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jueves, 22 de agosto de 2013

Toda tierra es sagrada

“Toda tierra es sagrada si en ella descansa el cuerpo de un alma noble y bella”
Este es el epitafio de una de las lápidas que he visitado esta mañana. La casualidad, o no, ha querido que en mi paseo matutino con mi primogénito anduviésemos por la avenida de Daroca (en Madrid, España) y de pronto me encontrara entre los muros de un cementerio y otro; El cementerio del Este conocido popularmente como de la Almudena, y un apartadito de este mismo que se construyó para quienes no profesaban por aquél entonces el credo católico.

El caso es que adentrándome entre los singulares personajes que allí habitan y viendo nombres y recuerdos, fechas y esculturas, unas cuantas cosas me han llamado la atención. Una de esas cosas casi me hace titular esta entrada con desalentadoras palabras, algo así como “El cementerio del resentimiento”.

Y es que en el recoleto mausoleo que nuestro presidente Francisco Pi y Margall adquirió allá a principios de siglo XX, después de bellas palabras que glosaban todos sus quehaceres en vida, la piedra estaba rematada por unas palabras de lo más cenizas;
“¡España no habría perdido su imperio colonial de haber seguido sus consejos!”

Yo no sé si él mismo encargó al marmolista estas palabras. Si lo hizo su afligida esposa o sus afligidos diputados. Y tampoco digo que no fuera cierto el aviso. Pero yo lo he visto hoy ciento doce años después y pienso que, bueno, que el estupendo imperio colonial que teníamos, pues verás, que... antes o después... Vamos que hoy en día no tiene colonias, así grosso modo más que Francia, Inglaterra y los EEUU, y para no dejar de ser más chulos que un ocho, no por otra cosa.

Pero que no quiero hablar de las colonias. Que lo que quiero decir es que bueno, que digo yo que ya está la eternidad para poner las cosas en su sitio ¿no?

Por eso al final he querido titular esta entrada como lo he hecho. Y es una lástima que no haya sacado una instantánea. Que aquí en vida le ponemos nombre, etiqueta, categoría, frontera, departamento, muros, clasificación, … a todo bicho viviente y sin embargo al final, y cuando digo al final me refiero al final del todo, toda tierra es sagrada si en ella descansa el cuerpo de un alma noble y bella y no hay más que hablar.

viernes, 22 de febrero de 2013

Me cambio de Coca - Cola (Visite nuestro bar III)

Madrid. Última década del pasado siglo. Estamos junto a la barra de un bar–restaurante cualquiera. Hemos entrado ahí, como cada mañana, a tomarnos un bocadillo de lomo y queso y una caña. Todo está en orden. Junto a la entrada la máquina tragaperras, sin nadie que la atienda, emite musiquitas de vez en cuando. Sobre ella un televisor bien grande da el programa de salud de todas las mañanas. Son las once o las doce. Algunos de los habituales en la barra o en las mesas. Los desayunos hace rato que terminaron y los camareros se afanan en recoger antes de que llegue la gente que hace un descanso, como tú que has entrado a tomarte tu bocata. Y a prepararlo todo para el menú del día. 
Pero la puerta se abre. Entra un señor. Vestido con pantalón azul oscuro con sus brillos. Chaqueta también azul muy oscuro y en el bolsillo bordado el logo de una famosísima marca de refrescos de cola. Ha llegado el preventa. Ese hombre que recorre todos los bares de su zona, día tras día, y anota en su libreta lo que al día siguiente se convertirá en una columna de cajas de refrescos en tu almacén. 
Pero hoy no va a ser el día de suerte del hombre de los brillos. Porque detrás de la barra el ambiente está que echa humo. La semana anterior se había cometido un error en el pedido y los almacenes del bar–restaurante están bajo mínimos. Además el repartidor dijo que no se iba, aunque el pedido estaba mal, mientras no cobrara. Y uno que tira, y otro que afloja. Y había transcurrido la semana y de nuevo llega el preventa, con refrescantes intenciones y nada más entrar y acercarse a la barra aparece una mujer detrás –la cocinera- que le dice que no se qué, que no se cuánto y que a que vienen esas exigencias y por fin, para entretenimiento de los parroquianos allí concurridos, suelta la frase que da título a esta entrada. ¡Me cambio de Coca – Cola! 

