso Gárgolas le habría gustado a Antonio Sacristán. Hay una mesa, amplia eso sí, una librería sin un solo libro, un par de archivos junto a la puerta y un barco dentro de una botella sobre los archivos.
Nada más. El título de doctor lo tiene, en una fotocopia, en una de las carpetas de uno de los archivos. Y unas gafas de repuesto en el segundo cajón de su mesa, eso sí. Y la mesa llena de papeles. Con su orden, pero llena.
Así que se sentó en la silla, dejó el sobre en la mesa y abrió el primer cajón. Allí una lupa, una grapadora, un par de lápices y el abre cartas de hueso iban y venían cada vez que se abría o cerraba.
Abrió el sobre. Contenía varias hojas. Cinco, contó. Una era manuscrita. Las otras cuatro eran una fotocopia. La hoja manuscrita, la reconoció enseguida, era tal y como había supuesto, de su colega y amigo Antonio Sacristán. Las otras cuatro eran la copia del auto de la sala número 6 de lo penal de la audiencia provincial, en el que constaba que el infeccioso Gárgolas y Antonio Sacristán estaban imputados como presuntos autor y cómplice del homicidio de doña Luisa Germán Santos. Esposa de Antonio. El auto se había servido, además de las pruebas, de la declaración del señor Sacristán.
Querido Agustín –decía la carta- te envío esto, que ya te lo mandarán también a ti desde el juzgado, para que no te pille por sorpresa. Ya sabes que nunca he sido muy partidario de las mentiras y de andar ocultando cosas. Por eso les he contado lo que hicimos según me lo han preguntado. ¿Qué yo te lo pedí y que me creo el único responsable? Pues ya sabes que si. De eso no tengas duda. Que para mi tu no tienes ninguna cuenta conmigo. Si acaso yo la tengo contigo. Pero sabes que a estos del juzgado eso no les importa nada. Si tu y yo hemos llegado a un acuerdo entre caballeros, a ellos les da igual.
¿Ya has hecho cálculos de cuantos años vas a ir a la cárcel? Yo estoy encantado, oye. Que a mi la casa se me caía encima de tanto no salir más que al trabajo y vuelta a casa. Pero bueno tú estás acompañado en tu casa. Tu estarás más a gusto ¿verdad que sí? Hombre, lo que si he pensado es decirle al juez si por lo menos pueden enviarnos a la misma prisión. Que parece que así estamos más entretenidos.
Pues nada más. Dile a Elvirita que se cuide. Me gustaría verla antes de irnos. Pero si no, pues se lo dices de mi parte.
Oye que aquí estoy para lo que quieras. Como siempre.
Antonio María Sacristán Sacristán.
FIN
viernes, 23 de septiembre de 2011
El coleccionista de atardeceres
"Habrá que demoler barreras,
crear nuevas maneras
y alzar otra verdad.
Desempolvar viejas creencias
que hablaban en esencia
sobre la simplicidad.
Darles a nuestros hijos,
el credo y el hechizo
del alba y el rescoldo
en el hogar.
Y si aún nos queda algo de tiempo,
poner la cara al viento
y aventurarnos a soñar”.
-Joan Baptista Humet, Hay que vivir
Y si aún nos queda algo de tiempo contemplar.
Al borde del pueblo que frecuento -que no es mi pueblo, pero ya soy casi suyo- hay un lugar especial para contemplar. Desde allí; desde la parte de atrás de la cocina en la que a veces sudo de tanto cocinar, contemplo a ciertas horas como el sol desaparece. Y tras su desaparición, como pinta, como enciende las puntas de las espigas, como violetea la pradera y los pinos. Con nubes, sin nubes. Con tormenta, con tan solo cielo. Con viento, con calma. El atardecer se puede coleccionar como los cromos. Mirar ese atardecer, hacerlo desde el principio hasta el fin o en un goteo de momentos robados a otro quehacer, es como cuando un niño rasga un nuevo sobre de cromos. Abre los ojos dispuesto a dejarse sorprender por la sorpresa.
Pero un sobre de cromos, se nos pasa con la edad. Es previsible, es pequeño, es corto y cuadrado, es papel con tinta y nada más.
