En 2020 todavía nos quedarán 5 años para terminar de pagar la deuda de armamento contraída "ayer " por España. ¿Te apuntas?

viernes, 30 de marzo de 2012

Un viaje contra el tiempo


Era verano. El penúltimo verano del siglo. Recuerdo que debía haber comenzado ya agosto cuando el motor Diesel de la que esos días sería nuestro coche-cama, arrancó rompiendo el silencio de una mañana de inmediato calurosa en la sierra Segoviana.
Cinco expedicionarios componían el grupo. Objetivo; alcanzar la linea 0 de un acontecimiento que la hemeroteca conserva para las generaciones venideras. El Eclipse total de Sol del 11 de agosto de 1999.
Por qué el camino nos condujo hasta Santiago, eso no lo recuerdo bien. Pero era año santo y tal vez eso nos atrajo hasta el “campo de estrellas” antes de emprender viaje hasta más allá de la ciudad de París. La linea 0 cruzaba de sureste a noroeste Europa y la ciudad de Reims estaba justo enclavada en esa linea.
Como cita la wiki “La zona de penumbra fue desde el Este americano hasta Asia central, la banda de sombra total, se vio sobre las 11 h UTC en Terra Nova, Cornualles, el Condado de Devon, el norte de Francia, el sur de Bélgica, Luxemburgo, el sur de Alemania, Austria, Hungría, el norte de Serbia, Bulgaria, el Mar Negro, Turquía, Irán, el sur de Pakistán, India hasta el Golfo de Bengala.”
Así, la costa cantábrica nos vio remontar el Camino de Santiago, sintiendo la extraña sensación de despreciar el cansancio de los miles de peregrinos a los que saludábamos desde la ventanilla. Pasando la noche en el alto del Naranço (quiénes lo conozcan sabrán lo enojoso del asunto) Despertando el día en medio de un mercadillo o descubriendo la playa de Zumaia.
Y llegamos a la frontera. En San Sebastián, justo antes de cruzar la linea, uno de nosotros terminó su viaje y volvió al centro de la península. Solo los años le dirían que los exámenes de septiembre no son razón suficiente para dejar a medias un viaje contra el tiempo...
E igualmente contra el tiempo cruzamos tierras galas hasta llegar al departamento de Ille de France. Llegar, ojear un poco esa ciudad a la que llaman París y continuar camino hasta perdernos en una lengua extraña entonces para nosotros. Un idioma que a nuestro entender se merendaba la mitad de las letras de cada palabra y a las que no se comía les daba de comer patatas cocidas o algo así y entonces se ponían gordas.
Algo impronunciable se escondía detrás de la sencilla palabra que nombra a la ciudad de Reims.
Así que dando vueltas por la Champaña creíamos que después constatar que no habría aventureros tan fugaces como nosotros, íbamos a llegar tarde a esa cita con la noche a medio día.
Por fin a eso de las 10 de la mañana rondábamos las calles de la ciudad, que se había vestido de largo para cuando el cielo se escondiera tras las estrellas.
Frente a la catedral de Nuestra Señora de Reims, una cantante de ópera esperaba a la oscuridad.
Y de pronto, sin que nada sugiriese que podía ocurrir, en pleno día anocheció. Ante nuestros ojos, como si estuviera previsto las farolas, los escaparates, se encendieron para iluminar como cada noche. Las palomas buscaban su dormitorio. El viento, desprevenido corría a su lugar para que hubiera atardecer, pero ya era noche cerrada. Se prendieron las estrellas, la opereta cantaba, cayó la temperatura... Y este párrafo solo se puede cerrar diciendo que el velo del templo se rasgó en dos.


Fue un viaje curioso. Fugaz, como las estrellas. Fugaz, como el eclipse. Fugaz, como el cuentakilómetros.
Al día siguiente la noche, la de verdad, nos esperaba en nuestro final del viaje; el que había sido nuestro principio.
Junto a la furgoneta que nos había dado cobijo esos días fugaces de aventura, sobre la arena del suelo nos dormimos. Al despertar esa mañana volvimos de nuevo a los días que tienen veinticuatro horas. Volvió el tiempo a ser el que era.

domingo, 4 de marzo de 2012

¿Para quién fueron escritas?

