En 2020 todavía nos quedarán 5 años para terminar de pagar la deuda de armamento contraída "ayer " por España. ¿Te apuntas?

viernes, 3 de junio de 2011

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¿Han estado alguna vez al otro lado de la barra de un bar?
¿Han trabajado como camareros (digo con nómina)? (hay algunos cocineros con mala uva que les llaman transportistas) ¿han estado metidos hasta las cejas en la fiesta de su facultad? ¿han colaborado en el descanso del Cine Forum de su parroquia? ¿han estado situando la manguera de cerveza frente a las bocas sedientas de las fiestas de su pueblo? ¿han tenido que hacerse invisibles en una importante comida de estado? ¿han recorrido kilómetros dentro del chiringuito de la playa de ese verano memorable? ¿han servido unas bravas con una mano mientras con la otra sujetan el cigarrillo (mejor si es Ducados) que necesita desesperadamente unos golpecitos en el cenicero? ¿Han atendido a la llamada de unas palmas?
Entonces... sí, han estado alguna vez al otro lado de la barra. Y si es así sabrán que la linea imaginaria que divide los dos estados -el de cliente y el de servidor de ustedes- es como el espejo de Alicia; al otro lado hay un mundo maravilloso.
Para el cliente, ese que disfruta apoyándose sobre la piedra, la madera o el acero del mostrador, mientras refresca el gaznate, caza aceitunas con un mondadientes o se mantiene firme ante la venerada presencia de su Larios con tónica, para ese, hay tras la barra sirvientes o servidores de muy distintos colores.
Pero se han preguntado alguna vez ¿cómo ve un camarero a los clientes? ¿Cómo distingue entre el servilletero y el rodal de una cerveza a la que le llegó tarde el posa vasos, qué manos sujetan el vaso que da la alegría a su dueño? ¿Sabe el parroquiano de la tertulia del dominó de los domingos que al otro lado del burladero al que se acerca a por su café con gotas (de Magno) existe un ser que le vigila?
Si, dentro de cada barra hay un ser -al menos uno- que permanece al acecho. Ustedes pueden verle siempre dispuesto, servicial, amable y sonriente. Es una persona que escucha, que sabe lo que ustedes quieren, que entiende a quien tiene enfrente.
Y por supuesto que todas estas cualidades están presentes, más o menos, en la mayoría de los seres que pueblan el territorio del otro lado de la barra.
Pero además de todo esto está presente una disciplinada voluntad de clasificar a todo bicho viviente que se acerca al mostrador siquiera a por un humilde vaso de agua.
Sí, el ser de detrás de la barra, bajo su chaleco, tras su pajarita, detrás de la penúltima botella, oculta en un ladito de la cafetera, disimulada entre las copas, tiene, en algún recóndito lugar, del bar o de su mente, una lista de perfiles de clientes. Una catálogo de especímenes, un vademécum de comportamientos de parroquianos, un álbum de las imágenes más recordadas de esas horas de trabajo, una biblioteca de historias de personas.
Ahora vuelvo a hacerles la misma pregunta que al principio; ¿Han estado alguna vez al otro lado de la barra de un bar?
Si no han estado “al otro lado” el tiempo suficiente y con la mirada adecuada, entonces es inútil que hurguen entre sus pertenencias, que hagan uso de un bastoncillo para los oídos o que tomen pastillas para la memoria. Sepan que NO darán nunca con ese material que custodian los camareros.
Mas por azares de la vida, eme aquí que yo, ávido aventurero, he conseguido recopilar un sinfin de tipos de gente de de esos que habitan “a este lado de la barra”. No, no de los que tiran cerveza sino de los que se la beben. No de los que fríen la panceta sino de los que llenan su panza; tipos de clientes.
Y haciendo uso de mis facultades y de mi blog, aquí pienso compartir ese material con ustedes.
Próximamente conocerán el número uno de la clasificación. Es una especie muy común en la península Ibérica. El nombre vulgar con el que se conoce es: “¿Por qué dices tengo prisa cuando quieres decir tengo hambre?
Nos vemos en los bares.