Al atardecer nuestros ojos ponen a prueba nuestra capacidad de distinguir. De contemplar algo que cambia cada segundo pero que sigue un hilo continuo de continua belleza.
Al rasgar cada atardecer el cuerpo se nos llena de infinito que hay que mirar, tocar, oler. Al mirar el detalle de cada atardecer que visitamos entendemos que siempre va a haber más. Que podemos salir por la misma puerta de atrás día tras día, porque siempre habrá un nuevo infinito que contemplar.
Y parece una tontería, una simple pradera más bien yerma, al fondo unos pinos, algún roble y el cielo con algunas nubes rojizas. Pero al volver a entrar se mira de otra forma a lo pequeño y a veces pesado de nuestra vida.
Por eso un día le dije a alguno de mis hermanos “yo colecciono atardeceres”.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
El Infeccioso Gárgolas, cuento (Parte I de II)
El infeccioso Gárgolas trabaja en la cuarta planta de este hospital. Se encarga de aquellos casos que deben estar alejados de la gente para evitar males mayores.
Lleva bigote. Fino y brillante. Ordenado y recortado. Lleva gafas de pasta grises, de cierta moda de los años setenta. Y lleva una bata blanca que fue blanca pero que con el paso del tiempo se ha ido transformando en un pálido ocre. Pero limpia. Limpia como que se llama Agustín Gárgolas y es jefe de la sección de infecciosos de este hospital.
Algo así como treinta años le han visto pasar por los pasillos de esa cuarta planta. Sabe su trabajo. Lo sabe de memoria. Cuando le traen un paciente no sabe el diagnóstico antes de que le digan los síntomas. No adivina, no dice palabras mágicas que todo paciente quiere oír. Que todo colega admira con un poco de rabia. No se pasea por los pasillos con acólitos en pos de él, después de una magistral. Porque ni usa pasillos para pasear ni da clases magistrales.
Pero, os lo digo yo, sabe bien su trabajo. Lo cuida, lo mima, le deja hacer, y el resultado es un trabajo bien hecho.
Agustín Gárgolas no tiene cuentas pendientes. Con nadie. Lo primero es que no tiene cuentas pendientes con el banco. Porque no tiene cuentas en el banco. Así de sencillo. Guarda todos sus ahorros en algún sitio que a nadie debe interesarle y no quiere cuentas, nunca mejor dicho, con esos del banco. Tampoco tiene cuentas con amigos, familiares, conocidos, desconocidos. Sus amigos, pocos, le respetan, le quieren y le ignoran por partes iguales. De lo cual se obtiene una vida social de lo más corrientita. Sus familiares; Emilia, Odin y Elvirita. Por orden de afectos. Emilia, la portuguesa es la chica que va los miércoles y viernes a planchar, poner alguna lavadora y tender o lo que toque. Toca el piano y como Agustín tiene uno de pared en el ancho pasillo de su casa, Emilia la portuguesa les deleita con alguna piececita de vez en cuando, cuando hay poco que hacer y las camisas se han dejado planchar.
Emilia la portuguesa es portuguesa. Nació en Braga en el año 1978 y vive en Madrid de forma inesperada. Conoce al doctor Gárgolas porque llegó a urgencias con una brecha en la cabeza y a punto estuvieron de operarla de la rodilla. Por eso le conoce. Porque nada tiene que ver con la planta cuarta de infecciosos pero Agustín acompañaba en ese momento a un familiar de los de su redil cuando vio a una chica quejarse en el mostrador. Le dolía la cabeza y él hizo lo que pudo. Desde entonces le ayuda en casa y nunca preguntó por qué llegó al hospital con una brecha en la cabeza.
Odin es el perro del doctor. No sé la raza. Creo que él tampoco. Es grande, es un perrazo que suelta pelo y baba en proporciones variables pero siempre abundantes. Emilia la portuguesa y Odin no se llevan demasiado bien. Porque la primera no da abasto a recoger pelos de los lugares más insospechados de la casa y porque Odin tiene un olfato excelente para las buenas y las malas compañías. A las buenas compañías no tiene que trabajárselas para dar un paseo, así que Emilia no le gusta porque no es un reto para él.