A eso de caer y volver a levantarte,
 de fracasar y volver a comenzar,
 de seguir un camino y tener que torcerlo,
 a eso, no lo llames adversidad,
 llámalo Sabiduría.
 
A eso de estar triste y saberte impotente,
 de fijarte una meta y tener que seguir otra,
 de huir de una prueba y tener que encararla,
 de planear un vuelo y tener que recortarlo,
 de aspirar y no poder
 de querer y no saber
 de avanzar y no llegar,
 a eso, no lo llames castigo,
 llámalo Enseñanza.

A eso de pasar días radiantes,
 días felices y días tristes,
 días de soledad y días de compañía,
 a eso, no lo llames rutina
 llámalo Experiencia.

A eso de que tus ojos miren y tus oídos oigan
 y tu cerebro funcione y tus manos trabajen
 y tu alma irradie y tu sensibilidad sienta,
 y tu corazón ame,
 a eso, no lo llames poder humano,
 llámalo Milagro.

                  -  Ana María Glower

Cayeron esta mañana en mis manos estas palabras. Juan las recitó y los demás escuchábamos.

Para quién fueron escritas, no lo sé. Me sentiría honradísimo con que la señora Glower tuviera la amabilidad de darnos esa respuesta. Estoy seguro, no obstante, de que ella las escribió para alguien pero también para cualquiera que las escuchara. No que las oyera sino que las escuchara.

Y al oírlas salir de la boca de Juan y mientras hacía por entender el significado de cada palabra, aparecían en mi mente las caras de personas que querría que las escucharan. Con todos los sentidos. Por eso aquí os las dejo.

domingo, 26 de febrero de 2012

Cambiar el mundo


Después de comer, y después de cerrar los ojos un poquito en esta tarde de domingo, a comenzado en la tele una peli. Una de tantas que comienzan a mediodía y que, muy, muy buena tiene que ser para soportarla a pesar de las innumerables interrupciones para darnos a los telespectadores unos “consejos publicitarios”. A mediodía es peligroso ver una película un domingo porque puede que esté basada en hechos reales y entonces, ya no hay nada que hacer. Deberías dejar de verla inmediatamente en cuanto una voz masculina, seria y potente enuncia el título, pero no puedes. Te quedas enganchado ahí a tirar por la borda una dorada tarde de domingo.

Pero esto es algo de lo que podemos hablar en otra ocasión.

En esta ocasión hablo de una película que no te hace perder el tiempo, sino más bien al contrario. Habría sido mejor verla en el cine, en pantalla grande, palomitas grandes y un sonido espectacular. Pero más vale tarde que nunca.

Después de verla he pensado, una vez más, en la posibilidad de cambiar el mundo.

Cambiar el mundo. Es una expresión tan tremendamente usada y grande, que da un poco de pereza sólo escucharla.

Me he puesto a echar cuentas. La tierra tiene algo más de 510 millones de kilómetros cuadrados. Afortunadamente solo 148 millones de kilómetros son de tierra. El resto es agua y no hago pie casi en ningún sitio, así que me limitaré a conocer solo la tierra.

Yo, que soy ahora joven y buen mozo -que diría mi abuela q.e.p.d.- podría andar diariamente unos 30 kilómetros si me pongo un poquito en forma. Pongamos que tengo quince años -cosa que no es cierta- y que mañana lunes comienzo mi camino por el mundo. Podría recorrer esa distancia diaria y hacerlo hasta los sesenta y cinco. Voy a darme cinco días libres al año. Para contemplar el paisaje, celebrar la Pascua, coger algún resfriado y renovar el carné de identidad.

Como voy a ponerme en marcha mañana por la mañana, con la fresca, creo que el 27 de febrero del año de nuestro señor 2062 habré recorrido, si no hay contratiempos, aproximadamente 540.000 kilómetros (¡ojo! lineales, no cuadrados).