Qué pensó el preventa, no lo sé. Aunque puedo imaginarlo. Pero aquí no se dicen palabrotas. Qué pensaron los clientes, lo ignoro. Pero el caso es que el tema daba de sí para comentarlo dos días más. Pero lo que tu piensas, ahí, tan cerca de la tragedia y con tu lomoqueso entre las manos, es si has oído bien o no. 

Señora, qué quiere que le diga -dice el antedicho preventa- yo no puedo hacer nada, pero usted verá... 

Hay nervios e improperios que no salen de los labios. Hay miradas. Hay silencio entre las mesas donde hasta hace un momento se hacían conversaciones. Cejas arqueadas, manos sudorosas. Se discute, se sofocan. Se escucha al doctor Sanchez-Ocaña dar consejos por la tele. Y al final el preventa se va. El caso es que se va. La cocinera vuelve a su cocina. Y tu, que arrugas la servilleta después de haberle dado el último mordisco a tu bocata, lo has visto todo. E ibas a pagar pero te esperas, no vaya a ser que te pierdas algo. 

Por fin, cuando las aguas han vuelto a su cauce y la vida sigue tras el espectaculito, una cabeza tímida y temblona se asoma por la puerta del pasa a la cocina. Es el camarero el que se asoma y le dice a la cocinera, aún sin aire; 

Pero mujer, como le dices eso. ¿No ves que no hay más tu tía que seguir con estos? ¿Que no hay otra Coca-Cola? 

¿Cómo que no hay otra Coca-Cola? 

Que no la hay, como lo oyes.

domingo, 27 de enero de 2013

Una tarde Charada

Hará unas semanas, una tarde de invierno, llegaba a casa después del trabajo. De vez en cuando me gusta salir a la terraza a pasar revista a las plantas. Ver cómo les va. El jazmín sigue para arriba, el rosal parece un poco pocho, el romero ahí está; Una pequeña dosis de contacto con la tierra. La que no está asfaltada. 
Y así hice aquella tarde, hace unas semanas. Salí al balcón a ver como se convertían en marrones las hojas verdes. Dejé las llaves, el teléfono y lo que llevara en los bolsillos al entrar en casa. Fui directamente al balcón -en mangas de camisa, subrayo- , abrí la puerta, la atravesé y la volví a cerrar. 

Estas cuatro últimas palabras son las que dan pie a esta historia. La volví a cerrar. Así que allí estaba, esa tarde de invierno, que ahora era un poco más fría que hacía un segundo, encerrado en el balcón de mi casa. Sin poder volver adentro. Sin el abrigo, sin teléfono. Sin demasiado tiempo antes de que se hiciera de noche. Al fresco. 
¿Opciones? Muchas. Pero todas un poco locas. Podía saltar a la calle -mi piso es un segundo- Pero esa es una opción que contemplo ahora, en la comodidad de la escritura. En ese momento ni harto de vino. Podía gritar, como un demente, para pedir auxilio. Pero -cosas de la vida- la vergüenza podía más conmigo que las ganas de volver a entrar a mi salón. Además -pensaba- qué le digo a quien me haga caso; “verá, es que he decidido encerrarme en el balcón pero quiero volver a entrar. Suba usted y reviente la puerta de mi casa, porque yo no le puedo dar las llaves y mi señora y el niño están a unas cuantas paradas de metro de distancia”. 
Podía, por último, ver cómo salir de allí sin rasguños ni la ayuda de terceros. Y ahí estaba la solución; saltaría a la ventana de al lado, deslizándome por la cornisa y sujetándome a la tubería que baja por la fachada; como en las películas. 

Así que tanteé el terreno, me armé de valor. El valor que me daba el frío que estaba pasando y el miedo a llegar tarde a la cita que tenía más tarde. Examiné el borde del balcón, examiné la ventana de la habitación de al lado, abierta afortunadamente. Examiné la resistencia de la tubería del desagüe para aguantar mi peso. Examiné la distancia, la altura que, aun siendo sólo dos pisos, me daba vértigo pensando en caerme y partirme la crisma por hacerme el Cary Grant autosuficiente. 
Examiné, por último una bicicleta y un tendedero que me ofrecían múltiples posibilidades para tender un asidero en el vacío y, ya no se ni cómo, en menos de dos minutos después de prepararlo todo, mi trasero estaba firmemente sentado en el alfeizar de la ventana de al lado; ¡prueba superada! 