Odin desaparece de casa por semanas enteras y entonces Emilia es feliz. Limpia con la sana idea de que el perrito jamás volverá. Consuela al doctor como si el huido fuese su madre y como si se tratara de una huida al otro mundo. Pero Odin siempre vuelve. Por eso creo que al doctor no le hacen ninguna falta los consuelos de la chica. Pero no le va a quitar la ilusión y se deja.
Elvirita es un personaje difícil. No está en plena adolescencia, está en eterna adolescencia. Un poco porque se hace la interesante sin serlo, la pobre, un poco porque siempre va a juntarse con los mayores y un poco porque no deja de soñar y soñar cosas que no quiere, ni por asomo, que salgan de ese estado platónico que son sus sueños sin realidad. Tiene algo así como veintinueve años pero no sé si ella lo sabe del todo. No sé si se da cuenta de ello. Hace muy buenas migas con Emilia. Para ella Brasil y Portugal están como quien dice, a tiro de piedra. Como que son una misma cosa. Y aunque haga siglos que dejó de ser así, trata a la chica como alguien alucinante, exótico y con todo un mundo por descubrir.
Razón no le falta porque Emilia la portuguesa, como cualquiera, es todo un personaje. En ella se puede ahondar hasta el infinito, casi. Pero la cuestión es que el exotismo que Elvirita cree que habita en Emilia es el del calor, los carnavales y las playas del Brasil. No termina de encajar que su clima, sus fiestas y sus costas son tan parecidas a las de Galicia o Huelva que casi ni se nota la diferencia.
A Elvirita no le gusta especialmente el trabajo de su padre; El doctor Gárgolas es su padre. Cree que sale cada tarde del hospital con tuberculosis hasta los codos para dar y regalar en el bar, en la zapatería, en el metro y en casa. Nada más lejos de la realidad, aunque se le conozca por el sobrenombre de infeccioso Gárgolas. Ella, al pie de la letra.
Decíamos que no tenía cuentas pendientes. No las tiene. Tampoco en su trabajo. Delicado e importante. Trata a sus pacientes como si fueran uno más de la familia. Eso pensaría cualquiera al verle recomendando un hábito de vida, al verle colocar una almohada bajo los riñones de algún encamado o abrazar a un padre que se ha enterado de la noticia. Eso no evita que algún destemplado familiar le pida explicaciones por todo. Le saque los colores en medio del pasillo de la planta cuarta o le griten, incluso, de vez en cuando, cuando por error se cuela el pánico de una habitación a otra. Pero él sale airoso de casi todo. Y si el de enfrente, con todo, no se lo permite, él lo arregla perdonando a su prójimo, que no sabe lo que hace. Así que tampoco tiene cuentas pendientes con ellos.
Porque, volviendo al tema de antes, ni por un instante se le ocurre pensar que no le ha dado una buena educación a su Elvira. Ella es así, plana, sin más ideas en la cabeza que media docena. Pero eso estará en los genes o en la predisposición natural pero no en la educación. De eso está convencido, aunque en sus años de universidad estudiara algo de psicología, algo de genética y algo de otras cosas, que le hace tener que reconocer, en lo más profundo de su ser, que un poquito más de caso si que podía haberla hecho en sus años más tiernos.
Tal vez por eso Elvirita sigue siendo así, tierna. Para darle una nueva oportunidad a su padre. Siempre está en casa. Trabaja de vez en cuando, pero si le duele la cabeza… a lo mejor no va. A lo mejor es mejor quedarse en casa. Por eso debe ser que le duran poco los trabajos. Y como infeccioso mantiene y Emilia la portuguesa limpia, todo arreglado.
Dicho esto os extrañará tanto como le extrañó a él, hombre de brillante bigote, que en el mostrador de admisión de este hospital hubiera un sobre para él. Bueno, me refiero a un sobre de las características de ese sobre. Bajó a la cafetería desde su cuarta planta una mañana, a las 10:50 un poco pasadas. Que el ascensor fino, lo que se dice fino, no está últimamente. El caso es que pasó por el mostrador. Varios teléfonos sonaban a la vez. Alguien cogió uno. El resto, dale. Su mano buscaba en el bolsillo cien pesetas y dos monedas de veinticinco. Suficiente para un café con churros en quince minutos y a la cuarta planta de nuevo. Pero alguien le llamó. La chica del mostrador, Montse.