viernes, 20 de mayo de 2011

Hoy estoy triste

Hace unos meses viví una experiencia que me entristeció profundamente. En esta experiencia, en la que había jugoso parné de por medio y al mismo tiempo sucesos que podían interpretarse de maneras completamente opuestas, una cosa sí quedaba clara; La falta de confianza. Me entristeció amargamente ver, escuchar, sentir, que El Otro no confiaba en mi y que ante una negociación se presuponía la mentira, el escondite, el lado oscuro. Y yo no podía hacer otra cosa que decir para mi -pues esas palabras era imposible que salieran en una discusión en la que El Otro hacía tiempo que cerró sus oídos- “aquí estoy, soy yo y no vas a encontrar nada más de lo que ves porque nada oculto” “y como esto no lo crees, más no te puedo dar.”
Y descubrí -a fuerza de aguantar el rimbombante discurso de El Otro- que en efecto él vivía en un medio en el que su modo de vivir o de sobrevivir era contar con la mentira aquí y allá. Utilizarla como herramienta e intentar utilizarla incluso como antídoto de la presunta mentira de los demás. O, peor todavía, de un súbito ataque externo de Verdad.
Aun no puedo dejar de considerar a El Otro como una persona indeseable. Sé que esto va contra mis propios principios, pero hoy por hoy el sentimiento es más fuerte que la razón.
Porque creo que a confiar hay que aprender confiando. Y confiar cuando alguien te ha demostrado su confianza, deja de ser un acto de fe en el de enfrente, que es precisamente lo que significa confiar -fiducia, fides, fe-.
Si, aunque esté de por medio el dinero. 
Hoy de nuevo estoy triste. Creo que por razones parecidas. Porque no confío en Los Otros. El problema añadido ahora es que si siempre que alguien defrauda mi confianza saco del bolsillo para recordarla la idea de que cada ser humano es distinto y merecedor de una oportunidad a cada paso, en esta ocasión ha sido un grupo demasiado grande, poco concreto y voluble como es la ciudadanía de Madrid. No me funciona la idea de que cada persona merece una oportunidad porque en esta ocasión Los Otros son casi todos.
Si no adiestramos a nuestro corazón para que confíe en lo pequeño. En una persona querida en la que el acto de fe casi sale solo, no podemos ir ensanchando, poco a poco, nuestra capacidad de confiar. Y si adiestramos a nuestro corazón para que permanezca alerta ante cualquier interacción con el exterior por si supone un ataque, no seremos capaces de regenerar nuestra capacidad de confiar.
Por eso, porque no confiamos en los que comparten nuestro pan y nuestro día, no podemos confiar en quienes comparten nuestro suelo y nuestras calles.
Por eso esa iniciativa que está consistiendo en salir a la calle a decir que ya está bien de ponernos las cosas difíciles. Decírselo a los que nos gobiernan y a los que tienen la intención de hacerlo ya no es algo auténtico, si es que lo era.
Dice la gente -esa que piensa que nadie mas en el universo es tan experto como ellos y suele tener la clave de todo- que esto es un montaje de unos o que si esto es espontaneo pero se están aprovechando los otros o que si en realidad son aquellos los que querían que bla, bla, bla, bla.
Y yo no me atrevo a creer ni descreer ninguna de las hipótesis porque no he estudiado Ciencias Políticas, ni Administración y dirección de Empresas, ni Sociología, ni Derecho, ni nada de eso, como al parecer deben haber cursado todos cuantos hablan.
Pero lo que si creo firmemente después de estos pocos días, es que las personas que hablan en la televisión, en la radio, en el periódico, en la pantalla del ordenador, en la pantallita del dichoso teléfono -táctil por supuesto, que mal rayo le parta- o mucho me equivoco y espero que así sea o en su mayoría no confían en el Ser Humano. Han olvidado qué bueno es confiar, compadecerse del que está a tu lado, creer en Los Otros.
Y no creo que yo sea ingenuo. Vamos, que casi me atrevería a decir que sé que no lo soy. Pero ante tanto listo suelto, es un peligro andar por ahí.
Por eso hoy estoy triste aunque no me sienta orgulloso de ello.