Al pisar tierra firme de nuevo y dar gracias al Altísimo por haber salido ileso de la aventurita, sólo se me ocurrió una cosa; Que sólo la realidad supera a la ficción. Y que lo que había visto en decenas de películas -la típica escaramuza de una ventana a otra del hotel- podía hacerse realidad en cualquier momento inesperado de mi vida. Así fue. 

Y si no encuentras excusa para hacerlo; si nadie te persigue o no tienes motivos para querer espiar en la ventana del vecino. Si tus divertimentos de ladronzuelo no llegan a tanto, no tienes por qué esperar la ocasión. Haz como yo, querido lector; Abre la puerta corredera de tu balcón, atraviésala y vuelve a empujarla hasta oír un clic. Así ya estarás satisfactoriamente encerrado en tu propio balcón. Ah, y no olvides dejar dentro llaves, teléfono o cualquier otro artilugio del día a día que pueda ayudarte a escapar de la situación. ¡Que lo disfrutes!

jueves, 19 de julio de 2012

Por una fresquilla madura


La cosa comenzó sin importancia. Una fruta demasiado madura. Un señor demasiado maduro. Igual: gases por doquier.
Pero nada, menuda mañanita llevo, tengo que estar aguantándome y otros pensamientos íntimos que Javier, el señor maduro, solo compartía consigo mismo. El caso es que esperanzado, ahuecaba los cachetes en cualquier descuidado y aquí paz y después gloria. Esto se pasa, quizá un arrocito. Y listo.
Sí, si. Listo estaba el señor Ataulfo, de nombre Javier. El señor maduro. Listo estaba si pensaba que eso en una mañanita se esfumaba.

Paso una tarde, paso una mañana; día segundo. Las flatulencias de inspector de hacienda, el señor Ataulfo de nombre de pila Javier, eran más y más elocuentes y dicharacheras a medida que nuestro querido señor maduro iba viéndose en situaciones más y más cercanas al resto de los presentes.
Por ejemplo en el ascensor del ministerio. Que en esa situación parece que te imaginas a tu compañero con corbata hasta en la playa y resulta que vas y ahuecas el cachete. Don Javier Ataulfo lo hizo y el espesor de su nausea, alcanzó cada rincón, cada botón cada techo, suelo y narices, gargantas que portaba el ascensor.
Resultado: deportado. Porque si lo haces con sigilo, todavía puedes salir airoso, si es que aire aún queda, del dramático ascensor. Pero flatulaba sonoro el caballero y en tan íntimo habitar nadie se puede escapar.
Pero bastó un dedo ágil que pulsó el botón más próximo. La puerta se abrió. Se abrió un tácito pasillo con Ataulfo al fondo y un paso, otro paso, tres cuatro sus pies se encontraban en espacioso rellano. Así terminó el asunto.

 Pasó una tarde, pasó una mañana; día tercero. Y vio Javier, hombre respetable, como en su casa querían hoy comer en la cocina y no en el salón y dijéronle a Javier. Anda cariño mira, empieza el telediario. Tu te quedas, que te gusta. Los niños y yo nos vamos a comer junto al fogón.
 ¿Que por qué? Ya lo sabréis. Porque el padre de familia, no posaba en el sillón todo el culo de una vez. Alternaba los cachetes, para hacer ventilación. Que en casa uno lo consiente. Pero cuando el aire falta, cuando el mareo se siente. Cuando hay gas, asfixia, llanto. Entonces hay que hacer algo. Hay que aislarle en su salón. Y el niño que sale y cierra. Come, se va a la plaza, ha quedado, y les dice a sus amigos: Con mi casa no contéis. Mi padre se tira pedos y los unta en el parquet. La consola que tenía, huele al pedo de anteayer. Los tebeos de mi tía, son la muestra de una traca y las bicis se pincharon con la Cosa de hoy mismito.
Y ahí dejamos a un crío que tenía admiración. Por su padre, por sus cosas. Ahora siente desazón. El sentimiento se ahoga entre tanto pim pam pom.