(continuará... ir a la segunda parte)
viernes, 3 de junio de 2011
Visite nuestro bar
¿Han estado alguna vez al otro lado de la barra de un bar?
¿Han trabajado como camareros (digo con nómina)? (hay algunos cocineros con mala uva que les llaman transportistas) ¿han estado metidos hasta las cejas en la fiesta de su facultad? ¿han colaborado en el descanso del Cine Forum de su parroquia? ¿han estado situando la manguera de cerveza frente a las bocas sedientas de las fiestas de su pueblo? ¿han tenido que hacerse invisibles en una importante comida de estado? ¿han recorrido kilómetros dentro del chiringuito de la playa de ese verano memorable? ¿han servido unas bravas con una mano mientras con la otra sujetan el cigarrillo (mejor si es Ducados) que necesita desesperadamente unos golpecitos en el cenicero? ¿Han atendido a la llamada de unas palmas?
Entonces... sí, han estado alguna vez al otro lado de la barra. Y si es así sabrán que la linea imaginaria que divide los dos estados -el de cliente y el de servidor de ustedes- es como el espejo de Alicia; al otro lado hay un mundo maravilloso.
Para el cliente, ese que disfruta apoyándose sobre la piedra, la madera o el acero del mostrador, mientras refresca el gaznate, caza aceitunas con un mondadientes o se mantiene firme ante la venerada presencia de su Larios con tónica, para ese, hay tras la barra sirvientes o servidores de muy distintos colores.
Pero se han preguntado alguna vez ¿cómo ve un camarero a los clientes? ¿Cómo distingue entre el servilletero y el rodal de una cerveza a la que le llegó tarde el posa vasos, qué manos sujetan el vaso que da la alegría a su dueño? ¿Sabe el parroquiano de la tertulia del dominó de los domingos que al otro lado del burladero al que se acerca a por su café con gotas (de Magno) existe un ser que le vigila?
Si, dentro de cada barra hay un ser -al menos uno- que permanece al acecho. Ustedes pueden verle siempre dispuesto, servicial, amable y sonriente. Es una persona que escucha, que sabe lo que ustedes quieren, que entiende a quien tiene enfrente.
Y por supuesto que todas estas cualidades están presentes, más o menos, en la mayoría de los seres que pueblan el territorio del otro lado de la barra.
Pero además de todo esto está presente una disciplinada voluntad de clasificar a todo bicho viviente que se acerca al mostrador siquiera a por un humilde vaso de agua.
Sí, el ser de detrás de la barra, bajo su chaleco, tras su pajarita, detrás de la penúltima botella, oculta en un ladito de la cafetera, disimulada entre las copas, tiene, en algún recóndito lugar, del bar o de su mente, una lista de perfiles de clientes. Una catálogo de especímenes, un vademécum de comportamientos de parroquianos, un álbum de las imágenes más recordadas de esas horas de trabajo, una biblioteca de historias de personas.
Ahora vuelvo a hacerles la misma pregunta que al principio; ¿Han estado alguna vez al otro lado de la barra de un bar?
Si no han estado “al otro lado” el tiempo suficiente y con la mirada adecuada, entonces es inútil que hurguen entre sus pertenencias, que hagan uso de un bastoncillo para los oídos o que tomen pastillas para la memoria. Sepan que NO darán nunca con ese material que custodian los camareros.
Mas por azares de la vida, eme aquí que yo, ávido aventurero, he conseguido recopilar un sinfin de tipos de gente de de esos que habitan “a este lado de la barra”. No, no de los que tiran cerveza sino de los que se la beben. No de los que fríen la panceta sino de los que llenan su panza; tipos de clientes.
Y haciendo uso de mis facultades y de mi blog, aquí pienso compartir ese material con ustedes.
Próximamente conocerán el número uno de la clasificación. Es una especie muy común en la península Ibérica. El nombre vulgar con el que se conoce es: “¿Por qué dices tengo prisa cuando quieres decir tengo hambre?
Nos vemos en los bares.
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