sábado, 14 de mayo de 2011

Qué pena de muerte

Al principio -recuerdo que estábamos viendo en casa otro programa- al ver en la parte de abajo de la pantalla del televisor que durante la noche emitían un programa especial sobre la muerte de Bin Laden, me pareció extraño. ¿Pero ha muerto? -pensé. No estaba yo muy al día de sus andanzas, la verdad.
A la mañana siguiente, cuando todas las emisoras de radio, todos los canales de televisión y todos los periódicos lo decían, ya no había duda. Desde luego que era una noticia de esas que le hacen a uno levantarse, acercarse al mapa mundi y decir “aqui, aquí ha sido.”
Habría tenido tiempo de hacer mis propias conjeturas y sacar las típicas conclusiones precipitadas de mi propia cosecha. De no ser por las siguientes palabras, dichas por Barack Obama a los ocho segundos de compadecer ante los medios de comunicación para explicar cositas; “Estados unidos ha dirigido una operación para matar a Osama Bin Laden.” Y punto pelota.
fragmento del testamento de Alfred Nobel
Así que no tuve tiempo ni de conjeturas ni de narices en vinagre. Para ahorrarme el trabajo ya estaba el presidente número cuarenta y cuatro de los Estados Unidos de América. Que me decía -que nos decía- que él en persona había dirigido una operación para matar a un hombre con barba y muy malo.
Hasta aquí, nada fuera de lo normal. El presidente de los Estados Unidos de América cree que es Dios y que es su obligación hacer algo para salvar a la humanidad. Bueno pues si el muchacho lo cree así, tal vez tenga razón. Porque según dice en esa misma compadecencia “su desaparición debe ser bienvenida por todos los que creen en la paz y en la dignidad humana.” Y como yo, por ejemplo, creo en la paz y en la dignidad humana, pues a lo mejor es eso, que el muchacho tiene razón. Porque además al parecer tiene con él trabajando a gente muy, muy inteligente. Tanto, que por ejemplo hay ciertos profesionales en su gabinete o entre sus Marines que saben con toda exactitud lo que es la justicia y lo que no, así que la buscan y la buscan incansablemente. ¡Y han dado con ella! porque el presidente les felicita por este resultado que es “el resultado de su búsqueda de la justicia” (minuto 7:37 de su alocución)
Y así pasaron las cosas. Y en las calles todo eran vítores, alegría y alborozo. Los presidentes de los gobiernos se felicitaban los unos a los otros. Gente de aquí y de allá respiraba aliviada. ¡El mundo era más seguro! ¡Qué bien, qué fácil había sido! Solo por hacer “desaparecer” a ese hombre de barbas tan malo. ¡Qué suerte tenemos!
Yo ahora, cuando vea a un Marine en el autobús voy a levantarme y a cederle el asiento -como en las pelis- porque gracias a gente como ellos ¡el mundo es ahora más seguro! ¿no es una suerte?
Y por lo que se ve pasan y pasan los días y sigue sin haber nada fuera de lo normal. Todo nos parece muy bien. Así que ahora si que tengo un ratito para sacar mis propias conclusiones -si ningún presidente de ninguna nación me ahorra el trabajo- y es que así, sin comerlo ni beberlo -que suerte tenemos ¡eh!- hemos aprobado por unanimidad la pena de muerte. 
Así que ya está. Un señor decide que como otro señor ha sido malo debe estar muerto y lo mata y ya está. Y nos quedamos todos mucho más a gusto, dónde va a parar. Yo estoy que no quepo en mí de gozo porque el mundo es mucho más seguro ahora. ¡Solo hay que verlo! Te asomas a la ventana y ¡zas! El mundo mucho más seguro. Casi, casi parece que ya fuera completamente seguro oye. Una balsa de aceite. Una bendición, vamos.
Así que fíjate. Que he sacado otra conclusión. Digo yo que lo más lógico ahora es que al presidente de los Estados Unidos de América le den el premio Nobel de la Paz en segunda convocatoria. ¿No sería una pasada?