Una vez haya concluido mi paseo por el mundo habré recorrido el 0,36 % de la superficie terrestre. Esto haciendo la loca concesión de que fuera lo mismo un kilómetro cuadrado que uno longitudinal.

Y os adelanto que con tan solo 260 personas con la misma disposición que yo -es decir, dedicar cincuenta años de su vida a andar sin pasar dos veces por el mismo lugar- nos repartiéramos el mundo, conseguiríamos recorrerlo por completo. Teniendo en cuenta que la esperanza de vida media mundial actual es de setenta y ocho años, tendríamos aún unos trece años para que cada uno compartiera lo que ha visto en sus kilómetros recorridos y empezáramos a planificar, desde ahí, cómo cambiar el mundo.

Si ninguno de los 260 exploradores morimos antes de lo previsto, para el año 2075 tendremos listo un informe completo de como está el mundo, para iniciar actuaciones de cambio. Pero vamos a ser optimistas y conceder que hay grandes superficies de terreno que no necesitan cambio, pues son lugares en los que no habita el ser humano y están bien como están. Así que calculo que podríamos adelantar el final de nuestro informe para el año 2071. A partir de ahí deberíamos pensar en nombrar a un equipo de especialistas que, basándose en nuestro informe, comenzara la elaboración de actuaciones concretas para lograr cambiar el mundo.

Haciendo una aproximación creo que este equipo de especialistas necesitaría al menos veinte años para llevar a cabo la planificación completa del proyecto de su parcela concreta (de unos 540.000 km2) Así que para el año 2091 podríamos comenzar a ejecutar los proyectos, que al estar pensados para una extensión de terreno bastante considerable, serían proyectos que requerirán al menos treinta años para su implantación y otros 30 para su consolidación.

Así que con todas estas cifras, el glorioso año de 2151, habremos cambiado el mundo. Eso despreciando la pequeña posibilidad de que entre el año 2012 y el 2151 cambie algo en el mundo, y si no surge por ahí ningún contratiempo.

¿Qué os parece mi plan? No se. Pensadlo. A lo mejor se puede. ¿No?

Ya me contaréis. De momento, para que os sirva de inspiración otra idea, os recomiendo esa película de la que hablo y que hoy me ha hecho pensar en cambiar el mundo...

lunes, 20 de febrero de 2012

¿Para cuándo el siguiente?

Preguntóme un anónimo internauta. Refiriéndose, supongo, a cuándo yo complacería a mi extensa feligresía, con una nueva entrada en este inopinado blog.
 Y aquí está. Ya existe. Ya tenemos. Hoy sale fresca y gratuita, la nueva entrada que alguien (“alguien”, pues se anonimó por voluntad propia) estaba esperando.

Desde aquel fatídico veintiocho de octubre en que publiqué por última vez en este mismo lugar (por eso lo califico de fatídico) ha habido entre las teclas y yo un extraño desencuentro. Así que hasta esta otra orilla -la de este día glorioso, en que vuelvo- me han traído las olas, las mareas de mi vida.

Pensaréis, estimados contertulios, que la desgana, la falta de fuerza de voluntad o la extinción de mis musas, me han impedido acercarme aquí a dejar siquiera unas gotas de mi vida. Pero nada más lejos. Cada día -casi cada día- lamentaba no volver por fin a estas letras que son para mi como Ítaca para Odiseo. (léanlo, es muy bonito)

Y es que en este “ratito” que no he podido dedicar mi tiempo a escribir, ha sido un ratito de grandes, grandes novedades. Y todas esas novedades -todas esas aventuras- han sido las que me han llevado por los mares de un descubrimiento en otro. Esas aventuras son cosas que algunos de los que leen sabrán. Pero como no soy amigo de hacer aquí un “querido diario”, esas cosas me las quedo para la vida de carne y hueso.

Pero ha habido otras cosas, que son de todos. Que en mi país ha habido un cambio de (Des)gobierno. Al día siguiente de que se hiciera realidad, quise contaros algo... que el tiempo ha vaciado de frescura.