Pasó una tarde, pasó una mañana; día cuarto. Don Javier ya ha perdido su familia y su ascensor. Le quedan aún amigos. Cerveceros y dormidos, que le siguen su canción. Así que en el bar los haya. Estrecha sus manos. Pide botellines. Saca la baraja y comienza la fiesta. Están los cuatro en la mesa, hay partida. Y de los cuatro sentados uno se inclina, disimula. Pero se inclina, no creas. Y de su inclinación resulta un sonido acompañado de un gazpacho sublimado. Le increpan abiertamente. Le dicen que no hay derecho. El, que sufre de lo suyo, pide clemencia y auxilio. Pero casi sin notarlo escora hacia el otro lado suelta un bull dog gasificado y dice “yo ya he tirado”. Encima con guasa nos viene, dice el que sufre a su lado. Que se refiere a las cartas, pero creen que es demasiado.
El otro vuelca la mesa. Hay disputa y gran despeine. Acaban los platos rotos y los amigos desamigados.
Ataulfo, propulsado, sale del local mas bien cabizbajo. Quién le queda. Quién le quiere. Quién sin nariz suficiente, podrá estarse a su lado.

Paso una noche, pasó una mañana; el día quinto. Ya no hay sentido. ¿Qué hacer? Se pregunta don Javier. Resta gente con los dedos y se queda sin las manos. Nadie le queda en el mundo que comprenda su pesar. Que le pesan, no hay duda. El los tiene que soltar. Los odiaría sin miedo si el síndrome de Estocolmo no le viniera a visitar. Que en su soledad. Sólo él con su efervescencia, ama cada día más. Ama aún sin saberlo esa cosa que se cuela entre sus narices grandes. Ese unte, ese aroma. Ese recogimiento íntimo que uno puede disfrutar. Que nunca nadie lo admite, pero gusta de verdad.
Quiere decirlo en la red. Publica una página a la que llama el “Aroma de J. Ataulfo”. Cree que si hay tierra de por medio, que si el sitio es internet, nadie querrá desearle apartarse cuando ahueque.

Pasó una noche, pasó una mañana; día sexto. Y se levanta Javier de dormir en el somier de la pensión Doña Esther. Se lava un poco, se peina. Ya no es inspector de hacienda. Enciende el computador y ve en su contador mil visitas de una vez. Las lágrimas corren, tropiezan con su sonrisa. Está emocionado, tiembla. ¡Le quieren en internet! Le preguntan, le saludan. Le animan y le escriben. Piensa en montar una empresa de pedos bajo pedido. Tiene gracia hasta la idea. Pedos bajo pedido. Le suenan bien las palabras. Las cuelga en su nueva web.
Revientan el servidor las peticiones a Javier. Tiene que soltar sus gases y le pagan para oler. Tiene quincemil pedidos y los tiene que atender.

Pasó una tarde, pasó una mañana; el día séptimo.
Y quedaron concluidos para este día todos los pedidos. Javier, rendido y contento, vuelve a la misma pensión que ayer. Deja el portafolios. Duerme. Y sueña con el parné. Cuando despierta lo cuenta; Ha ganado lo de un mes.
Se imagina su futuro, tendrá pronto un aprendiz. Hay que satisfacer a todos y le falta tiempo y gas.
Pero le entra hambre y sale a una tienda a comer. Pide unas lonchas y pan. Un refresco y al hotel. Sentado en su cama traga el flatulante Javier.
Está contento. Sonríe. Entre sonrisa y sonrisa sale como una coz, un ruido. Es de Javier “el aireado”. Que aprovechando sus dones quiere diversificar el negocio del oler.