miércoles, 4 de mayo de 2011

Nora o el arte de hacer lo correcto

Si. Admito que ha sido un cartel en el suburbano anunciando la representación de la obra lo que me ha acercado a esta "Casa de muñecas" que tenía pendiente. En la edición que tengo, descubro que Ibsen era el último romántico (o casi). Pero no quiero hablar de él sino de ella; Nora, la muñeca de la casa.
Romántica también. También de finales del diecinueve. Y como buena romántica, decide que si las cosas no salen como ella espera; si alguien tiene que responder por ella, lo evitará a toda costa, aun con la vida.
Leedla si no lo habéis hecho ya, la obra del noruego. O id a verla si tenéis ocasión. O mejor: haced las dos cosas. Pero no es mi intención hablar de la causa feminista. Ni de la de la mujer. Para lo que yo quiero hablar, aquí Nora es la protagonista... nada más.
En lo que pensaba leyendo el parlamento de esta mujer que descubre lo que verdaderamente es, era esa capacidad que parece innata y en estos tiempos sobrenatural, para aceptar lo que viene y hacer lo correcto en cada momento.
¿Que de qué estoy hablando?
Hablo de una mujer (una persona) que decide que se quitará la vida si eso resuelve los problemas que le acechan a ella y a los que viven en derredor suyo. ¿No es romántico?
Pero no es el romanticismo del suicidio. Eso me parece una locura. Una cobarde estupidez o... una valiente estupidez, no lo sé.
Ahora, vertiginosamente pasado el tiempo, se nos ocurre, como se me ocurre a mi, que suicidarse es una tontería. Será porque hemos aprendido muchas, muchas cosas y ahora sabemos que eso a lo mejor no está bien. Que no es necesario. Pero hay cosas en Nora que me hacen sentir nostalgia ajena.
Regreso con mi pensamiento a ese arte de hacer lo correcto de que hacían gala generaciones pasadas. Pero hacer lo correcto, de verdad. No me refiero a aparentar. Que de eso sabían mucho quienes vestían con levita o pasaban al salón a tomar el té mientras los caballeros se quedaban a fumar. No es nada de esto, por supuesto.
Vuelvo con mi pensamiento al presente y veo tantos desmanes e injusticias que solo responden a la premisa de sálvese quien pueda, que no puedo por menos que sentir nostalgia de Nora, que aun pudiendo vivir otras vidas -más fáciles, más entretenidas, más normales- decide ser ella de la manera más plena posible.
¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No, no hablo de eso. Entre nosotros hoy seguro que conocemos a alguna Nora. Pero si entonces estaba de moda -la moda estadística- que uno era consecuente consigo mismo y al contrario de lo que dice Sabina, es verdad que uno es un caballero cuando nadie le ve. Ahora está de moda -la otra moda, la estética- Aprovecharse en todo momento y circunstancia de todo aquello que nos reporte beneficio aun a costa de los demás, de las vidas de los demás y ¡que paradoja! al final de la nuestra misma. No siendo más que masa.

viernes, 15 de abril de 2011

Cómo salir a la superficie

Hola.
Después de escuchar a amigos, familiares, voces interiores y demás familia, he decidido reunir la valentía suficiente para salir a la superficie. A la superficie del mundo que es ésta vida por encima de la vida y que se vive en internet.
Creo que hay que tener cuidado con esta vida -la internauta- por encima de la otra vida -la de carne y hueso- porque se alimenta de unos cuantos satélites que rondan la tierra, energía eléctrica, que ya sabéis se enchufa y desenchufa. Y por último se alimenta de las letras, las ideas, las imágenes que volcamos subimos colgamos en esta vida, la de la red, y que es nuestra conexión con la otra vida, la de carne y hueso.
Esa conexión es lo único que realmente tiene verdadero valor en esta vida de bites y más bites viajando por los cables que tejen la red.
Y esa conexión es a la que me quiero sujetar con mis dos manos sobre el teclado y tal vez por eso, a veces, sea este blog algo parco en píxeles, pero es que no tengo ganas de invertir demasiado tiempo en esos fregados.
¿Por qué he tenido que reunir valentía?
Primero porque soy más clásico que el Ford T y enredar con cosas que no sean un cuaderno y un lápiz, me ha costado siempre. Aunque poco a poco, como un abuelo que se baja un poquito las gafas y aleja de sí un poco el móvil para entenderse con él y darle a apagar, me voy haciendo a las teclas de las cosas.
Pero eso es lo de menos. Después, también, porque creo que el coste de que esta máquina que está aquí, delante de mi, permitiéndome editar mi blog y desafiando todos los sueños de Jules Verne, no es siempre necesario... así que no quiero engancharme a él de por vida.
Por último por el miedo escénico. Es tan largo y dulcemente tedioso el proceso de publicar un libro, que la rápida sucesión de apenas una docena de clics que hay que sufrir para publicar un blog no deja tiempo ni espacio para que el espíritu se encuentre, a su ritmo, con el hecho de que una criatura suya, publicada ya, anda por ahí suelta, haciendo de las suyas en cabecitas ajenas.

Pero ahora ya estoy aquí, en la superficie. Poco a poco sabremos el por qué de este blog.
¡Bien hallados!