También para todos ha muerto en estos meses gente de esa que al volver al polvo nos deja un poco como una sensación de orfandad, rara de sentir. Piensen, piensen en estos últimos meses como ha habido algo de eso. Siempre lo hay.

Y hemos empezado de nuevo un año. Uno que, dicen los que dicen que saben, va a ser tan flaco como el anterior. Económicamente flaco, digo. Pero bueno, y ya para acabar, digo yo que no estará de más quitarnos esas lorzas que nos sobran si alguien (los del sur) que está aún más y más flaco que nosotros los del norte entra un poquito en carnes, que no estaría mal.

viernes, 28 de octubre de 2011

Tres cosas mascadas


TRES  COSAS   DISTINTAS   PERO   (PARA   MI)   CON CIERTA  RELACIÓN llevo mascando ayer y hoy y aquí estoy para compartirlas.

Una es una noticia leída. Es el periódico que es porque es el que llega a mi centro de trabajo. No me importa qué tipo de noticiario sea en esta ocasión. Pero ¡o felicidad! una tubería en África ha sido reparada diligentemente a pesar de los problemas de seguridad que había por la zona. Tal vez nos imaginemos qué transporta esa tubería, en una tierra tan devastada por la sequía.

Hoy, cuando escribo esto, hace sólo 8 días que uno coloquialmente conocido como Gadafi nos ha dejado. O más bien le hemos invitado amablemente a que nos dejara. Y en tan solo ocho días, la tubería dañada por la guerra en Libia ha sido reparada y de nuevo puede apagar su sed la refinería de Az Zawiyah. ¡Menos mal! porque esto no había quien lo soportara. Eso al menos debía pensar o decir algún consejero delegado de Repsol-YPF, en el madrileño paseo de la Castellana o vete tu a saber dónde, mientras le era servido un frío botellín de Solán de Cabras.

Esto me lleva recordar que si cierto proyectil dañó la tubería (o cierta granada o cierto todoterreno desbocado) era porque estaba Libia revuelta entera por que se había perdido por debajo de la mesa-camilla un dictador y estaban tras de él con la escoba. Ya le han dado el escobazo. Y como hay licencia, [¡Qué desagradables las imágenes de las noticias sobre esto! ¿no? ¡Qué poca sensibilidad! ¿verdad?] pues a otra cosa mariposa.

Y me venía todo este asunto a la cabeza al leer un artículo de Larra. Un reo de muerte, se titula. Podéis imaginar de qué está hablando. Y hay una frase que viajaba desde su tiempo [1835] al mio; “No quiero entrar en la cuestión tan debatida del derecho que puede tener la sociedad de mutilarse a sí propia.” Porque al llegar la frase a mis ojos, venía a mi memoria este suceso Libio, por lo reciente y, perdonad, por lo sangrante del caso. Pero venían con él las continuas ocasiones que decidimos extirpar de nuestro “cuerpo” todas las imperfecciones porque nos molestan. Nuestro cuerpo que es la sociedad y nuestras molestias que solucionamos con varios ingenios. Está, por ejemplo, la pena de muerte en sus múltiples y curiosas variantes. Está cualquier acto acabado en -cidio. Está también el hacer esto mismo en un quirófano y a un enano que no ha dicho aún esta boca es mía. Y el hilo conductor de esta extirpación de cosas molestas y otras muchas a mi me parece que es la indiferencia.

También pensé en esta palabra, In-di-fe-ren-cia, al visitar, por recomendación de un hermano mío, el blog de una iniciativa, como tantas otras afortunadamente, muy interesante. El iniciador de esta iniciativa había sido conmovido por las cosas que pasan en su mundo y se había dicho ¿aquí me voy a quedar sentado? Y en la fundamentación que escribe en ese blog sobre sus por qué, dice que quien tiene oportunidad de ayudar y no lo hace no tiene perdón.

Así, a primera vista al leer esto dije “oye muchacho, y tu qué sabes de los demás”. Era una forma muy poco “correcta” de hablar. Pero en seguida me dije “este tio tiene razón” no podemos perdonar la In-di-fe-ren-cia.