viernes, 30 de marzo de 2012

Un viaje contra el tiempo


Era verano. El penúltimo verano del siglo. Recuerdo que debía haber comenzado ya agosto cuando el motor Diesel de la que esos días sería nuestro coche-cama, arrancó rompiendo el silencio de una mañana de inmediato calurosa en la sierra Segoviana.
Cinco expedicionarios componían el grupo. Objetivo; alcanzar la linea 0 de un acontecimiento que la hemeroteca conserva para las generaciones venideras. El Eclipse total de Sol del 11 de agosto de 1999.
Por qué el camino nos condujo hasta Santiago, eso no lo recuerdo bien. Pero era año santo y tal vez eso nos atrajo hasta el “campo de estrellas” antes de emprender viaje hasta más allá de la ciudad de París. La linea 0 cruzaba de sureste a noroeste Europa y la ciudad de Reims estaba justo enclavada en esa linea.
Como cita la wiki “La zona de penumbra fue desde el Este americano hasta Asia central, la banda de sombra total, se vio sobre las 11 h UTC en Terra Nova, Cornualles, el Condado de Devon, el norte de Francia, el sur de Bélgica, Luxemburgo, el sur de Alemania, Austria, Hungría, el norte de Serbia, Bulgaria, el Mar Negro, Turquía, Irán, el sur de Pakistán, India hasta el Golfo de Bengala.”
Así, la costa cantábrica nos vio remontar el Camino de Santiago, sintiendo la extraña sensación de despreciar el cansancio de los miles de peregrinos a los que saludábamos desde la ventanilla. Pasando la noche en el alto del Naranço (quiénes lo conozcan sabrán lo enojoso del asunto) Despertando el día en medio de un mercadillo o descubriendo la playa de Zumaia.
Y llegamos a la frontera. En San Sebastián, justo antes de cruzar la linea, uno de nosotros terminó su viaje y volvió al centro de la península. Solo los años le dirían que los exámenes de septiembre no son razón suficiente para dejar a medias un viaje contra el tiempo...
E igualmente contra el tiempo cruzamos tierras galas hasta llegar al departamento de Ille de France. Llegar, ojear un poco esa ciudad a la que llaman París y continuar camino hasta perdernos en una lengua extraña entonces para nosotros. Un idioma que a nuestro entender se merendaba la mitad de las letras de cada palabra y a las que no se comía les daba de comer patatas cocidas o algo así y entonces se ponían gordas.
Algo impronunciable se escondía detrás de la sencilla palabra que nombra a la ciudad de Reims.
Así que dando vueltas por la Champaña creíamos que después constatar que no habría aventureros tan fugaces como nosotros, íbamos a llegar tarde a esa cita con la noche a medio día.
Por fin a eso de las 10 de la mañana rondábamos las calles de la ciudad, que se había vestido de largo para cuando el cielo se escondiera tras las estrellas.
Frente a la catedral de Nuestra Señora de Reims, una cantante de ópera esperaba a la oscuridad.
Y de pronto, sin que nada sugiriese que podía ocurrir, en pleno día anocheció. Ante nuestros ojos, como si estuviera previsto las farolas, los escaparates, se encendieron para iluminar como cada noche. Las palomas buscaban su dormitorio. El viento, desprevenido corría a su lugar para que hubiera atardecer, pero ya era noche cerrada. Se prendieron las estrellas, la opereta cantaba, cayó la temperatura... Y este párrafo solo se puede cerrar diciendo que el velo del templo se rasgó en dos.


Fue un viaje curioso. Fugaz, como las estrellas. Fugaz, como el eclipse. Fugaz, como el cuentakilómetros.
Al día siguiente la noche, la de verdad, nos esperaba en nuestro final del viaje; el que había sido nuestro principio.
Junto a la furgoneta que nos había dado cobijo esos días fugaces de aventura, sobre la arena del suelo nos dormimos. Al despertar esa mañana volvimos de nuevo a los días que tienen veinticuatro horas. Volvió el tiempo a ser el que era.

domingo, 26 de febrero de 2012

Cambiar el mundo


Después de comer, y después de cerrar los ojos un poquito en esta tarde de domingo, a comenzado en la tele una peli. Una de tantas que comienzan a mediodía y que, muy, muy buena tiene que ser para soportarla a pesar de las innumerables interrupciones para darnos a los telespectadores unos “consejos publicitarios”. A mediodía es peligroso ver una película un domingo porque puede que esté basada en hechos reales y entonces, ya no hay nada que hacer. Deberías dejar de verla inmediatamente en cuanto una voz masculina, seria y potente enuncia el título, pero no puedes. Te quedas enganchado ahí a tirar por la borda una dorada tarde de domingo.

Pero esto es algo de lo que podemos hablar en otra ocasión.

En esta ocasión hablo de una película que no te hace perder el tiempo, sino más bien al contrario. Habría sido mejor verla en el cine, en pantalla grande, palomitas grandes y un sonido espectacular. Pero más vale tarde que nunca.

Después de verla he pensado, una vez más, en la posibilidad de cambiar el mundo.

Cambiar el mundo. Es una expresión tan tremendamente usada y grande, que da un poco de pereza sólo escucharla.

Me he puesto a echar cuentas. La tierra tiene algo más de 510 millones de kilómetros cuadrados. Afortunadamente solo 148 millones de kilómetros son de tierra. El resto es agua y no hago pie casi en ningún sitio, así que me limitaré a conocer solo la tierra.

Yo, que soy ahora joven y buen mozo -que diría mi abuela q.e.p.d.- podría andar diariamente unos 30 kilómetros si me pongo un poquito en forma. Pongamos que tengo quince años -cosa que no es cierta- y que mañana lunes comienzo mi camino por el mundo. Podría recorrer esa distancia diaria y hacerlo hasta los sesenta y cinco. Voy a darme cinco días libres al año. Para contemplar el paisaje, celebrar la Pascua, coger algún resfriado y renovar el carné de identidad.

Como voy a ponerme en marcha mañana por la mañana, con la fresca, creo que el 27 de febrero del año de nuestro señor 2062 habré recorrido, si no hay contratiempos, aproximadamente 540.000 kilómetros (¡ojo! lineales, no cuadrados).

Una vez haya concluido mi paseo por el mundo habré recorrido el 0,36 % de la superficie terrestre. Esto haciendo la loca concesión de que fuera lo mismo un kilómetro cuadrado que uno longitudinal.

Y os adelanto que con tan solo 260 personas con la misma disposición que yo -es decir, dedicar cincuenta años de su vida a andar sin pasar dos veces por el mismo lugar- nos repartiéramos el mundo, conseguiríamos recorrerlo por completo. Teniendo en cuenta que la esperanza de vida media mundial actual es de setenta y ocho años, tendríamos aún unos trece años para que cada uno compartiera lo que ha visto en sus kilómetros recorridos y empezáramos a planificar, desde ahí, cómo cambiar el mundo.

Si ninguno de los 260 exploradores morimos antes de lo previsto, para el año 2075 tendremos listo un informe completo de como está el mundo, para iniciar actuaciones de cambio. Pero vamos a ser optimistas y conceder que hay grandes superficies de terreno que no necesitan cambio, pues son lugares en los que no habita el ser humano y están bien como están. Así que calculo que podríamos adelantar el final de nuestro informe para el año 2071. A partir de ahí deberíamos pensar en nombrar a un equipo de especialistas que, basándose en nuestro informe, comenzara la elaboración de actuaciones concretas para lograr cambiar el mundo.

Haciendo una aproximación creo que este equipo de especialistas necesitaría al menos veinte años para llevar a cabo la planificación completa del proyecto de su parcela concreta (de unos 540.000 km2) Así que para el año 2091 podríamos comenzar a ejecutar los proyectos, que al estar pensados para una extensión de terreno bastante considerable, serían proyectos que requerirán al menos treinta años para su implantación y otros 30 para su consolidación.

Así que con todas estas cifras, el glorioso año de 2151, habremos cambiado el mundo. Eso despreciando la pequeña posibilidad de que entre el año 2012 y el 2151 cambie algo en el mundo, y si no surge por ahí ningún contratiempo.

¿Qué os parece mi plan? No se. Pensadlo. A lo mejor se puede. ¿No?

Ya me contaréis. De momento, para que os sirva de inspiración otra idea, os recomiendo esa película de la que hablo y que hoy me ha hecho pensar en cambiar el mundo...

viernes, 2 de septiembre de 2011

Guardad bien el secreto (verano de 2010)

Las doce del mediodía. Asomo mi cabeza por la ventanilla del vagón, maravillado como un niño que monta por primera vez en tren. Hemos salido de Budapest hace más de una hora y aún falta más de otra hora larga para llegar al lago Balaton. Eso es lo que vamos a tardar en recorrer una distancia de ciento treinta kilómetros. Viajando en tren por aquí uno viaja en el tiempo, por las distancias, por el medio de transporte y porque además todo es tan comunista... Placas del fabricante del tren, gigantes estrellas doradas en cada estación, instrucciones en ruso... recuerdan que hace veintiún años los húngaros vivían bajo la alargada sombra de la U.R.S.S. A cada paso la hierba crece entre el bloque. Esa hierba que solo crece cuando nadie la vigila. Los cambios de agujas los hace un hombre con mono azul, trabajador de la compañía ferroviaria por un montón de Florines.
¿Qué ha pasado aquí?
No lo se. Estaré aquí apenas diez días y no se si sabré en ese tiempo entender qué ha pasado aquí. Y tengo miedo de acercarme a las páginas de historia, de papel o digitales, porque estoy un poco afectado por esa idea de creer que todo lo impreso es palabra de Dios.
Pero mientras voy en este tren hacia Balatonfüred estoy haciendo otro viaje en el tiempo (bueno, los viajes son siempre en el tiempo) junto a mi mujer y junto a un hombre que pensó en lo que leo mientras la locomotora diésel tira como puede del vagón de tercera en el que vamos. Ortega y Gasset -el hombre al que leo- pensó en lo que solía decir en privado Hermann Weyl. Algo así como que si diez o doce físicos de su momento murieran de manera súbita, se perdería una parte importante, si no toda, del avance en física de ese momento. Y decía -decía el español, no el alemán- que no nos damos cuenta de la gratitud que debemos a muchos hombres del pasado (vamos construyendo la historia) porque nacemos dando por hecho que todo lo que existe y nos rodea casi forma parte de la naturaleza. Parece que existe desde siempre y como por generación espontánea.
Y levantaba la vista mirando al compartimento enmoquetado del tren. Mirando la figura de mi mujer, sobre ese asiento desgastado que parece un anacronismo bajo ella. Mirando a través de la ventanilla al exterior. ¿Qué ha pasado aquí? Parece que esos diez o doce hombres clave -físicos, ingenieros o matemáticos- han desaparecido de manera súbita, como podía temer Weyl (sobre todo si se consideraba uno de ellos). Parece que alguien les dijo a esos hombres “guardad bien el secreto”.
A cada paso, aquí o en Nueva York, la hierba crece entre el bloque. Esa hierba que solo crece cuando nadie la vigila. Y si queremos que no crezca la hierba donde creemos que no debe crecer... debemos vigilarla. Cada día, en una buena parte del mundo, luchamos para que las aceras perfectas de las calles y la electricidad perfecta de las lámparas parezcan algo que forma parte de nuestra naturaleza; parezcan Naturaleza. Y cada día en esa parte del mundo tenemos que estar más pendientes para no perder esos secretos que hacen tan sofisticado nuestro mundo y que cada vez son más y más numeritos y fórmulas más y más complicados y más y más vitales para nuestro mundo. Y cada vez más, para que ni una brizna de hierba crezca donde no tiene que crecer.
Y más y más nos olvidamos de esa tremenda gratitud que debemos a los hombres del pasado. No porque haga falta un homenaje, una calle o una estatua a esas personas. Tal vez, porque hace falta recordar. Que según hemos construido nuestra historia, hemos construido nuestro mundo para parecer más invencibles.
Pasados esos diez días he vuelto a mi ciudad, y montado en el suburbano veo las caras de la gente pasando hechas garabatos del día. Caras a las que no les importa nada que no exceda de los límites de su piel si no es vía USB. Y me he asustado un poco viendo como unas manos manejaban sobre la pantalla de una agenda o similar fotos, menús e iconos. Parecíame que volvía a escuchar la voz del pasado que le había dicho a aquellos sabios “guardad bien el secreto” y aqui somos peces entre un mar de Cosas que no sabemos de dónde vienen ni por qué han venido.